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Yaurína sale de sus aposentos
acompañada de Eniela y sin esperar al paje guía,
y lo hace, con paso acelerado intentando regresar al salón que conoció el
día anterior,
pero
naturalmente, se equivoca de camino dos veces.
Nuestras damas
se cruzan en la ruta con soldados, con sirvientes y también con operarios,
pero todos ellos, se limitan a mirarlas con extrañeza debido a su poco
lustrosa indumentaria y a más de uno, se le escapa un atrevido floreo
verbal, pues nadie las
reconoce.
Por fin, las damas llegaron al comedor y
allí, un nutrido grupo de criados se atarean en retirar el servicio y
limpian sillas y mesas, pues el desayuno ha concluido para los cortesanos e
invitados y en este momento, toda la cocina se afana a buen ritmo para la
próxima comida, pero Yaurína está hambrienta y pregunta a un camarero:
--- ¿Queda algo para nosotras?
El hombre las
mira de arriba abajo y piensa que serán las doncellas de alguna dama recién
llegada, así que sin dejar de limpiar contesta:
--- Por aquella puerta encontrarán el comedor de cocinas, pero que sea la
última vez que llegan tarde.
--- Gracias, tengo mucho apetito.
Eniela se tapa la boca para no
soltar una carcajada, pero la reina se lleva el índice a los labios y
sonríe.
Entran las dos en los dominios de los criados y la sorpresa es
general, nunca reciben visitas inesperadas; los olores, el calor y la
defectuosa limpieza, hacen de la estancia un lugar algo desagradable.
La
gobernanta sentada al fondo de la enorme mesa las observa por unos instantes
y entre sorbito y sorbito de té pregunta:
--- ¿Qué se les ofrece señoras?
---
Nos han dicho que podríamos desayunar alguna cosa.
---
¿Saben la hora que es?
--- Algo tarde, pero no hemos podido llegar antes. ¿Sería de mucha molestia?
--- No es molestia, es que llevamos sirviendo desayunos desde las ocho de la
mañana y ya son las doce y media y para más, dentro de una hora empezará la
comida.
¿No podrían esperar vuestras mercedes?
Los criados miran a
las intrusas con severidad, son unos cincuenta y en estos momentos están
montando la mesa para comer ellos y, siempre que pueden lo hacen así, porque
luego les queda el turno desde la una hasta las seis que les dejará
completamente agotados.
Eniela, más en su elemento que la reina, por fin se
decide y dice:
--- Si nos dejan comer con ustedes podemos ayudar.
La respuesta de Eniela
satisface a todos, pues la rutina no es buena compañera de mesa, así que la
gobernanta accede y nuestras damas se atarean.
Al poco rato, todos se
sientan y empieza la comida, que por cierto, no es un festín.
La gobernanta, una sesentona
simpática y observadora, ha reparado en las manos de Yaurína y también en
su finura al llevarse la comida a la boca y
le pregunta:
--- ¿A quién servís?, no tengo noticia de la llegada de nuevas damas.
Pero la sagaz mujer no obtendrá la respuesta de los labios de Yaurína,
porque ahora aparece el Gran chambelán y todos se levantan, todos, menos la
reina y Eniela, aunque es cierto, que la esposa del coronel
estuvo a punto de hacerlo y no lo hizo, porque la soberana atenta la cogió
del brazo.
Para Tario, han concluido todas las dudas, Yaurína es lo más
humano y dulce que puede esperarse de un integrante de la realeza. El
mayordomo debe anunciar su presencia en el comedor para que todos le rindan
pleitesía, pero la reina le mira fijamente y lo prohíbe con la cabeza, la
gobernanta sabe que algo está pasando, pero ni por asomo puede sospechar la
realidad y a todo esto, los sirvientes desconcertados se miran unos a otros
aguardando acontecimientos.
Tario lógicamente,
no debe dilatar esta absurda
situación, así que dirigiéndose a la oficiala de camareros dice
para despistar:
--- Huele muy bien el guisado, sería un placer acompañaros.
La gobernanta no
necesita escuchar más, hace una seña a uno de los aprendices que se encargan
de traer los alimentos desde la cocina y éste acerca rápidamente una
banqueta al chambelán, que se sienta frente a la reina.
Muy pronto una
cuchara de madera y un plato de terracota aparecen y tras ellos humeante, una
marmita de potaje.
Todos se sientan de nuevo y sin atreverse a más callan,
pero el silencio no es tal, pues la gente humilde por razones obvias traga
sin muchos reparos.
Muy pronto, fluye la conversación, pero la practican solo
tres comensales, el resto escucha y al que le es difícil oír por la
distancia de su
lugar, sus compañeros más cercanos se lo trasladan.
--- Hacía mucho tiempo que no comíais aquí chambelán.
--- Es cierto Marla, pero nunca he olvidado esta mesa, poseo muy buenos
recuerdos.
---
Afortunado sois entonces, pues
esto
ya no es lo
que fue.
---
Ya
recuerdo Marla, me dijisteis que los camareros y los cocineros
últimamente no os lleváis bien, ¿es verdad eso?
--- Claro que es verdad, el jefe de cocina es un puerco, ¿no lo habéis
notado en el guiso? Nos raciona el vino y las verduras frescas, la carne
apenas la probamos y hace meses que no vemos una barra de pan, siempre nos
da el resto que sobra del comedor principal.
Yaurína mira
con desaprobación a Tario y el mayordomo carraspea, mal momento para recibir
quejas de Marla, es una endiablada peleona y muy pocos la pueden dominar,
Tario es de esos pocos.
--- Mira Marla, ya hemos discutido eso y de momento no me es posible hacer
nada, ya sabes el motivo.
Yaurína deduce que el
jefe de cocina disfruta de padrinazgo en la corte y no necesita a un experto
para constatar, que lo dicho por Marla es completamente cierto.
La reina no
puede evitar enmendar injusticias en el lugar donde se encuentre y por eso
dice:
--- Me agradaría charlar con ese cocinero, ¿es posible?
Tario ya esperaba una reacción así de
Yaurína, por lo tanto, se incorpora poco a poco sonriendo satisfecho y
contesta:
--- Vuestros deseos son órdenes majestad.
Tario se dirige
pomposamente a las cocinas y deja tras de sí a cincuenta sirvientes con la
boca abierta, miran a la reina con total estupefacción, no solamente no
saben que hacer, es que ni tan siquiera son capaces de moverse.
Yaurína se
sirve un vaso de agua y alzándose dice:
--- Soy Yaurína de Cumbertán, ha sido una delicia comer con vosotros y deseo
brindar por ello.
Algunos se
incorporan, otros no pueden, algunos, los más temerosos, sonríen
nerviosamente, otros, los más inmediatos, se separan unos metros de la
soberana, pero por descontado, todos cogen su vaso aun estando vacío para
brindar.
Muy pronto aparecen Tario y un bigotudo gordinflón, que se cubre la cabeza
con un gorro de cocina mal plisado y lleva colgando en el roto y grasiento
mandil un par de trapos.
El hombre seguramente no sabe por quien es
requerido, pues el chambelán al parecer no se lo ha comentado y pensando que
será otra queja de la fastidiosa Marla, se acerca a la mesa con pomposa
actitud y encarándose con la gobernanta dice:
--- Ya estoy aquí, decid lo que sea y acabemos, tengo prisa.
Marla mira a la reina y calla, Yaurína
entonces dirigiéndose al ranchero dice:
--- Antes de acabar, maese cocinero, debemos empezar, ¿habéis probado este
guiso?
El
interpelado gira la cabeza y distingue a la mujer que le interroga, la
observa detenidamente atusándose el mostacho con indiferencia y deduce por
sus ropas que será la asistenta de alguna encumbrada invitada.
El maestre
cocinero es un notable personaje en la corte y, no por su cuna naturalmente,
lo es, por el arte que sabe otorgar a sus exquisitos platos y la relevante
habilidad para lisonjear al príncipe.
El cocinero con marcada ironía
pregunta:
--- ¿Qué le ocurre al guiso, no es de vuestro agrado señora?
--- La verdad es que no, quizá el tocino sea rancio, o puede que las patatas
no estén bien peladas y limpias, ¿qué opináis vos?
--- Opino que me da lo mismo, ¿eso es todo?
--- Eso no es todo, porque no veo en la mesa pan tierno y el vino según me
dicen está algo avinagrado, ¿me equivoco?
--- Por supuesto que os equivocáis señora, os equivocáis del todo.
Por si no
lo sabéis, estáis ante el cocinero mayor de su alteza Huber y en las
cocinas, le guste o no a vuestra merced, se come lo que yo disponga.
--- Pues ya podéis comenzar a disponer que para la cena de hoy no falten
ensaladas y filetes y en adelante, observad con pulcritud la dieta de los
camareros, ya que la vuestra no la olvidáis por lo que veo.
--- Lo tendré en cuenta cuando lo ordene su alteza, mientras tanto, señora
seáis quien seáis, mi dieta será cosa mía y esta mi cocina mi feudo.
--- Su alteza lo ordenará, dadlo por hecho. Pero hora debo atender otros
asuntos, no obstante, esta noche cenaré aquí y os aconsejo maese cocinero,
que mudéis de actitud.
Yaurína se levanta y
seguida por Eniela y Tario abandona la estancia. Los camareros tras la
reverencia e
inclinación de cabeza se sientan y mirando en silencio al cocinero sonríen y
éste, que no comprende todavía la situación, se dirige a Marla y dice:
--- ¿Esa presuntuosa debe ser amiga vuestra verdad? Pues ya podéis decirle
que me importa un bledo su opinión y que se meta sus consejos bajo
las
enaguas.
Los camareros y camareras son
inmediatamente presa de un ataque de hilaridad, la metedura de pata del
cocinero es fenomenal, a todos se les saltan las lágrimas de risa. Algunos
no pueden contener la risotada y golpean la mesa con puños y cucharas, la
carcajada es general y Marla, con una mano se limpia el rostro mientras que
con la otra se
aprieta el vientre, la mujer apenas puede sujetar la vejiga.
Como es lógico, el desconcierto del cocinero mayor crece por momentos y
dice:
--- ¿De qué demonios os reís? ¿Quién es la dama?
Marla consigue dar una tregua a su agitada risa y contesta:
--- La reina de Cumbertán, la reina Yaurína.
El cocinero pierde el aplomo,
el color sonrosado de la cara y casi el equilibrio, ha rebasado todo límite
de compostura en su aciaga conversación con una reina.
Y no teme solamente
por su descarada actitud frente a la soberana, es que conoce el parentesco
que la une a su alteza el príncipe y la tendencia de éste a complacer a las
damas hermosas. Mientras en la mesa continúa el jolgorio, el cocinero mayor
regresa de nuevo a sus fogones y ahora, entre maldiciones y agobios, la cena
de los camareros será cuestión principal y sin dilación, a buscar
mentalmente una buena excusa para aliviar el infortunio.
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