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La reina al paso, dirige su corcel en dirección a la muralla, cruza
erguida entre
los soldados del segundo batallón que todavía a medio vestir y la mayoría
somnolientos, algunos de ellos se asean en los barreños y tinajas, y otros
junto a sus tiendas, limpian y preparan armas, pero todos al completo, la contemplan al pasar con el natural asombro.
Un teniente de artillería desde lejos le da el alto, pero nuestra soberana
impasible sigue adelante. Llega Yaurína al primer cordón de fusileros,
batallón preparado para iniciar asalto y allí, dos soldados se
interponen para cumplir la orden del teniente y sujetan las bridas de su caballo y es entonces, cuando la reina
con autoridad les dice:
--- Soltad mi montura caballeros, soy la reina de Cumbertán.
A un soldado raso
nunca le han otorgado el apelativo de caballero, por eso y por la hidalguía
y dignidad que rebosa la amazona, los soldados muy impresionados se hacen
sumisamente a un lado.
Yaurína continúa al paso y tras ella, un murmullo
creciente se escucha entre la milicia y unos a otros se dan la noticia. Pronto, uno de los soldados se atreve a vitorearla y a continuación, otros
dos con entusiasmo también lo hacen, la confusión es general, desde todos
lados se acercan para ver a una mujer a caballo que se aproxima a Limura,
los soldados presa de la euforia aclaman a la dama.
En el adarve de la barbacana
izquierda, un vigía la enfoca con el catalejo y con alarma apresurado, entra
en la torre y da la novedad al capitán, el capitán inmediatamente sale y usa
el anteojo, su asombro es fenomenal, una solitaria mujer a caballo se
avecina al portón, cincuenta yardas más y estará a distancia de tiro. El
capitán muy alterado ordena a gritos que nadie dispare y corriendo va en
busca del coronel. Pero en la torre norte el coronel ya está enterado, no ha
pegado ojo en toda la noche y ahora se dirige presuroso por el pasillo del
adarve hacia el portalón. Cuando llega el coronel, a Yaurína la apuntan cien
fusiles, pero el caballo sigue al paso y ella no piensa detenerse hasta
colocarse a diez metros de la puerta. El coronel sabe que en cualquier
instante un soldado inquieto puede acabar con la vida de la desconocida y
grita:
--- ¡Deteneos señora, ni un paso más!
Pero Yaurína no escucha, sigue adelante hasta alcanzar su objetivo. El
coronel teme lo peor y exclama:
--- ¡Maldición, al aire los fusiles, que nadie dispare!
Cuando por fin la soberana detiene su montura, el oficial al mando y desde
la muralla la increpa con dureza, pero Yaurína firme y serena le
contesta:
--- ¡Abrid la puerta coronel, nada temáis del enemigo, ya no es tal, vuestra
reina os lo garantiza!
El oficial queda perplejo, el
conde le aseguró que la princesa Yaurína estaba muerta al igual que su padre
el rey y debido a eso, ahora Limura pertenecía al imperio. Cuando el coronel
se recupera de la sorpresa dice a la dama:
--- Demostrad que vuestras palabras no son una treta, o de lo contrario
ordenaré ahora mismo vuestra ejecución.
--- Una reina nunca traiciona a su ejército coronel, y es por
descontado, que tampoco le teme, os ordeno abrir el portón.
La duda atenaza al
comandante en jefe de la guarnición y es bastante lógico que así sea, pues
una dama desafiando a la muerte no es nada corriente. Pero de todas maneras,
sería una insensatez acceder a sus deseos y por otra parte, reina o no,
prefiere que la decisión sea un asunto del conde.
Urico de Limura, ya ha
sido advertido por un criado y llega sudoroso y jadeando junto al coronel,
es la única persona que puede reconocer a la reina y al verla, colmado de
temor grita:
--- ¡Disparad soldados, es una impostora!
Pero el coronel ha comprendido, no se dispara a una
mujer sea impostora o no, el oficial desenvaina su sable y con el filo
amenaza el cuello del conde al tiempo que grita:
--- ¡Capitán, abrid las puertas, es nuestra reina Yaurína!
El rastrillo sube y las puertas de Limura se abren de par en par, al mismo
tiempo, que el mariscal y sus oficiales salen de la tienda. Todo ha
concluido, la ciudad se rinde en alabanzas a su valerosa reina. Algún
patriota en la torre del homenaje arriará la bandera del imperio y en su
lugar hará que ondee la enseña de Cumbertán. El conde es apresado y
recluido en los calabozos y el coronel, visiblemente emocionado, rinde su
rodilla y ofrece con ambas manos su sable a la soberana, que sorprendida le
pregunta:
--- ¿Sois acaso responsable de traición coronel?
--- Lo soy majestad, no impedí al conde consumarla.
--- ¿Habéis recibido alguna clase de compensación por ello?
--- Por mi honor que ninguna, lo juro ante vuestra majestad.
--- Entonces alzaos y conservad el arma coronel, nada veo en vuestra
conducta que sea censurable, vuestra actuación fue fruto de vuestra
ignorancia
y disciplina.
El coronel se pone en pie y envaina su
sable y la soberana con la ayuda de un capitán desmonta y dice:
--- Dejad paso libre al ejército del mariscal, pues desde este momento es
nuestro aliado, poneos a su disposición coronel.
--- A vuestras ordenes majestad.
Poco a poco, los civiles
abandonan sus escondrijos y miedos y la ciudad entera se aproxima a Yaurína
en aclamación, un cordón de soldados la protege y los gritos de la
muchedumbre son ensordecedores, la alegría más entusiasta se manifiesta en
el rostro de todos. La gente y la milicia, contemplan a su reina
embelesados y así, siguen tras ella vitoreándola hasta la plaza mayor. A
todo esto, las puertas abiertas de la ciudad, brindan el paso franco al
ejército del mariscal y las almenas desiertas, prueban la incruenta victoria
de Yaurína. El gran mariscal y sus oficiales, presos de justificada
estupefacción, franquean el portón y entran caminando en la ciudad. En la
entrada, el coronel defensor de Limura, recibe saludando con sable alzado y
el conde, Lariano Cebarión de Galeas , marcialmente le
corresponde.
En breve plazo, el coronel conoce el propósito del mariscal y entre ambos
preparan la encerrona a los dragones. La milicia de Limura ocupará de nuevo
las almenas, se colocará en su lugar la bandera del emperador y se borrará
todo vestigio del asalto, además, cien civiles escogidos regresarán a las
labores del campo y mujeres y niños esperarán a los dragones junto a la
muralla. El coronel Ardenaldo y sus lanceros, más setenta cañones y los
batallones de Bastarrec y de Muniada, tomarán camino hacia el bosque para
ocultarse y el resto del ejército del mariscal, ya dentro del recinto y bien
apostados, ocupan el castillo, los callejones y viviendas, comercios y
obradores y cualquier lugar emboscado, desde donde puedan sorprender a los
dragones. La reina Yaurína mientras tanto, actuando por vez primera como
soberana de Cumbertán ante sus súbditos, se da en audiencia extraordinaria y
todo aquel que lo precise será escuchado.
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