Yaurína y el chambelán

                                                      

 

                      Yaurína soporta con estoicismo las presentaciones, nadie de los allí congregados le resulta familiar, intenta relacionar el rostro de cada uno que dice haberla conocido de niña en su anterior visita a Mirrana, pero no lo consigue; claro que eso no la inquieta demasiado, pues muy pronto le asignarán un mentor palaciego para que pueda averiguar cualquier detalle del principado que precise.  Todos de momento, le han dado el trato de alteza real, puede que su padre siga vivo.

                               Tras ser presentada a la esposa del príncipe y al resto de cortesanos, se demanda a Yaurína que antes de retirarse ha descansar acepte un ligero ágape en honor a su llegada.   La reina conviene y entran todos en el refectorio principal.

          Eniela está nerviosa y perdida en el tumulto, no sabe que hacer ni que decir, ignora totalmente como debe comportase y por eso calla, no responde a pregunta alguna y la enorme desorientación que experimenta la impide sonreír.   Yaurína se percata de la situación y dirigiéndose a su primo dice:

 --- Mi dama de compañía la baronesa de Perlán se siente algo indispuesta, os ruego que sea conducida sin más demora a nuestros aposentos.

 ---  Chambelán, trasladad a la baronesa a sus habitaciones y cuidad de su comodidad.  ¿Precisáis de botica baronesa?

 ---  La baronesa solamente necesita descanso, solo eso primo.

 ---  Como gustéis, observad al punto mi orden chambelán.  Por cierto prima: ¿y vuestro equipaje?

 ---  Venía en un cuarto carro que se incendió.

 ---  Lamentable, os procuraré todo lo necesario, a la baronesa por lo que observo le es de mucho menester.   

                     Eniela, la tímida esposa del coronel, jamás olvidará ese día, lo pasó tan rematadamente mal, que ni el título ficticio que disfrutaría mientras estuviera en palacio la resarciría de la experiencia.   Yaurína aprovecha para inquirir sobre el paradero de su padre:

 ---  Y ahora primo, quizá sea el momento para que me digáis todo lo que sabéis de mi padre.

 ---  Sé lo mismo que vos, vuestro padre fue destronado por el emperador y su paradero es un misterio.  Mi ejército invadió Cumbertán hace una semana, esperemos que la campaña sea corta y que nuestro querido primo siga vivo.

 --- Entonces, ¿con qué autorización habéis invadido mi reino?

                Las cortantes palabras de Yaurína no admiten duda, está muy contrariada.   Pero el príncipe Huber sigue hoy de buen humor y dice:

 ---  No os alteréis alteza, mis intenciones son liberar vuestro país, no anexionarlo.

 ---  No os he preguntado por vuestras intenciones, la cuestión no es el pretexto de la invasión, si no la licitud.

 ---  Mi derecho es la lealtad hacia vuestro padre, ¿espero que tal conducta no sea reprochable para vos?

 ---  Os equivocáis primo, considero la invasión de mi reino sin mi autorización una tropelía y os emplazo formalmente a que a la mayor brevedad recule vuestro ejército.

                      La conversación sube de tono y va silenciado a los invitados, que, mucho más cotillas que hambrientos, enmudecen poco a poco y escuchan la disputa con atención.

 ---   Lo lamento prima, ayer se libró la primera batalla y eso me convierte en enemigo del emperador, no es posible enmendar lo hecho, además,  ¿dónde estabais vos para solicitar vuestra venia?

 ---  Mi paradero no importa, lo que importa son mis súbditos, y ahora por vuestro antojo se derrama sangre en mi reino.

 ---  Deplorable vuestro juicio.  ¿Quién si no vos ha provocado esta calamitosa situación?  ¿Pensasteis en vuestros vasallos al huir y desdeñar así al emperador?  Estabais comprometida en esponsales con él.

 ---  Nunca di mi consentimiento, no hubo tal compromiso.

 --- Inexcusable error querida, vuestro padre comprometió su palabra y vos le deshonrasteis.  Una princesa está obligada a obedecer.

      Las voces de Yaurína y el príncipe ya pueden escucharse nítidamente en los corredores adyacentes al comedor, todos los presentes asisten con regodeo perfectamente disimulado en sus ladinos rostros, a una regia discusión insólitamente interesante.  Las cabezas coronadas no acostumbran a censurarse en público, pero cuando lo hacen, les importa un pimiento el auditorio.  Yaurína debería contenerse pero no lo hace.

 ---  Mi padre estaba equivocado y los acontecimientos me dan la razón.  El emperador es una alimaña y vos un retrógrado mal informado, una princesa ya no se desposa por convenio.

 --- Recordad si lo olvidasteis, que las razones de estado están siempre por encima de los sentimientos y cualquier dama de sangre real está sometida a esa imposición.

 ---  Al parecer, las razones de estado no atañen a los varones.

 ---  Exacto prima, así están las cosas.    

 ---   Es obvio que vuestra augusta madre debió disciplinar en más ocasiones vuestro real trasero y es igualmente obvio, que si el cielo por ventura os bendice con una hija, no tardaréis en hacerla desdichada.

 ---  Mi madre acató sin protestas lo que mi padre dispuso, mi mujer me obedecerá a mí sin rechistar y mi hija, si la hubiere, hará lo que yo disponga.  Ya somos bastante liberales, no nos place vuestro ejemplo.  

 ---  De vuestra madre lo entiendo, pero yo de vuestra esposa y por ese comentario os cruzaría la cara.

       El príncipe Huber pierde fuerza, hace tan sólo una semana que mantuvo una discusión parecida con su joven esposa y el criterio de ésta, presente y a un metro de distancia, coincide plenamente con el de Yaurína.   Naturalmente, que la opinión de la consorte en éste caso no tiene mucha entidad, porque la  voluntad de un príncipe es ley en su principado, pero claro, algo muy distinto es, el dictamen de una posible soberana de un país vecino mucho más grande y, que será muy necesario como aliado para ganar la contienda contra el imperio.

 --- Ya es suficiente prima, pasaré por alto vuestro agravio por las circunstancias desventuradas que estáis padeciendo, pero no me obliguéis a distraer mi hospitalidad.

 ---  Vuestro amparo a mi persona es fruto de vuestro interés, me necesitáis para vencer al emperador.  No obstante admito, que yo también os preciso para tal.  Pero debéis recordar y no olvidarlo, que mientras mi padre el rey no aparezca, estáis ante la soberana de Cumbertán y pariente o no, vos sois alteza y yo majestad.

     Por fin le habían amargado el día al príncipe, quizá juzgó con demasiada ligereza el carácter de su allegada y puede ser, que ésta tuviese algo de razón.  Pero lo importante, necesario e imprescindible ahora, es zanjar la cuestión sin menoscabo de su orgullo y en ese menester, la sutileza debe sustituir a la franqueza.

 ---  ¿Debo entender que vuestra majestad prefiere el protocolo a la sinceridad?  Porque nunca entre nuestras familias hubo tal distancia.

 ---  Ni tanta proximidad que excuse las insolencias.

 ---  Bien está, reconozco que la desaparición de vuestro padre y el arrebato consecuente apremió una decisión que quizá no fue la más acertada.  Pero no admitiré, que vos lo consideréis una torpeza, pues nuestro querido primo el rey Tarilabal si aún sigue vivo, nos necesita a ambos con toda urgencia.   ¿No rogáis por su vida?

             Yaurína, herida en el corazón no logra responder y antes de que su desazón la traicione en público, opta por un repliegue.   El príncipe como es lógico, domina a la perfección el refinado arte de la perspicacia y a una mujer, sin distinción de clase, se la puede chasquear con un espontáneo toque emotivo.   La soberana traga saliva y carraspea levemente, necesita aislarse inmediatamente y dice con dificultad:

 -- Decís bien, os lo agradezco.  Ahora con vuestro beneplácito desearía retirarme, la fatiga del viaje afecta mi lucidez.

 --- No precisáis de nuestra gracia prima, retiraos y descansad merecidamente. 

            Huber de Trania esta vez ha prevalecido, inclina la cabeza ligeramente emulando un saludo que debería haber sido más notorio y chasquea los dedos dirigiéndose al gran chambelán, éste, al instante se aproxima a la reina y la precede hacia sus aposentos.  Damas y caballeros le hacen pasillo con todo respeto a la vez que se inclinan y, tras su ausencia, el festejo continúa.

                                          El coronel señor de Tarja sigue los pasos de la reina, ha presenciado la disputa y la opinión que tenía del príncipe ha cambiado, la dignidad, valentía y grandeza de Yaurína le ha superado con creces.  Desde ahora y para siempre, su sable y su más absoluta lealtad estarán con la soberana.

                   El camino hasta las habitaciones es largo, el chambelán abre paso y escucha a su espalda nítidamente los sollozos de una reina, pero no detendrá su marcha ni girará la cabeza, no debe hacerlo.   Al coronel le ocurre algo parecido, desde atrás, observa como la mano de Yaurína empuñando un pañuelo lo acerca a su rostro y lo mantiene apretado contra su boca, pero nada puede hacer, vedado inmiscuirse si no es requerido a ello.

          Por fin llegan a los aposentos, el soldado de guardia levanta su alabarda y queda inmóvil, el chambelán abre la puerta sin llamar como es su incumbencia en éste caso, e inclinando la cabeza dice:

 ---  Su majestad Yaurína de Cumbertán.

                                        Eniela es sorprendida en enaguas, se esconde velozmente tras las cobijas del lecho que cuelgan del artesonado dosel y Yaurína y su marido entran.  Eniela no podía saber, que los soberanos no piden permiso para entrar.  La reina ahora más serena se dirige al veterano chambelán y le pregunta:

 ---  ¿Cuál es vuestro nombre mayordomo?

       El hombre visiblemente sorprendido, traga saliva perplejo y por unos instantes, no sabe que responder, hace tantos años que nadie le llama por su nombre, que casi ni lo recuerda.

 ---  Si mi memoria no falla majestad, de joven me llamaban Tario.

 ---   Entonces si no tenéis inconveniente, yo así os llamaré.

 ---  Vuestra majestad honra infinito a este humilde siervo, es un gran privilegio.

 ---  Sabed desde ahora Tario, que no os considero un siervo, pero naturalmente, agradeceré mucho vuestros servicios.

                 El competente mayordomo no da crédito a lo que oye, es inverosímil tal llaneza en una reina.

 ---  Ordenad lo que gustéis majestad.   

               Yaurína da un par de vueltas frente al enorme espejo de la habitación mientras arruga graciosamente la nariz y dice.

 ---  ¿Habíais visto nunca a una reina tan mal vestida Tario?

        El viejo chambelán ha visto de todo, pero jamás a una reina tan afable; la bellísima soberana con su sencillez ha ganado su corazón y el hombre feliz sonríe con ternura y contesta:

 ---  Ciertamente nunca majestad.

 ---  ¿Podríamos con vuestra ayuda enmendar este desastre?

 ---  Dadme venia para retirarme y vuestra majestad sabrá de mi eficacia.

 ----  Tenéis mi permiso Tario, mi vanidad no puede esperar.

     El Gran chambelán se inclina satisfecho, da la espalda a la reina para salir y entonces Yaurína dice:

 ---  Por cierto Tario, una vez caí de un columpio y un criado se acercó cariñoso, enjugó mis lágrimas y el pequeño rasguño de mi rodilla, diciéndome a la vez, que una princesa nunca debía llorar; pues bien, decidle si por ventura le conocéis, que aquella princesa hoy convertida en reina sigue llorando, pero por supuesto, no ha olvidado el incidente y por eso, conserva con mucho afecto un pañuelo a cuadros azules.

             El Gran chambelán no contesta, un repentino nudo en la garganta se lo impide, sale del aposento sin mirar atrás y por su mejilla resbala una lágrima, Yaurína le ha reconocido