Lariano Cebarión de Galeas

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

 

 

 
 
 

 
 

                                                            

 

                                  El día veintiuno del mes octavo y, mientras el galeón Brisa Huracanada, hunde el ferro al fondo en el puerto de Palatina, en el páramo pedregoso del Remolino y junto a los abruptos altozanos del Lobo Blanco, un Gran mariscal de caballería y segundo caballero alzado a fiel garante del principado, pasa revista al primer regimiento de lanceros listos para la batalla.      Lariano Cebarión de Galeas, conde de las Galeas y duque de Tampadir, general de húsares y coronel con divisa y fajín de coraceros, conoce uno por uno a sus cuatrocientos soldados, todos ellos, defensores a nómina propia de sus mayorazgos y condados.  Los caballos a nervio brío mordisquen el bocado barruntando la espuela y los jinetes, preparados gallardos e impertérritos, hacen lo mismo con sus barboquejos.  Tras los cuatro escuadrones formados en filas de a cien, el cuerpo de ejército alistado por el príncipe Huber de Trania, que recluta a cinco batallones infantes de a siete compañías por batallón, se abre a los flancos con paso firme y bayoneta en parapeto.    Flautines y tambores, a la sombra de pendones, banderas y estandartes, aguardan las órdenes de sus oficiales.    En ese mismo instante, el Gran mariscal ordena:

--- Señor de Candeler, vuestra enseña tomará camino por la izquierda del riachuelo y cederá terreno al enemigo en el caso que éste adelantare por ese lado.
 ¿Habéis comprendido?

--- He comprendido excelencia. Pero sabed conde duque de Galeas, que nunca la bandera de Candeler ha retrocedido.

--- Esta vez lo hará, quedáis relevado del mando, abandonad la parada. Señor coronel de Bastarrec, os nombro general, al encuentro con la tropa de Candeler y cumplid mi orden.

          El señor de Bastarrec, estupefacto al igual que sus colegas oficiales de campaña, se descubre asintiendo con parquedad y pica de espuela hacia su puesto.
 El marqués de Candeler, pariente lejano del príncipe de Mirrana y cortesano insidioso habitual, pero más resuelto que pávido, no pasará por alto el ultraje y con altanero desacato dice:

---
 Su alteza Huber sabrá muy pronto de esta afrenta.   Daos vos también por relevado.

---
  Añadid a vuestra queja mis saludos a su alteza.   Y ahora, ausentaos marqués.

         El señor de Galeas naturalmente, no tenía motivo suficiente para sustituir al marqués, no es este caso y menos, por un comentario de honor referente a una divisa, pero un mariscal de campo avezado como él, sabe perfectamente, que tamaña decisión le supondrá la simpatía y disciplina incondicional de la tropa y por descontado
, la plena sumisión de la oficialidad, bazas imprescindibles, para ganar la batalla.

 El conde ignorando al marqués prosigue:

--- Vos señor de Balantar, afianzaréis la posición con picas al suelo si es menester, necesito al enemigo decantando al sur y con la intención de envolvernos.

--- Como ordenéis excelencia.

--- Vuestro batallón conde de Lasia, disparando al relevo que avance lentamente por el centro y, con disimulo, prevenid un pasillo para la caballería.

---
 Así se hará mariscal.

--- Para vos conde de Albeda y también para vos barón de Zana, lo peor: os quiero prevenidos en retaguardia al refuerzo de quebraduras
, en otra ocasión tendréis la oportunidad de avanzar los primeros.

--- Gracias mariscal, sea como decís.

--- Caballeros, es todo por el momento, atended a las señales y a ser posible mantened el cuerpo sin boquetes.
 A vuestros concernientes guiones.

                                     Los cinco generales con sus respectivos coroneles van al encuentro de sus soldados, los capitanes de las compañías conocerán al punto la ordenanza y a su vez, los gastadores de punta en fila serán al punto informados.
 En total, seis mil quinientos hombres de infantería, cuatrocientos de caballería y doscientos de artillería; el príncipe de Mirrana arriesga todo lo que tiene, que no es mucho. 

 

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 Frente a ellos, siete mil de a pie, setecientos de a caballo, cuatrocientos de artillería y por si tal fuere poco, un batallón de granaderos muy bregados en campaña, guardia de elite y custodia del poderoso emperador Chafanjul.  El emperador nunca asiste a las batallas, porque según él, son muy aburridas; aunque eso sí, no tiene ningún inconveniente en enviar a sus nobles más allegados.  Hoy al frente de su quinto ejército, destacado a la defensa del recién conquistado reino de Cumbertán, el caballero archiduque de Bulís, señor de Lándara, comparte el bastón de mando con el conde de Agancir, dos de sus mejores nobles y generales.   El conde se dirige a su colega el Archiduque y le pregunta:

--- ¿Que os parece señor de Bulís, al centro con todo y así les dividimos y les damos la patada en medio día?

                 El interpelado no contesta, mantiene el anteojo con interés y busca las posiciones de los estandartes, sabe que desde allí, como es conformidad habitual de gobierno, la ordenanza para maniobrar
pasará con cada novedad de batallón a compañía y de regreso a mando de estratego.   Pero no puede distinguir lo que busca y dice:

--- No consigo ver jinetes para enlaces y tampoco me agrada mucho el color de esas casacas, se confunden desde aquí con el terreno.

--- Nuestro noble oponente habrá optado por dirigir la tarea con señales y en cuanto a las casacas, muy pronto teñirán de sangre, quedad tranquilo.

Pero el archiduque no comparte el optimismo de su colega el conde y dice:

--- ¿Sabéis algo de nuestro enemigo, su palmarés, su linaje?, no es prudente guerrear con desconocidos.

--
  No, nada sé de él.  Pero el principado de Mirrana nunca que se conozca hasta hoy invadió ningún otro país, poca experiencia militar es esa.

-- Pero tampoco el principado fue atacado y eso, apreciado conde, tiene mucho que ver con el respeto a su milicia.

           Acierta el archiduque, porque el príncipe Huber de Trania y antes que él sus antecesores, siempre estuvieron muy atentos a la ultranza defensa de sus feudos. Tres blasones engalanan la casa de Trania, el primero y principal: en campo de oro y bordura en azur, flordelisada, un águila en sable coronada y atada y el lema, < Arma Levantada >. El segundo: en campo de gules
, una torre de oro mazonado y aclarado, con bordura en plata, anagramada en azur y la leyenda, < Rey, Principio, Potestad, Patria > y, en el tercero, semejante en importancia a los anteriores: en campo ajedrezado de plata y sable, un león rampante de gules acollarado, con corona real y bordura en sinople media asiniestrada y en ella, el lema, < Campana de Azote >. Los tres, como es notorio, hacen cumplida referencia al familiar entronque y la grandeza y bravura del linaje.

El conde de Agancir, no sabe o no le apetece responder al archiduque y cambiando de tema dice:

--- No habéis contestado a mi pregunta archiduque, ¿todo al centro?

--- Es muy arriesgado
eso que proponéis conde, para tomar tal decisión, debemos aguardad el informe de los ojeadores.

--- No alcanzo a ver la necesidad, les superamos en todo.

--- ¿Acaso fiáis en que nuestro adversario nos está enseñando todo lo que tiene?

           El conde de Agancir no pudo responder a la pregunta y eso, exactamente es, lo que pretendía su taimado y osado enemigo el mariscal de Galeas.
 Naturalmente, que la estrategia ayuda y por descontado también la supremacía, pero siempre es la fortuna y bravura quienes deciden la victoria.

                 El día es espléndido, la hora ideal, los soldados han tomado conciencia de mártires y la obscena ambición de los políticos
espera anhelante su diezmo de muerte.    

       En la cumbre de la suave colina del estandarte, el mariscal de Galeas extiende la mano y agita el pañuelo, al punto, dos pabellones cambian de posición y la señal es interpretada por el primer batallón, sito en el flanco izquierdo y su general, señor de Muniada, ordena el avance.

--- ¡Batallón, marcha al frenteeee!.

                                A la sazón, como sí se tratase de un desfile, mil trescientos soldados a siete cuadrículas de ciento ochenta hombres cada una, hombro con hombro y entrefila ahogada, marcialmente adelantan al repique insistente del tambor. Al instante, siete capitanes desenvainan y saltan de sus corceles y mientras los asistentes ponen a buen recaudo sus monturas, los valientes oficiales con sable abatido toman su puesto al vértice anterior derecho de sus respectivas compañías.  El coronel va tras la cuadrícula central y cabalga al paso y espada al hombro y el general, algo más retrasado, hace lo mismo junto al pendón.
  Cuatrocientos metros separan al batallón para procurarse la distancia de tiro, pero no de sus fusiles, sino de seis cañones de a siete libras encarados, que tiene frente a ellos esperando el enemigo.

           
                                         Habitualmente y lo reseñamos para evitar confusiones, los generales rara vez acompañan a la tropa, para tal arriesgado menester está el coronel, pues un general de campo tiene al mando casi siempre una brigada. Pero se da el curioso caso, que al principado de Mirrana le sobran nobles y la mayoría de ellos, por no decir todos, solicitaron a su alteza un puesto de mando. El príncipe Huber decidió con buen criterio
encargar al señor de Galeas y Tampadir, único militar de carrera en el principado, el mando al completo del ejército con categoría de Gran mariscal y de tal suerte, pues el citado nunca gozó de grandes amistades entre la nobleza, consiguió el príncipe las necesarias renuncias. Con todo, quedaron cinco y el señor de Galeas les advirtió, que generales o no, correrían en combate la misma suerte que sus soldados.