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Cuando por fin, la enfebrecida tripulación del navío cesó en sus vítores, el maestre de bitácora señor Pipermin, ahora convertido en capitán interino por ausencia del comandante Pinturero, se acerca a Yaurína de Cumbertán, y como hiciere un caballero, se descubre ceremoniosamente, dobla su rodilla sobre la tablas del puente, mira a la soberana emocionado y besa su fina mano con inaudito respeto. Quinientos hombres boquiabiertos de sorpresa sin patria y sin rey le contemplan; jamás que se conozca, un bucanero del océano Caliente rindió pleitesía a la realeza. Yaurína mira con ternura a su rendido aliado y dice: --- Alzaos Pipermin, me conmovéis. --- Señora, dadnos una bandera y combatiremos por vos. --- Tendréis la bandera, pero en cuanto a combatir por mí, será mi prometido y no yo quién lo decida. Ahora levantad, os lo ruego. El maestre señor Pipermin se incorpora, la soberana ajusta a sus hombros la capa y ambos en silencio bajan la escala de babor y se dirigen a la candaliza del mesana. Los hombres más próximos les abren paso a codazos y empujones con los de detrás, éstos, intentan ocupar el espacio de los de delante y en los lógicos forcejeos se escucha algún quejido, pero nadie pronuncia una palabra. Mientras tanto, tres chalupas esperan en el agua a la reina, en ellas, aguardan los hombres escogidos por el señor Pipermin para su escolta tierra adentro y es por descontado, que ninguno de los treinta podrá ofrecer a Yaurína una conversación medianamente interesante, pero lo que sí y por todas las condenaciones es indudable, es que la soberana llegará completamente salva y sin rasguño alguno a donde fuere. En el puerto la expectación es general, nunca un navío de sesenta chimeneas a la banda había fondeado allí cerrando la bocana y mucho menos, sin estandarte, gallardete o insignia que lo identifique. El capitán al mando de los veinte cañones portuarios no sabe que hacer, los soldados esperan nerviosos la complicada y apurada decisión, con el mechón para fuego bien seco junto al bote de brasas y para mayor infortunio, el gobernador no aparece. El protocolo de ordenanza en estos casos es concluyente, lo primero abrir fuego contra el intruso y luego preguntar por sus intenciones, pero naturalmente, el veterano capitán sabe mejor que nadie, que si el formidable galeón responde al fuego, reacción del todo presumible, en el puerto de Palatina y en un ámbito aproximado de trescientas yardas de fondo y unas quinientas o seiscientas de anchura, no quedará piedra sobre piedra y, no solo eso, pues en caso de un desembarco tras el devastador cañoneo, la dotación de semejante navío guerrero con toda certeza supera en número a la guarnición de defensa. Las dos compañías de fusileros, único destacamento de la plaza en estos momentos, pues el grueso de ella se encuentra en el páramo del Remolino a las órdenes del mariscal conde duque de Galeas, no dispone de la munición suficiente para repeler un asalto y tampoco, de la instrucción necesaria, pues está compuesta por voluntarios campesinos con cinco semanas de cuartel y la experiencia en combate es ninguna. Así las cosas, hace bien el capitán en retrasar la batalla y por otro lado, si el galeón es enemigo, lo más elemental es que muy pronto se sepa. Poco después, las chalupas a remo pausado se acercan al atracadero, Yaurína va en la tercera, pero ni con un anteojo de cuatro cuerpos se la distinguiría, pues sus hombres la ocultan completamente. Solo y desembarcar, los escoltas de la primera y la segunda aseguran la posición para la reina; frente a ellos, los bisoños soldados temblorosos del principado de Mirrana les apuntan con sus fusiles, pero los custodios bucaneros ni se inmutan. El capitán llega al lugar corriendo y se interpone entre ambos grupos en el momento que Yaurína pone el pie en las piedras del atracadero y, el valeroso militar, desenvaina entonces el sable diciendo: --- Os halláis en Palatina extranjeros, del principado libre de Mirrana, mostradme vuestro salvoconducto. Yaurína intenta avanzar entre sus hombres para hablar con el oficial, pero los mastodontes taponándole el paso no se lo permiten y eso es así, porque las órdenes del señor Pipermin son irrefutables: porque nada, absolutamente nada, deberá acontecerle a la reina ni tan siquiera por su voluntad. Sin más alternativa, la soberana oculta totalmente a la vista del capitán y de sus soldados, dice alzando la voz: --- Soy Yaurína reina de Cumbertán, notificad al gobernador al instante mi presencia en la ciudad. El asombro del capitán se refleja en su rostro, escucha una voz de mujer pero no puede distinguir a su propietaria, ladea la cabeza a izquierda y derecha para conseguirlo, pero no lo logra, adelanta luego un par de pasos en esa idea, pero la reacción poco afectuosa de la escolta le sugiere lo contrario, entonces manifiesta: --- Mostraos a mi presencia señora. --- Me temo señor quien seáis, que me será imposible si vos no deponéis las armas, pues como ya podéis ver, mi escolta no me lo permite. --- Soy el comandante de la plaza y si no acatáis mis órdenes de inmediato, no tendré otra alternativa que apresaros. Pero en el Brisa Huracanada, el señor Pipermin y toda la tripulación no pierden detalle y adivinado alguna dificultad en el puerto, el maestre de bitácora grita: --- ¡Señor condestable, sesenta de aviso a tercios sin hierro! --- ¡A la orden señor! La dotación aclama al señor Pipermin, los voceros de entre puentes advierten presto a los artilleros y los cañones reciben al punto la pólvora sin balín. Dos minutos después, el fuego a tercios se produce: primero retumban los veinte cañones de puente alto, luego los veinte del puente medio y ya finalmente los del puente bajo. Sesenta cañonazos en escasos segundos es mucho ruido para soportarlo impávidamente, no obstante, la escolta de la reina y el capitán del puerto lo hacen, pero no así la tropa, porque muchos soldados presa del pánico optan por esconderse. El militar comprende que su situación no es en absoluto ventajosa y por supuesto, la seria advertencia del barco es inequívoca, por lo tanto, ordena a los pocos soldados que aún le cubren la espalda que rindan sus fusiles, acción suficiente, para que Yaurína consiga salir del cerco humano y encararse con el oficial: --- Aquí me tenéis oficial, ¿puedo esperar ahora que deis la noticia de mi presencia al gobernador? La presunta reina, aunque bien vestida, no luce del talle al hombro la cinta real, ni tampoco, se distingue en su pecho el broche de dinastía o regencia y como es natural, no engalana sus sienes la molesta corona, pero la majestad de su ademán y el tono imperativo de sus palabras, hacen pensar al experto capitán, que si la bella desconocida no es una soberana como reclama ser, por descontado que está muy cerca de parecerlo. Cualquiera, inclusive una impostora bien instruida, hubiera otorgado trato de excelencia al mencionado gobernador, pero Yaurína le ha aludido dos veces y ni siquiera de señor le ha tratado. El tratamiento no se creó para uso de los soberanos y solo éstos pueden obviar un detalle de tamaña importancia con semejante tranquilidad, aplomo sin duda, que solamente puede adjudicar la total ausencia de práctica. El capitán en la duda opta por cuadrarse y saludar con sable alzado y hace muy bien, porque reina o no, ciento veinte cañones son ciento veinte razones imperiosas para hacerlo. --- Lo lamento majestad, pero desconozco el paradero de su excelencia. Tres emisarios envié al entrar en la rada vuestro barco y, ha sido imposible hallarlo. --- Quizá no buscaron bajo la cama. El comentario franco de Yaurína provoca las risotadas de la escolta y la estupefacción inmediata del capitán, que una vez digerido el pasmo, se vio forzado a toser para no carcajear. La soberana se abanica algo nerviosa y continúa: --- ¿Se halla en la ciudad el gran duque Graván de Bustante? --- De nuevo lo lamento majestad, su excelencia el corregidor tampoco se encuentra aquí, zarpó anteayer. --- Una lástima, me habría gustado saludar a nuestro amigo. Y en cuanto al gobernador, no demoraré mi partida por una cuestión de formalidad, vos capitán me acompañaréis hasta Sasuna. --- Eso es imposible majestad, no dispongo de un sustituto al mando. Yaurína necesita a un oficial de Mirrana en su escolta, por si en el viaje encontrase puestos de control, algo muy natural cuando una nación se encuentra en situación de guerra. La reina mira fijamente al capitán y le dice: --- Nombrad al mejor de vuestros soldados teniente provisorio y asunto zanjado. --- Un capitán no tiene la atribución necesaria para ascender a nadie majestad. --- ¿A quién corresponde entonces esa facultad? --- Como mínimo a un coronel y, no encontraréis ninguno por aquí cerca en estos momentos. --- ¿Cuál es vuestro nombre capitán? --- Rolano Sauvin de Tarja, pero soy plebeyo majestad. --- Plebeyo o no señor de Tarja, ya sois coronel, designad a vuestro sustituto y conseguidme cuatro carruajes. Abreviad. Si a partir de ese momento algo quedó nítido para el oficial, es que tenía ante sí a una soberana de los pies a la cabeza. Y no es que todas sus dudas hubiesen desaparecido, pues una reina no acostumbra a ser custodiada por tipos con catadura de rufianes y por otro lado, la reina de una nación vecina, no puede fuera de su país ascender a nadie; aunque claro, mejor es el empleo de coronel en Cumbertán, que seguir ejerciendo de capitán en Mirrana. El señor de Tarja, seguido por quince soldados, abandona apresuradamente la plaza portuaria en busca de los citados carruajes. El militar ya conoce la existencia de tres, pero no será sencillo el requisarlos a sus dueños y en caso de hacerlo, puede que él y su esposa no tengan otro remedio que ausentarse forzosamente de Palatina por mucho tiempo. Uno de los carruajes, una berlina reformada de seis plazas y doble pescante, pertenece al señor obispo de Palatina, el prelado por fortuna y con su calesa de diario, se encuentra en la población vecina de Vallantarián por asuntos de su jurisdicción y lo difícil, consistirá en convencer a los monjes del castillo seminario para que abran el portón. El siguiente carruaje, la carroza con tiro de seis caballos del gobernador es ideal para la reina: espaciosa, bien nivelada, ballestas de nueve láminas, acolchada, tapicería lujosa y fácil de conseguir, porque su excelencia en caso de personarse en la cochera no podrá negarse. Ya por último el tercero y a la espera de poder conseguir un cuarto, la diligencia de reserva constantemente prevenida en la real oficina de postas. Quizá se encuentre allí la mayor de las dificultades para el capitán, pues los funcionarios y personal de seguridad que tienen a su cargo la custodia, pertenecen a una poderosa institución de policía rural estatal, bien armada y autónoma. La verdad es, que la diligencia de reserva es una traquitana con ocho años de servicio y será un milagro que llegue entera hasta Sasuna, pero al capitán no se le ocurre otra cosa, además, dispone de doce plazas para viajeros y cuatro para cocheros y traquitana o no, para la estrafalaria escolta de la reina ya es suficiente. Dos horas más tarde, tiempo que aprovechó Yaurína para pasear por el puerto y la ciudad, los tres carruajes llegaban a la plaza portuaria. En el pescante de cada uno, un cochero y dos soldados y uno de los soldados, mucho más inquieto que tranquilo, apunta al enrabietado cochero con un pistolete. Y es por descontado una prevención muy acertada, porque los profesionales del látigo no son gente de débil carácter y no es de extrañar, pues en su maldecido oficio, las peleas a fuetazo certero con sus colegas en las calles, sobre todo por conflictos de preferencia de paso son constantes, así como también: las pedradas de los pillastres, los agravios de los viandantes, las sanciones e inspecciones de los alguaciles, los asaltos en los viajes, las reparaciones continuas, el frío, el calor, la lluvia, la nieve y, por si fuero poco, el mísero salario. Pocas mujeres, tienen los arrestos suficientes, para soportar a un marido más pendiente del coche y las bestias de su tiro que de ellas. En la espléndida carroza de su excelencia el gobernador, el nuevo coronel señor Sauvin de Tarja viene acompañado de una mujer. Ambos se apean y la dama con cierta torpeza se inclina ante la reina. Una esposa de capitán, no tiene muchas ocasiones para practicar reverencias y la falta de costumbre, unida a la lógica timidez que impone encararse con miembros de la realeza, favorecen en el pueblo llano algunas pifias. --- Majestad, os presento a mi mujer. Si vos lo autorizáis, me gustaría apartarla de Palatina una temporada. Yaurína tarda escasos segundos en comprender al oficial, para ello, solamente le basta con descubrir el distintivo de los carruajes. Con toda certeza, que la carrera militar del señor de Tarja ha resultado muy comprometida al cumplir la orden, porque los titulares del transporte: el poder real, el local y el eclesiástico, no tardarán en reclamarle a proceso. --- Es un honor para nos el conocer a vuestra esposa coronel y por supuesto, será un placer viajar en su compañía. ¿Cómo os llamáis? --- Eniela, señora, digo majestad. --- Un bonito nombre el vuestro Eniela, vendréis a mi lado en la carroza, hace mucho que deseaba charlar con una mujer.
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