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A las cuatro de la tarde, Yaurína
y Eniela retiran el colchón del lecho principal y activadamente,
se afanan
en desatar los nudos
de la
cuerda
que trenzan a cuadros el somier.
Todo su interés, está
en llegar hasta la tarima del suelo, pues para retirar el amplio lecho,
con
su enorme dosel, serían menester como mínimo a seis hombres.
Media hora más
tarde, cuatro cuerdas están sueltas en el somier y a continuación, con las
hebillas de sus zapatos, Yaurína y Eniela
poco a poco consiguen levantar las
tablas suficientes, para deslizar entre ellas sus cuerpos. La tarima flotante
para el perfecto aislamiento de la habitación, a veinte centímetros del
suelo, esconde precisamente bajo el lecho, unas escaleras de piedra
polvorientas y entelarañadas, que conducen a un sótano y éste a su vez, a un
pasadizo, que las llevará hasta el túnel principal de fugas, construido para
asedios comprometidos. Las damas se adentran con valor y repugnancia en la
oscuridad,
guiadas por la tenue luz de una lamparilla y con apuros y
escalofríos, en algunos tramos, van recorriendo el camino hasta la salida. Dos millas bajo tierra interminables, llenas de obstáculos, pobladas de
bichos y con trechos inundados y embarrados hasta las rodillas, hubieren
acabado con sus energías y determinación, de no ser, porque el coronel señor
de Tarja y veintidós bucaneros de su escolta,
que entraron por el otro extremo del túnel,
llegaron hasta ellas a mitad del camino providencialmente.
Una vez fuera, en plena
campiña, Yaurína respira aliviada y sonríe gozosa al comprobar que su fiel
Tario
ha pensado en todo: caballos, armas, pólvora, ropas, vituallas y su
escolta al completo. Solamente olvidó, conseguir un carruaje, pues la
marinería no es muy diestra montando. De todas maneras, mucho poder e ingenio demuestra
un chambelán, que logra en unas pocas horas lo que para cualquiera sería
totalmente irrealizable en una semana.
Cuando el
capitán de la torre descubre la huida, advertido por la camarera de la cena,
Yaurína y su séquito están a dos horas de marcha en dirección a la frontera
de Cumbertán. El pasadizo secreto bajo el lecho,
es una completa
novedad para el príncipe, nunca nadie le había mencionado su existencia y
con lógica curiosidad, se pregunta: ¿cómo es posible que su prima lo
encontrase?
--- Buscad al chambelán y traedlo capitán.
El militar cumple velozmente la orden y a los pocos minutos
Tario es interrogado por su alteza.
--- Vos únicamente chambelán, y nadie más, podíais saber la localización de
este pasadizo. Mi padre me comentó una vez, que solamente él y vos conocíais
todos los de palacio. ¿Es eso cierto?
--- Es cierto alteza, aunque también es verdad, que ya no lo recordaba, fue
utilizado hace muchos años y además, vuestro padre me hizo jurar que jamás
revelaría su existencia.
--- ¿Cómo explicáis pues que mi prima también lo supiera? Estáis mintiendo
chambelán, perderéis el empleo o la cabeza, aunque me duela hacerlo.
--- Su majestad Yaurína podía saberlo, es razonablemente posible.
--- ¿Y porqué razón,
si puede saberse?
--- Ahí está el problema alteza, la explicación quebrantaría mi juramento a
vuestro padre.
--- Mi padre no os lo demandará y ahora el príncipe soy yo, recordad,
que
también
a mí me jurasteis lealtad, aclarad ese misterio ahora mismo.
--- Sea como vuestra alteza ordena, pero lo que ahora vais a escuchar,
no
debiera salir de mi boca.
--- Abreviad chambelán, mi paciencia concluye. ¿Cómo es posible que lo
supiera mi prima?
--- Seguramente lo sabría por su madre, la reina Lionela.
--- ¿Pero qué estáis diciendo, qué majadería es esa?
--- Vuestro padre
y Lionela de Cumbertán
fueron amantes y en esta alcoba
tenían sus encuentros. El pasadizo conduce dando quiebros hasta la sala de
archivos, comprobadlo si os place, estoy diciendo la verdad.
--- ¡Por todas las gárgolas del infierno! ¿Mí padre y Lionela?,
¿eso es
imposible?, ¿lo sabe el rey Tarilabal?
--- Solamente lo sabemos vos y yo alteza, nadie más.
--- Pero si no recuerdo haber visto nunca a Lionela aquí.
--- Para vuestro bautizo los reyes de Cumbertán al igual que otros muchos
soberanos, permanecieron invitados un mes en palacio por vuestro padre y,
ésta fue, durante ese tiempo la alcoba privada de la reina.
El príncipe Huber de Trania ha recibido la respuesta
que menos esperaba, pero la más convincente de todas.
Su alteza sin duda
podría haber recelado de cualquier otra, pero Tario urdió el plan perfecto.
Mientras el príncipe se retira caviloso y Yaurína y sus hombres se acercan
a la frontera, regresemos con el mariscal de Galeas.
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