|
--- Mañana al amanecer,
un batallón asaltará la muralla por el
ala norte, mientras hostigamos el resto para precaver que el enemigo no se
concentre por ese
lado.
--- ¿Y la portalada mariscal, la cañoneamos?
--- No haremos tal, quiero conservar la puerta intacta
para cuando llegue el
primer regimiento de dragones, pretendo que entren en la ciudad pensando que
somos soldados de Limura.
--- Buena jugada excelencia, pero quedarán once regimientos.
--- En caso de entrar el primer regimiento,
puede que entre un segundo y por mi fe os
garantizo, que de sonreírnos la fortuna y conseguir por un instante embaucar
al conde de Altravia y con ello apresarle, esta guerra comenzaría a estar igualada.
--- Pero nueve o diez regimientos quedarán fuera del recinto.
--- Cierto, pero el batallón de Bastarrec y el de Muniada, más los
escuadrones de lanceros
y setenta cañones, se ocultarán en el bosque para sorprenderles.
--- El enemigo no entrará excelencia, para ello necesitaríamos la plena
colaboración de la población civil;
a
las mujeres, niños y ancianos, gente que
reciba a los dragones con vítores.
El mariscal ahora enmudece, no había pensado en la puesta en escena, pero
comprende con desánimo que es imprescindible. Aparentar normalidad absoluta
en Limura
requiere la ayuda de los paisanos y con toda certeza,
que eso no se
conseguirá, pues nadie finge apropiadamente el regocijo cuando es
intimidado. El silencio en la tienda de campaña se acentúa, el general de Bastarrec
con su acertada observación
a dado al traste con la eminente idea
del mariscal. Entre bocados y alguna copa de vino y mucho humo de picadura,
los reunidos consumen las horas de la noche
en un empeño por encontrar una
salida al serio problema que les inquieta, pero, no será hasta las seis de la
mañana cuando los militares hallarán la solución:
--- ¡Permiso para entrar excelencia!
--- Paso libre soldado, ¿qué ocurre?
--- El capitán de lanceros del cuarto escuadrón llega con novedades.
--- Franqueadle el paso.
El oficial entra y se descubre, y con el chaco reposado
en el brazo derecho se cuadra marcialmente.
--- ¿Qué os trae capitán?
--- Hemos apresado a treinta jinetes y dos damas excelencia, una de ellas
manifiesta ser Yaurína de Cumbertán.
--- ¿La princesa Yaurína aquí?, es imposible.
---
La acompaña un oficial nuestro, un capitán de artillería de litoral
destinado en Palatina.
El resto de la escolta
aparentan ser bucaneros o algo
así.
--- ¿Bucaneros, un oficial de Palatina, que demonios es todo eso? De acuerdo
capitán, conducidla a mi presencia y haced que pase sin escolta.
Ninguno entre los presentes conoce a Yaurína, pero
todos eso sí, han escuchado alguna vez lo que de ella se cuenta.
La hija del
rey Tarilabal, estaba prometida al emperador y meses antes de sus esponsales
se ausentó del país sin dejar el más mínimo rastro; algunos aseguran, que
fue secuestrada por los enemigos del rey para evitar el matrimonio y otros
comentan, que la princesa huyó del país
con un sirviente del que estaba
enamorada. Ambas hipótesis nunca confirmadas, despiertan la curiosidad de
cualquiera y los estrategas al gobierno de un ejército
no son una excepción.
Pero en este momento lo que realmente estimula la gran expectación de los
allí reunidos es contemplar el rostro de la princesa más bella y díscola de
todos los reinos y eso, sin lugar a ninguna duda, sí esta bien acreditado.
El mariscal aguarda que salga de la tienda de mando el capitán de lanceros y
dice a sus oficiales:
--- Sentaos caballeros, veremos pues quién es la dama y no es menester os
levantéis cuando aparezca, no admitiremos su autoridad por muy princesa de
Cumbertán que sea.
El mariscal espera conocer a
una caprichosa envanecida y no está dispuesto a dejarse gobernar por ella,
es más, en caso de que lo pretendiese, o que interfiera de alguna manera en
la campaña contra Limura, no tendrá ningún inconveniente en apresarla. Poco
después, se escuchan cascos de caballos y al instante, los guardianes que
custodian la tienda de oficiales alzan los faldones de entrada y aparece
Yaurína. Nadie se mueve, el mariscal sigue sentado tras la mesa de mapas,
su hijastro el coronel Ardenaldo a su derecha, a la izquierda el general de
Bastarrec y el resto: tres en banquetas, uno en la mecedora y otro sobre un
arcón. Todos miran a la princesa y fascinados contemplan su gran belleza,
nadie repara en su atuendo, pero como ya hemos dicho, ninguno se pone en
pie. Yaurína interpreta en tres segundos el posible motivo de la insolencia
y sonríe, no se siente agraviada, sabe que todos los militares son
usualmente y ante todo caballeros. Tras toser ligeramente varias veces, a
causa del denso humo de tabaco que colma la tienda, la reina dice:
--- Buenos días caballeros, Dios salve al príncipe.
La sorpresa es absoluta, la frase como es
natural hace que todos los presentes se pongan en pie vertiginosamente;
todos, menos el duque de Muniada, que en el intento de cuadrarse y responder
al unísono con sus compañeros de armas, vuelca la mecedora y cae al suelo,
pero esto no impide, que desde el mariscal,
hasta el coronel de menos
antigüedad marcialmente respondan:
--- ¡Dios salve al príncipe!
Una vez alzados los caballeros, ya no podrán
sentarse de nuevo hasta que lo hiciere la dama, el conde de Galeas muy
contrariado por la astucia de la reina, dice con aspereza:
--- Adelantaos señora y dadme prueba de vuestro rango.
Yaurína
esta dispuesta a tolerar hasta cierto
punto la osadía de todo militar que arriesga la vida por rescatar su reino,
pero sabe también, que no debe ser en demasía transigente, pues una reina no
puede serlo.
--- Lo lamento mariscal, tal cosa es imposible, pues la realeza carece de
rango como seguramente no ignoráis, no obstante, me conformo con mi dignidad
real.
El mariscal acusa la respuesta y rectifica, de
momento, la dama demuestra gran confianza en si misma y un alto grado de
autoridad, puede que sea quién dice ser.
--- Entonces alteza, os requiero prueba de vuestra dignidad.
--- Es de mi agrado vuestro tratamiento, pues mi deseo sería ser princesa
hasta mi muerte, preservando así la vida de mi padre,
pero por desgracia, el
rey se encuentra desaparecido y por esa doliente circunstancia, el trato
hacia mi persona debe ser de majestad.
De nuevo el mariscal ha recibido una
delicada amonestación y percibe como es lógico en su regia interlocutora, un
dominio tan conveniente y meticuloso del lenguaje que solamente es posible
adquirirlo con la práctica y una exquisita instrucción.
--- Antes de daros ese tratamiento, me gustaría saber si en verdad sois
Yaurína, odio las supercherías.
--- No más que yo mariscal, y puesto que por el momento no puedo cumplir con
ese requisito, debéis fiar en la palabra de honor de una dama, el protocolo
así lo exige.
El conde de las Galeas ya está convencido que
tiene frente a él a la auténtica soberana de Cumbertán, pero conservando
cierto distanciamiento, piensa su excelencia con razón, será más fácil para
su propósito el negarle cualquier intromisión en la guerra.
--- Disculpadme majestad, un viejo soldado no atiende como es debido a las
cuestiones de protocolo, quizá la lejanía entre la refinada corte y el sucio
y execrable campo de batalla
sea el motivo.
--- Tenéis razón mariscal, y no os lo recrimino, por eso estoy aquí, para
que esa distancia que mencionáis con justificado reproche sea menor.
Yaurína no convence solamente por lo que dice,
también lo hace por cómo lo dice. En el puesto de mando, a ninguno de los
presentes les cabe ya ninguna duda, es la reina y además, la más bella entre
todas.
--- Bien, pues si vuestra majestad desea manifestar algo, sin duda lo
tendremos en cuenta.
--- ¿Puedo sentarme mariscal?, el galope ha sido largo y
no estoy habituada a montar en silla de varón.
Cuatro oficiales le
ofrecen sin dilación su lugar,
y la reina naturalmente les agradece el gesto
con una graciosa sonrisa. El mariscal tras carraspear y dirigir una dura
mirada a sus solícitos oficiales dice:
--- Os agradecería majestad, que nos comunicarais la razón de vuestra
visita, no disponemos de mucho tiempo, estamos en guerra.
--- Vuestro apremio es muy razonable mariscal, pero nada temáis, no estoy aquí
para distraeros de vuestra penosa tarea, he venido para ayudaros. ¿Podríais
ofrecerme un té caliente?, hace frío.
El mariscal se impacienta, son casi las seis de
la mañana y la estrategia de ataque no puede esperar, el enemigo empieza a
poblar la muralla.
--- Señor de Muniada, ¿sois tan amable de conseguir un té para su majestad?
¿Con leche quizá, o lo preferís con agua?
El tono zumbón del mariscal hace sonreír de nuevo a la
reina, que contesta amablemente:
--- Con agua será mejor, gracias.
En ese momento el soldado de puerta anuncia a viva voz:
--- ¡Oficiales para la asamblea solicitan paso!
--- Que pasen soldado. ¡Demonios, ya era hora!
Hacen su entrada en la tienda de mando el resto de
oficiales que fueron autorizados al descanso. Uno tras otro,
se acercan a la
mesa de mapas y miran a Yaurína con curiosidad, pero el mariscal no dispone
de tiempo para las presentaciones, así que con cierto desdén dice:
--- Bien, mientras vuestra majestad atiende a su té, ¿no os importará que
mis oficiales y yo atendamos al asalto verdad?
--- En absoluto mariscal, tomaré el té en el exterior.
--- Os lo agradezco infinitamente
majestad.
Caballeros, aproxímense.
|