El campo de batalla

                                                                                                                                                                                                     

 

 

                                                   Concluida la primera batalla entre Mirrana y el Imperio, a los prisioneros mercenarios se les dará a elegir el cautiverio o en caso contrario y sí tal prefieren, el cambio de uniforme y, a las unidades sanitarias, sin excepciones, la inmediata libertad incondicional.  Lo más probable de todos modos, es que una aplastante mayoría de los mercenarios opten por mudar de bando, pues combaten sin otras miras que la bolsa y tanto es rutina así, que en cualquier campaña y mientras la suerte no les abandone, ese trueque de acomodo puede ser constante.    Cuentan y dicen los juglares errantes y cantares de ciegos en los países libres, que tiempo atrás, un popular mercenario al que se conocía por Lantarón, peleó en tres guerras contra el poderoso imperio de Canadean y en una de ellas, tres veces fue legionario de un bando y otras tantas del otro y claro, esa historia podría tacharse de grotesca, si no fuera, porque a semejante hazaña el pueblo llano le adjudica méritos heroicos, cuando la cruda realidad es, que el aludido individuo aprovechó la insólita circunstancia para convertirse en un próspero espía con dos patronos.  Lógicamente, que aunque fue bien pagado cierto riesgo comportó su cometido, pero teniendo en cuenta que su vida era muy valiosa para unos y otros, el rendirse a lugar y hora convenida probablemente fue bastante sencillo.  Hoy en día, supuestamente retirado con su mal lograda fortuna y a salvo, Lantarón, un infeliz adobero en su juventud, que dejó el oficio junto a otros muchos cuando se decretó el impuesto sobre la paja, imprescindible para fabricar los adobes, con certeza se encuentra en algún alejado lugar con otro nombre y gozando de su apostasía, a la vez que se mofa del patriotismo.

                

        Por fin, en el páramo del Remolino la pesadilla ha cesado, ahora con el ocaso llega el registro de bajas, el inventario de las armas obtenidas, de la munición y la pólvora, de caballos, de prisioneros y, por la mañana, se dará tierra a los muertos.  Los cadáveres durante la noche serán despojados de todo lo aprovechable. Las botas, botines o escalfarotes, talabartes y polainas, charreteras y charpas, mochilas y petates, hebillas y biricúes, bandoleras y cacerinas, corchetes y barboquejos, quedarán en manos del capitán intendente.   Así mismo, se confiscará a los difuntos en concepto tributario por costes de guerra: las sortijas, colgantes, monedas, alhajas o bagatelas que portaren; pero a los prisioneros que opten por enrolarse les serán respetados sus bienes.  Al amanecer, una compañía de servicios a las órdenes del oficial coronel armero peinará palmo a palmo el campo de batalla, su misión, recuperar todo el metal posible para utilizarlo de nuevo como proyectil, o en caso contrario, para remitirlo a fragua. La indumentaria de los soldados muertos que pueda ser transformada, se conducirá a retaguardia para su conversión en nuevos uniformes y la que no, vendida en subasta a cualquier ropavejero.  Caballos malheridos serán sacrificados, los muertos incinerados y los arreos, sillas y guarniciones decomisados.   Los heridos, ya sean de uno u otro ejército, podrán compartir el cirujano, botica y enfermeros, pero las bajas recibirán merced muy diferente: mientras que las propias obtendrán honores de campaña y serán enterradas individualmente con sudarios de lino, a las ajenas hacinadas, les espera el trágico olvido en fosa común aprovechando alguna concavidad del terreno.



                                    A la salida del sol, los doscientos centinelas que protegen el perímetro de acampada son relevados, los caballos reciben el forraje matutino y los soldados bostezando se acercan a las humeantes marmitas. Después de ingerir el consomé, mucho más caliente que sustancioso, se pasará lista a la hueste por compañías, luego vendrá el aseo y media hora más tarde, la tropa formará en batallones con sus respectivos oficiales para ser revistada por el mariscal. Las fogatas que brindaron luz y calor al campamento durante la noche, serán apagadas, las tiendas desmontadas, los cuatro carros de cocina cargados y los pinches marmiteros cambiarán el mandil por el uniforme y el fusil.  Cuando sean engrasadas las ruedas de los carros, armones y cañones, las compañías de servicios estarán listas para abrir la marcha.  A dos millas por delante de ellos, los ojeadores de campaña y cincuenta jinetes armados con fusil y cinco pistoletes cada uno reconocerán el terreno con el fin de evitar emboscadas.  Tras los carros de servicio, partirán en columna dos batallones, luego un escuadrón, después otros dos batallones con la oficialidad en el centro y cerrando la expedición, la artillería y el resto del ejército. El mariscal no dispone de unidades de apoyo y no puede fiar en la pericia de sus generales, por lo tanto, los flancos estarán protegidos por los lanceros.

En esta ocasión, los dos capitanes de artillería y un coronel de caballería, oficiales enemigos capturados por el ejército del mariscal, colaboran abundantemente sin resistencia y ahora su excelencia, con preocupación, sabe que se aproxima a su encuentro un poderoso enemigo: el conde de Altravia.

       El citado aristócrata señor de Altravia, militar de carrera y estratega genial, probablemente se halla a cinco jornadas a caballo y al parecer, viene al mando de doce regimientos de dragones, bien pertrechados, que es fuerza muy considerable.  El tirano emperador Chafanjul y sus lisonjeros cortesanos, en excesivas ocasiones se mofan del mencionado, pues el conde al desposarse no estuvo acertado en escoger a su mujer, pero en cambio, en lo referente a la guerra, tiene bien cosechado el respeto.  La dama, de alta cuna y enorme patrimonio, puede ser, o mejor dicho ya es, chabacana hasta la saturación, sus salidas extemporáneas e incorrecciones son la cuchufleta del imperio, es tan tosca como un gañán y tan ordinaria como un cabrero y debido a ello, el conde prefiere la incomodidad y riesgo del campo de batalla, a la disipación y holganza de las recepciones de palacio.

Ahora y sin demora, el mariscal debe encontrar una plaza fuerte para contener al enemigo, porque en campo abierto, el ejército del príncipe no tiene ninguna posibilidad. Cierto es, que el alistamiento de los mercenarios a suplido a las bajas y por ello los efectivos disponibles en este momento, suman la misma cantidad que antes de la primera batalla y también es verdad, que a los cuarenta cañones iniciales, se deben añadir los sesenta capturados, pero, a seis mil jinetes no les detiene esa oposición. La ciudad amurallada de Limura, situada a dos leguas del páramo del Remolino, puede ser el cobijo ideal para la tropa y en consecuencia, el mariscal ordena la partida hacia allí.

A la espera del siguiente enfrentamiento entre los ejércitos de Mirrana y el imperio de Canadean, regresemos con la reina Yaurína.

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Los carruajes acumulan el pegajoso polvo del camino y los viajeros sin excepción, dolores musculares, no obstante eso, el viaje ha transcurrido sin incidentes destacables.

Sasuna, la populosa capital del principado, ya se distingue en el hermoso valle.  La inexpugnable fortaleza de los Huber de Trania, una imponente mole de sillería de cuatro murallas concéntricas y diecisiete torres, destaca excedida emergiendo en el centro de la ciudad.  Muy pocos son los baluartes que retadores como éste se asientan en el llano, pero lo cierto es, que desde la invención de la pólvora y el cañón, lo que cuenta en verdad son sus defensas militares y ya en absoluto afecta su situación. El primero de los Trania, que fundó casa solar y con el tiempo fue coronado príncipe por merecimientos sin discusión entre varones ilustres, tenía poderosos enemigos en los reinos vecinos y por ello, sin mucho pensar, dio prioridad al posible asedio y el caudal de agua que manaba abundante de los pozos, unido a la facilidad que brindaba el blando terreno para construir túneles a fin de burlar los bloqueos comprometidos, decidieron el definitivo emplazamiento.

           
 
El príncipe ya debe conocer la llegada de su sobrina-prima, pues en el último puesto de control, el coronel señor de Tarja y un teniente de policía al mando del pelotón que les dio el alto, partieron por delante de los carruajes para dar cumplida noticia a la corte.

Media hora más tarde, rebasado el concurrido mercado de diario en la espaciosa y empedrada plazoleta del comercio, el primer rastrillo de portalada se levanta y los carruajes entran en el primer cordón amurallado. Los centinelas alerta desde su elevada situación en el pasillo del adarve, siguen atentos el lento paso de los carros; el príncipe sin duda puede dormir tranquilo, pues cuatrocientos cañones asoman sus boqueras entre las almenas de la fortaleza velando por su seguridad.

Para conseguir acceder al interior de la segunda muralla, los extranjeros no tendrán más remedio que entregar todas sus armas; no existe discusión ni alternativa, el comandante al mando de cuatro compañías de fusileros que custodian el área no está para bromas, saluda marcialmente a la reina, pero ni la más mínima vacilación cuando dice:

--- Bienvenida majestad, la situación de guerra nos fuerza a registrar los carros y confiscar las armas de vuestra escolta.  Lo lamento, debo proceder.

--- Proceded pues, más no es menester que lo lamentéis, no he venido a derrocar a mi primo.

Yaurína conmina a los bucaneros de la escolta y que ya rodean completamente su carroza que entreguen sus armas, pero, eso es mucho más fácil de decir que de hacer y el Firia, mastodonte rapado con una coleta trenzada que le nace del centro del cráneo, se escupe en la mano derecha como es su costumbre antes de pelear y, con parsimonia amenazadora, empuña su machete sin desenvainar.  Tal acción como es muy natural, recibe la lógica reacción del comandante:

--- ¡A mí el cuerpo de guardia!

En cinco escasos segundos, sesenta soldados de respetable complexión y bien entrenados, se alinean tras su comandante al tiempo que la mitad, rodean a los bucaneros; los centinelas del adarve encañonan con sus fusiles a los piratas y el portón frente a los carros se cierra.  El comandante cruza los brazos con enojo y adelantando el mentón mira a Yaurína y ésta, que ya esperaba algo parecido, para evitar la pendencia se apea.

Los bucaneros no entregarán sus armas a otra persona que no sea el príncipe, y tampoco abandonarán a la soberana en ningún momento, así lo dispuso el señor Pipermin y, por descontado, que un tripulante del galeón Brisa Huracanada, morirá antes de quebrantar esa orden. Yaurína lo sabe muy bien, pues embarazoso ha sido en algunos momentos íntimos soportar semejante protección. Así las cosas, la reina solicita del comandante pluma tinta y papel y, prestamente, escribe una nota para su alteza. La respuesta no se hace esperar, el príncipe Huber de Trania, señor y caballero, amparador de huérfanos y defensor de doncellas, virtudes caballerescas legadas de sus predecesores, abandona divertido el siempre aburrido consejo de ministros y hace acto de presencia en el lugar y sarcástico dice:

--- Sed bienvenida prima, por los cielos que envidio vuestra escolta, muy disciplinada y distinguida. ¿Me la cederéis en alguna comprometida ocasión?

Nuestra soberana sube de nuevo a la carroza sin contestar a la ironía del príncipe y entonces su alteza acerca despacio su montura al carruaje diciendo:

--- Disculpad, era una broma. Nunca os hubiera reconocido, habéis cambiado mucho, sois bellísima.

Yaurína extiende majestuosa la mano y el príncipe la besa sin desmontar, el buen humor de su alteza no lo comparte la reina y dice:

--- Estoy aquí para recibir explicaciones, no lisonjas. ¿Tenéis alguna noticia de mi padre?

Al príncipe hoy nadie le amargará el día, su esposa, le ha regalado el caballo que monta por su primer aniversario y su mascota preferida, una perrita negra recogida en la calle, con ojos de distinto color y una oreja caída casi blanca, ha traído al mundo a siete cachorros a cuál más raro, una prole muy simpática, que sin duda dará mucho trabajo a los criados.

--- Calma tengáis señora, todo a su debido tiempo.  Supongo por otra parte que estaréis anhelando aseo y reposo. ¡Oficial comandante, olvidaos por esta vez de las armas y abrid paso a los carruajes!
 
Su alteza Huber, un experto jinete que cabalga sin espuelas arreando de piernas como hay pocos, domina su nuevo corcel bien adiestrado con maestría: caracolea, le alza de manos en una enérgica elevada y apoyando después, arranca a galope medio precediendo a los carros.

Prontamente, la escolta es instalada en la nave de cocheras, situada entre dos torres macizas tras la tercera muralla.  Su complicada misión de escolta permanente, había concluido, la reina llegó junto a su primo, tal y como les fue encomendado, sana y salva.