La  duquesa  de  Tampadir

 

 

 
 

 

 
 
 
 
 
 

 

 

 
 

 

 

 
 
 
 
 
 

 

          

 

 

              El mariscal, saboreando con anticipación la victoria, piensa que ha llegado el momento de emplear a su intacto regimiento de lanceros y ordena:

--- Coronel, regimiento al paso, cautivo el que rinda y muerto el que se obstine.   Conseguidme también las piezas artilleras que podáis, las necesito.

--- ¡A vuestras órdenes excelencia, por Mirrana y el príncipe a la victoria!

--- Así sea Ardenaldo, pero tened sensatez y regresad entero, no quiero polémicas con vuestra madre.

--- Os lo prometo padre, estaré a vuestro lado en la cena.

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                El coronel caballero Ardenaldo, es primogénito de la esposa del mariscal, enlazado éste en segundas nupcias, tras quedar viudo de la primera mujer.  La duquesa de Tampadir y desde su matrimonio condesa de las Galeas, no es precisamente la más dócil de las mujeres, no quiere esto decir, que adjetivarla de intolerable fuese justo, pero, por descontado y testigos no faltan en el principado, que a cabezota no la gana nadie.   Fue plebeya de cuna y de niña conoció el hambre, pero cuando la naturaleza con ella pródiga la mudó a espléndida mujercita, su padre, molinero de oficio, que percibía habitualmente por molienda de saco nueve puñados de harina, consiguió que los clientes se deslumbraran mirando a la muchacha mientras él apuñaraba y de esa guisa, muy pronto el molinero sin tierra y sin sembrar, convirtió su penoso oficio en abundante negocio y al poco tiempo, favorecido eso sí, por el hecho de tener una molinera sin parangón, eran tantos los encargos de tritura y tantos los puñados extra, que nunca un trapiche en ninguna parte hizo tan rico a su molinero.  

                         La chica, entre los trece y los dieciocho años, siempre rodeada de hombres, aprendió de ellos lo que a una mujer corriente le cuesta toda una vida y a causa de tal, rondando los diecinueve, sus encantos y arte en la seducción llegaron a ser tan extraordinarios, que cualquier doncel habría metido la mano entre la piedra volandera y la durmiente del molino para lograr sus favores.  Se desposó a los veinte por amor con el hacendado del lugar, un joven bien parecido y apuesto, que la fascinó con su refinada erudición y tras tres años de felicidad, nunca más superada, la coz de un caballo la dejó viuda.   Por sus dos hijos regresó al altar y esta vez, a los veintisiete, las arras fueron mejores pero el consorte peor.   El duque de Tampadir, rancio aristócrata que moraba en un castillo tan vetusto como él, resultó ser un mal padre y aunque sus tesones por ser buen esposo fueron grandes, eso no patrocinó, debido a lo anterior, la estima de su mujer.  El duque enfermó gravemente del estómago al cumplirse los seis años de matrimonio y a partir de ese desdichado día, no hubo hierba o potingue que no probase, pero médicos, boticarios e incluso sanadoras, no pudieron aminorar sus padecimientos y en una crisis de irresistible dolor, se suicidó, colgándose de un florón de piedra cincelado sobre la poterna de entrada del puente levadizo.  

                                     Con treinta y tres años, la duquesa carecía otra vez de compañero en el lecho, pero no de desearlo, más que nada, por el escaso uso que de sus carnes hizo el difunto, por lo tanto, durante diez años que tarda en serle presentado el mariscal de Galeas, se logra confortar con las visitas de un antiguo e infatigable pretendiente, vareador de lana y a veces esquilador, al que rechazó antaño entre los sacos de harina, pero al que hogaño, la señora encomienda el mantenimiento total de cojines y colchones del castillo y de paso, le ayuda en la verificación del mullido.  

     El mariscal no tuvo descendencia, pues su primera mujer era estéril, pero los esponsales con la duquesa le proporcionaron dos, uno que conservará el título de duque de Tampadir si el príncipe Huber de Trania no pone ningún impedimento y el otro, el primogénito Ardenaldo, que heredará el condado de las Galeas.   Desde entonces y de esto han pasado tres años ya, la condesa Nidela ha variado todas las inclinaciones anteriores indecorosas y ahora, su tiempo, lo consagra en cuerpo y alma a su señor marido, a la religión, y la constante búsqueda de leales y recatadas esposas para sus hijos.  Pero como decíamos, el único defecto que conserva de su anterior carácter es la tozudez, y por eso, el mariscal no quiere pleitos con ella.

 

 

                                    El despliegue del escuadrón de caballería es celebrado con vítores por sus compañeros de infantería, saben que ese será, el colofón de la batalla.   Cuatrocientos jinetes de una pericia fuera de lo corriente, cruzan al paso el campo de batalla.   Los caballos, demasiado tiempo ociosos, pugnan con el bocado y sus hocicos resoplones se inundan de babazas.  Los escasos sanitarios, camilleros, cirujanos y ayudantes que atendiendo a los heridos y moribundos en tal momento se hallan, son los únicos enemigos que gozan de inmunidad y el regimiento sin reparar en ellos les rebasa.  En esto, el archiduque señor de Bulís, siempre encarando el anteojo sentencia:

--- Vuestra estratagema no ha dado ningún resultado conde, pues ahí llega la caballería y por lo que veo muy fogueada.

         Ciertamente, la prestancia de los lanceros con sus altos chacos empenachados, que sujetan durante la cabalgada con los dientes apretando los barboquejos y, la evidente doma a prueba de estruendo de sus caballos, vaticinan el cataclismo.

--- ¿Qué haríais vos archiduque?, cuatro escuadrones no es mucha hueste.

--- Pero la infantería que os resta ya no obedecerá y os queda únicamente el batallón de la guardia y la artillería, perderéis una de las dos unidades, decidid.

--- De acuerdo, yo decidiré, ¿pero que haríais vos?

--- Pues retirada inmediata abandonando los cañones y a su dotación, el regimiento de lanceros se conformará con eso y no nos seguirá. A cambio, vos salvaréis dos escuadrones, un batallón y medio de línea, el de la guardia sin bajas y cuatro compañías de servicios.

        Al mariscal de Galeas hoy la suerte le ha favorecido, pues como se ve, de haber encaminado la batalla el archiduque, el resultado habría sido muy distinto.  El conde por fin, acepta la derrota y como es natural, ahora le intranquiliza y mucho el enfrentarse al emperador, pero, siempre es más excusable una retirada a tiempo que la capitulación.

--- Coronel, que toda la artillería en línea cubra la retirada, replegad estandartes y mover a la gente.   Retroceso general.

        Las piezas desplazadas con rapidez se emplazan en línea de tiro, los servidores artilleros toman posiciones de refriega y frente a ellos, a unos cuatrocientos metros todavía, el coronel Ardenaldo y su regimiento al paso continúan avanzando.  Es completamente inútil intentar detener a cuatrocientos jinetes con sesenta cañones, solamente sería posible, si llegaran por un pasillo encajonado, pero galopando en línea de carrera es completamente irrealizable.  Cuando los caballos alcancen la distancia de tiro se iniciará tras un pequeño trote la galopada y a partir de ese momento, toda la línea artillera por mucho que se apresure en la recarga, solamente logrará efectuar dos disparos antes de que los servidores queden ensartados por las lanzas.   A lo sumo, el regimiento perderá ciento cincuenta efectivos en la vertiginosa aproximación, pero los doscientos cuarenta artilleros y sus dos oficiales serán masacrados.

                     El mariscal desde la colina del estandarte, observa alborozado como se repliega el enemigo, el príncipe Huber ha obtenido la primera victoria, Cumbertán, es en este glorioso día un poco más libre.