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Nuestro capitán conocía a la perfección las dentelladuras de la pobreza,
pues en la aldehuela de su infancia, el único ser vivo que podía presumir de
longevidad y también de obesidad, eran las arañas, bichos repelentes si se
quiere, pero necesarios para desparasitar las chozas.
Su madre fue, desde los catorce hasta los cuarenta, edad en que murió de
calentura; primero pastora, después hortelana y más tarde criada de un
detestable caballero de buen estamento, que además del pábulo cotidiano, a
permuta inmerecida por un trabajo denigrante y agotador, la obsequió con un
hijo y, gracias a esa indecorosa circunstancia, la indigencia de toda la
familia mejoró.
En todos los pestilentes villorrios, aldeas o caseríos, donde a malvivir se
pudren aparceros y pastores con sus mujeres y prole, contraer lazos de
sangre con un bastardo de hacendado, aunque sea por violación, es una
bendición, pues bien al contrario que en la nobleza, el hijo retoño de la
deshonra violentada o consentida, permanece casi siempre con la madre y
debido a eso, al reparto de las pequeñas o grandes limosnas que ello
conlleva, están el resto de la progenie.
Al padre del Pinturero, al principio, no le importó compartir asiduamente a
su mujer con el pudiente violador, entre otros motivos de índole indulgente
y bondadosa, por que siempre es mejor ser marido ultrajado que ahorcado,
pero ocho años de continuo mancillar, son demasiado tanteo para un hombre
cabal. Así que un buen día de cólera incontenible y justificada,
quemó los graneros del terrateniente y desapareció. Tres años
tardó en regresar, pero cuando lo hizo al mando de una partida de brutales
renegados ávidos de venganza, el latifundista perdió los testículos y poco
después los ojos y algo más tarde, con sus tripas en las manos, dejó de
existir.
Nuestro Pinturero cansado de su trabajo, pues confeccionar peluquines con
cabellos de muertos no es tarea de gusto para nadie, más que nada, porque la
materia prima es de repugnante conseguir, aunque tenga la enorme ventaja de
ser gratuita, marchó con su progenitor y aprendió de él los primeros pasos a
conocer en el arte de la truhanería, que no son otros, aparte de la
inclinación por el vicio y el instinto animal de supervivencia, más que una
gran destreza con la espada y el cuchillo y de tal guisa, por descontado con
remordimientos frecuentes, comenzó su incivil actividad de bandolero, para
convertirse más tarde en bucanero.
Lo peor de un bandido salteador de caminos, es que siendo la pandilla
reducida, irrisorio seguramente será también el desvalijo, pues ningún
notable con la bolsa a rebosar, se desplaza en carruaje o a caballo sin
escolta armada y por otro lado, entre bandoleros famélicos y díscolos, es
muy habitual el diezmarse así mismos. Otra cosa muy diferente,
es cuando la chusma es mucha y los pillajes alcanzan importancia
considerable, pero naturalmente, cuando esto sucede, el ejército no tarda en
aparecer y viene al mando de generales de campaña sin reparos ni contemplaciones, y con
patente soberana para aniquilar a tierra quemada.
El Pinturero tardó tres años en comprender, que de seguir en el oficio lo
más seguro y productivo era el pillaje marino, pues en tierra firme no
tienes donde esconderte, siempre hay por ahí un pastor, buhonero, campesino
o trampero, que tarda muy poco en delatarte y reclamar la recompensa;
además, el monte no es obstáculo para un regimiento, el bosque sí, pero a
comer raíces y carne cruda de alimañas prepárate, por que ni fogata para la
tajada ni disparo para conseguirla. El mar es muy diferente, y
aunque es verdad que el riesgo es considerable, el beneficio en caso de
apresar un barco de contrata en singladura de acarreo puede ser fabuloso y
en cuanto al peligro, más fácil es ahogarte en una borrasca, que morir en un
combate.
Nuestro héroe comenzó la piratería costera a los dieciocho años y lo hizo,
en una Cáraba de dos palos, a las órdenes del capitán Embuste, una especie de
filibustero comerciante, que se dedicaba al corso de ribera para desgracia
de pescadores y viajeros; a los pescadores les robaba las artes de pesca
sean cuales fueren y a los viajeros el dinero y la ropa, y más tarde, con la
necesaria organización en tierra, los vendía de nuevo incluso a los mismos
despojados. Alguna vez fue necesaria la violencia, pero nunca se
llegó al extremo de malograr una vida, claro está, que no es bueno para el
negocio ir matando a proveedores, que a su vez son potenciales clientes.
Lo mejor de aquella época para nuestro barbilampiño Pinturero, fueron los
continuos latrocinios a Copanos de viajeros, grandes barcas de un palo único
enterizo a trapo de cruz, y que se utilizan para el traslado de transeúntes
entre puertos, el precio del pasaje es mucho más ajustado que cualquier
transporte terrestre y tal mérito, los hace idóneos para la plebe con bolsa
flaca que desconoce el tintineo; pero eso sí, el importe del viaje incluye
remar y sudar la gota cuando no hay viento. Más como decíamos,
para nuestro comandante fueron buenos tiempos, no tanto como ahora claro,
pero teniendo en cuenta que fue el encomendado habitual para desnudar a
todos los capturados fuesen hombres o mujeres, la actividad le proporcionó
conocimientos de anatomía que nunca hubiese imaginado. Es muy
natural que en la mayoría de los casos, la osamenta destacaba sobre la piel
y lo ingrato de la tarea, era sin duda descubrir con aversión los colgajos
de los hombres, pero no faltaron matronas de buen ver y mozas de un
exquisito contemplar y a más de una, no le importó mostrarle al apuesto
jovenzuelo sus encantos. Allí aprendió nuestro Pinturero, entre
cabos y barriles, aparejos y fardeles, lo que a nadie mortifica el conocer y
fueron tan gratificantes las lecciones y tan reiteradas las ocasiones, que
padeció un principio de anemia; pero eso sí, en cuanto se restableció
regreso a las andadas, que eso no son delicias para esperar y cederle a la
vejez.
Recuerdo a ahora y el Pinturero seguramente mucho mejor, que una vez fue
abordada una barcaza fluvial de treinta codos, que trasladaba a dieciocho
rameras desterradas de Cardilatán, por ladronas y enredadoras, algo bastante
lógico si se tiene en cuenta, que eran obligadas a ejercer su profesión cada
día sin demandar nada a cambio, precepto del burgomaestre de la villa, que
aprovechando el oportuno decreto también las visitaba de continuo.
Pues bien, las citadas fueron apresadas por la tripulación del capitán
Embuste y como él, en aquellos momentos no se encontraba a bordo, la
embarcación pirata fue durante tres largos días un escándalo de gaudeamus.
El joven Pinturero y sus colegas, lo perdieron todo en la aventura, pues las
mujeres les dejaron sin ropas, sin energías, sin armas, sin botín, sin barco
y sin vida, pues tal fue la tercera noche de increíble desenfreno, que
furiosas y hastiadas del maltrato padecido, les emborracharon, les ensogaron
y les arrojaron por la borda; menos a nuestro héroe obviamente, que se salvó
de milagro y, nadie piense que fue amnistiado por su físico, pues sin duda lo
fue, por el trato humano que a todas ellas concedió, algo que sus compinches
olvidaron y que por ello pagaron.
Durante un largo año, nuestro capitán Pinturero ejerció de mandadero, de
alcahuete, de enfermero, de hermano menor, de amparador, de confidente y en
cuanto las chicas se ponían de acuerdo en la tanda, algo bastante complicado
por la fisiología periódica, también intervino como amante, pero eso era un
secreto entre las infractoras más agraciadas y él, muy fácil de guardar.
El Pinturero, sobrenombre que le dieron entonces sus dieciocho benefactoras,
pues su nombre de aguas es el de Arión, logró moneda a moneda entre las unas
y las otras, reunir la cantidad suficiente para comprar la cuarta parte de
una goleta y, con sus tres asociados, el Gallón, el Trementina y el Tabusco,
se hizo a la mar. El Gallón aportó su parte de la plata, gracias
a una arriesgada apuesta ganada en la gallera de la ciudad y como era un
empedernido jugador, muy pronto perdió su parte en beneficio del Trementina.
El Tabusco, un lerdo muchachote de obstinaciones desastrosas y
rectificaciones fatales, se adjudicó la copropiedad de la nave, gracias a una
herencia que prefirió venderle a su escribano y algo después, ofreció su
parte al Pinturero por la mitad de su precio y desembarcó. El
Trementina en cambio, nunca manifestó a nadie la procedencia de su dinero, y
aunque yo la conozco de cabo a rabo por su parlanchina hermanastra, no veo
aquí el interés de mencionarla y además, eso sería otra historia y ya
tenemos bastante con la presente.
Los innumerables sucesos y curiosas peripecias del Pinturero y el
Trementina penetrando en el duro oficio de pirata, son incontables: las
primeras armas, los disfraces para enmascarar su juventud, las amistades
imprescindibles para conseguir mapas de rutas comerciales, el hurto de
aparejos, el flete robado, la caña partida, el incendio, la danzarina y mil
episodios más, antes de aparecer en sus vidas el piloto Pipermin y el
maestre Laraña, que por cierto, también de ellos se podrían cosechar muchas
páginas.
Hoy el Trementina es un panzudo hombre de negocios, que reparte el día entre
la criada, el beber, el comer, el dormir y tras la siesta, de nuevo la
criada y, no es que no tenga esposa, que siete descendientes ha dado al
mundo la suya; lo que seguramente acontece, es que la buena señora no atina
con el servicio y sin doncellas, no puede prevalecer una dama.
De todas maneras, es tan corriente que los maridos se sientan atraídos por
las cofias y los delantales, que algunas señoras dueñas de la casa, sea por
voluptuoso mimetismo, completo aburrimiento, curiosidad o bien necesidad, al
pasar un cierto tiempo se aficionan a las faldas y de esa guisa, al
triángulo amoroso, se une el decoro aparente y el matrimonio estable.
La logrera más destacada del arreglo suele ser siempre la sirvienta, pues a
partir de ahora y con el consentimiento de la dama, se convertirá en ama de
llaves si no la hubiere, en mentora de los niños si capacidad o gracia
tuviere, o en señorita de compañía si bordar o leer supiere; aunque
naturalmente, en caso de ser totalmente ignorante la muchacha, muy pronto y
debidamente será instruida. Pero el marido adúltero que tal
compostura provocó, pronto dejará de frotarse las manos del regocijo, pues
en breve, sus demandas de compañía en el dormitorio se verán desatendidas y
sus peticiones en el lecho rechazadas y, no es solo eso, pues a partir de
ahora, las doncellas que en la casa atiendan, deberán poseer una inclinación
sexual bien diferente a las anteriores. Por descontado amigos,
que no es el fin del mundo y que lo más importante para la satisfacción
corporal fuera de las sábanas, sigue estando en la cocina, pero ojo, la
advertencia como tal no es olvidar, que si por desgracia la esposa es la
dueña absoluta del patrimonio, ya se puede ir pensando en la jardinería o mejor que
eso, en otro matrimonio.
Pero ahora sigamos adelante y mudemos de escenario, pues la batalla del
estrecho es inminente.
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