--- ¡Atenta la nave, se avista la
península del Cuervo!
Muy pronto el comandante Pinturero estuvo en su puesto
y el señor Pipermin a su lado. La tripulación de gobierno nocturno fue
relevada y el contramaestre Laraña, mucho más dormido que despierto,
informó:
--- Sin novedad en el puente comandante, rumbo nornoroeste y con la
península del Cuervo a la vista.
--- Sin duda merced a vuestro celo, gracias Laraña.
--- ¿Puedo retirarme capitán?
--- Hacedlo con mi gratitud y descansad merecidamente.
El capitán reconocía los desvelos de su maestre de derrota, pues no
en vano, el señor Laraña estuvo atento a la singladura durante veinticuatro
horas. Cierto es, que en navíos de mucha marinería y poca oficialidad,
como el galeón Brisa Huracanada, la tanda de gobierno se prolonga muy a
menudo, pero claro, los caballeros oficiales de marina y credenciales no
acostumbran a enrolarse para piratear. Aunque bueno, la carencia de
cédulas de mando, para un gobierno descansado, la suplía el Pinturero con
tripulantes marinos de primera y cartilla de maniobra.
--- Pipermin, necesitamos inventariar los pañoles de intendencia y
santabárbara, pues sin duda, ya no queda res viva en el pañol de chiqueros,
ni carga para un chisponazo.
--- A la orden señor.
El comandante no se engañaba, pues el último carnero
fue sacrificado un día antes de avistar al Bichero y ya no digamos, el
tabuco de los cerdos, que allí ni paja quedaba. Sin dilación, el señor
Pipermin traslada la orden al maestre de víveres y éste a su vez, lo hace
con el despensero mayor, que al instante y en compañía del primer cocinero
de ranchos chicos y el cuartelero de compartimentos, ponen al día el
recordatorio de existencias. Naturalmente, finalizado el cómputo y
antes de exponer los resultados al comandante, el breviario de asiento
pasará a las manos del maestre contador, que dejará constancia escrita de
los pertrechos y vituallas a la fecha en el registro mayor. Y en
cuanto a la santabárbara, la cosa se complica un tanto, pues el maestre
artillero no puede acceder a ella sin anuencia de su colega el alférez
armero y ambos tampoco lo harán, sin que les ceda paso el cuartelero de
armas con la llave que debe facilitar el capitán. El
Pinturero había organizado el barco con la inestimable ayuda de su fiel Pipermin, que fue en su día por distinciones en servicios de gran
mérito, el primer teniente condecorado en un navío de guerra. Hora y
media más tarde, el comandante recibe el recuento.
--- Lo que imaginaba Pipermin, ni pólvora para escaramuza ni carne
para un guisado.
--- Pero plata sí capitán, y para comprar un reino.
--- Cierto, pero el argento no cimbra barriga, a fe mía que ese Bocapuerca nos fastidió bien con su pertinacia.
Más se equivoca nuestro Pinturero hablando del Bocapuerca en pasado, pues en ese mismo instante para su disgusto, el de la
cofa de mesana canta:
--- ¡Vela cuadra a popa! ¡Es el Bichero!
--- Demonios cocidos, ¿y cómo sabe ese que es el Bichero a esa distancia?
--- Porque manosea el catalejo del señor Laraña.
--- Bien por nuestro maestre de derrota. En fin, a desertar de obligación
Pipermin.
--- A la orden señor. ¡Retenes a las perchas, todo al viento!
El Brisa Huracanada inicia su huida y la
tripulación empieza a desencantarse, es incapaz de entender que su capitán
fugue dos veces sin presentar batalla. Reconocen al Bichero como un
adversario de mucho porte, pero su pundonor e ignorancia de la situación no
les permite ver más allá y desean dar la cara. Y es menester sin duda
discutible, pero albedrío del capitán, que la dotación se mantenga al margen
del conocimiento, pues la vulnerabilidad es más peligrosa anticipada que
soportada y de ahí, no le descorchan los demagogos al Pinturero.
En esto, aparece lívido como un sudario el lastimoso
príncipe Solim, que muy trasteado por la borrasca del día anterior, aún
conserva en las tripas algunas mariposas testarudas.
--- ¿Qué ocurre señor Pinturero?
--- Nuestro perseguidor el Bocapuerca que no cede, lo que nos obliga a
seguir navegando sin fondeo de refresco.
--- Adivino por vuestra severidad que tal situación no es muy recomendable. ¿No existe alternativa más favorable?
--- Ninguna, pues si fondeamos podemos salvar la vida pero no la nave y sí
tal no hacemos, en una semana el estómago de todos tendrá el tamaño de un
lunar postizo.
Las palabras del capitán
Pinturero eran en exceso pesimistas, pues el Bocapuerca, no destacó nunca en
sus lances marineros por singladuras de acoso, más bien, de topetada sin
raciocinio. Que por cierto, el hostigamiento es la estrategia que más frutos
ha dado a los bucaneros de todos los mundos, pues los navíos de real
contrata o de registro, rebajados de tres puentes a dos, para ganar espacio
al transporte masivo de especias o tesoros, casi de continuo subestimaban
los pañoles fundamentales del pertrecho y de tal guisa, eran presa rendida a
priori por simple inanición. El Brisa Huracanada en infinidad de ocasiones
así lo hacía, les cortaba la proa insistentemente para retrasarles la
singladura al doble y medio de su previsión y con ello, vaciaba al completo
sus despensas. Muy pocas veces, el bajel acosado optaba por
embarrancar y abandonar la nave o bien, presentar batalla, pero el
resultado era el mismo para la carga, pues todo navío proyectado
esencialmente para ser lastrado y estibado en andana, con esa única
intención, desplaza demasiado para un buen andar y las baterías de defensa
se reducen al puente alto y puente medio y como mucho, disponen de cuarenta
cañones a la banda sin excesiva munición. Otra cosa
diferente y lo mencionamos para
nivelar el riesgo de un pirata y calibrar su buen oficio, son los navíos
cazadores, o quizá mejor dicho de insignia real, que concebidos y
pertrechados exclusivamente para la batalla, por destacados ingenieros y
almirantes reales sin límite de peculio, son ratonera segura de todo
bucanero que piratee en solitario, pues enmascarando casco y arboladura a
confundirse con un carguero, consiguen invariablemente su propósito de
aniquilar. A destacar su mejor artimaña, es el disimulo con
pintura de los portones cañoneros que asoman al mareo sus chimeneas en el
puente bajo, castillo y castillete de popa y, amuras de proa sota el
bauprés. Además de eso y ya no hablamos de añagazas, sino de
poderosas amenazas, tales navíos superan en cañones y tripulación a cualquier
otro, sus dos pañoles de santabárbara son silos de acoquinar al más
incrédulo y corajudo, y la pericia de su oficialidad unida a la disciplina
de sus infantes, jeringan la envidia de todo comandante con ansias de medrar. Y tras lo expuesto al hilo de la narración, visitemos el puente de mando del
Bichero. El Bocapuerca comenta:
--- ¡Sanguijuela! ¿Porqué condenado hechizo ese alcachofo no da la cara, lo
sabes tú?
--- Será, por que al vernos salir airosos de la última revolada, ahora se le
han encastrado los gallardos en el garguero y, como ese mirliflor casi no
tiene nuez, en cuanto se rasure los cuatro pelos de la papada, se queda sin cañuto.
El chascarrillo provocó la risotada convulsa del capitán y de
boca en boca atravesó la eslora del galeón como una centella a la par, que
bajaba por las escalas interiores hacia los puentes y trepaba por los
obenques hasta las cofas. Tanto así, que media hora más tarde de farfullada
la celebrada frase, los castigados ese mes por hurto menor y engrillados en
la sentina, lisiaban la garganta a reír con la chocarrería, que a ellos, los
zagueros, les llegó de esta guisa:
< El Pinturero está como un mirlo encastrado en
la flor de un cañuto y sí se afeita los gallardos, la papada se le queda sin
la nuez en una revolada. >
Es muy natural que festejar una locución tan disparatada no
aporta mucho en favor del colectivo bucanero, pero, la risa como la viruela
se contagia y eso, por ahora, salva el prejuicio.
El Bocapuerca y su perrillería,
son presa lógica de la euforia, pues nunca antes ningún barco filibustero
del océano Caliente, y por considerarle un enemigo temible, tuvo la osadía
de acosar al comandante Pinturero con semejante insolencia. Pero
claro, al comprobar que rehuye el combate con tanto descaro, rebaño y
pastor, han dejado de temer al lobo. La situación sin duda requiere
una impavidez muy acorde con el talante intrépido de nuestro comandante,
pues en algo más de una hora, el Brisa Huracanada se encontrará atravesando
el angosto canal de la Andanada y es más que probable, que bastantes
baterías sigan vivas en la ciudadela y por descontado, las piedras a punto
en el encrestado fortín. La inventiva de nuevo es la única baza a
jugar en tal circunstancia y por eso, la imaginación del capitán afina y
desanuda con rapidez.
--- Pipermin, en la cámara de derrota quiero hablar al punto a los maestres
de destino y labores.
--- A la orden capitán. ¿Al maestre costurero también?
--- A tal el primero. Pero libra de la obligación al cocinero, al maese
despensero, al contador y al forjador.
El señor Pipermin sale presuroso a complacer a su capitán y se
frota las manos, sabe que una genial idea como siempre ha tomado cuerpo en
la mente de su comandante. Y acierta, pues el invencible demostrará de nuevo
su portentosa inteligencia.
En el reducido plazo dado por el capitán, se personan tras el señor Pipermin
con el rostro colmo de perceptible desconcierto, los requeridos superiores
en sastrería, carpintería, armería y calafate y, son acompañados, de los dos
únicos adelantados en pintura y tapicería. Una vez todos
alrededor de la espaciosa mesa de trazados, rumbo consulta y pliegos, el Pinturero con
voz grave manifiesta:
--- Caballeros tripulantes, en el día de hoy el Brisa Huracanada corre un
gran peligro y con vuestra ayuda espero conjurarlo.
A un enunciado tan inquietante y misterioso, solo es posible
responder con un mutismo expectante y todos los congregados
así lo hacen. Uno tras otro, empezando por el maestre costurero, reciben la
orden de su capitán:
--- Necesito de vos la confección de una bandera que pueda ser confundida
con la del Bichero, un pabellón de popa y también un gallardete de proa, por
supuesto, de igual parecido.
El interpelado asiente sin despegar los labios y el
siguiente en escuchar su comanda es el maestre armero.
--- Conozco vuestra parquedad en medios, no obstante, puede que necesitemos
toda la existencia en esta ocasión. Preparad el costado de babor como único
de respuesta de fuego y ayudad al maestre pintor en sus exigencias. En
caso de discrepancia del artillero mayor, hacedle saber que se persone en el
puente.
El
aludido maestre pintor, joven marinero y enrolado un año atrás por parco
aprovechamiento en el oficio, tiembla al pensar que un lobo de mar tan
fogueado en mil batallas como el alférez armero, tenga que acomodarse a sus
peticiones y en cuanto el Pinturero le mira, dice temeroso:
--- Señor capitán, soy solamente un adelantado, nunca alcancé la maestría,
os ruego que dispongáis de mí en otro menester.
El comandante le mira fijamente y tras pensarlo contesta:
--- Esta vez no imagino una tarea más importante, pero cesad en vuestras
cuitas, pues el señor calafate os ayudará. Deberéis tintar la baranda de
borda de color muy semejante al Bichero, luego el mascarón y a continuación,
pues sabéis que nuestro barco marea más chimeneas que nuestro enemigo,
disimularéis los portones sobreros de ambas bandas. Es un quehacer muy
esforzado, pero disponed de toda la gente necesaria, empezadlo pues.
El joven tripulante acompañado del calafate y del maestre
armero, abandonan presurosos la estancia y llega entonces el turno del
carpintero mayor.
--- Vos y vuestros hacheros más diestros, desposeednos con el menor daño
posible del mascarón, me agradaría conservarlo.
--- Lo conservaréis capitán, os doy mi palabra.
La
contundencia del maestre carpintero y su afamada pericia, hacen sonreír por
vez primera al Pinturero. Es la verdad, que en ninguna otra parte se podría
encontrar a un navegante tan encaprichado de su orla, pues perteneció a un
galeón de reales ordenanzas en singladura de correo y que fue, el primer
navío capturado por él. El formidable friso, una talla de
madera de encina bruna, personifica con magnificencia a la diosa del mar
sujetándose la corona con las manos, torso desnudo y cabellos largos hasta
la cintura y más que bella, espléndida. Luego de la declaración
del maestre carpintero, el capitán por último se dirige al adelantado en
tapicería.
--- Bien, ya conocéis el mascarón del Bichero, haced algo que se le parezca
con el material que os plazca y pasemos el resto del día con orla postiza.
Acabada la breve reunión, el Pinturero y su piloto
Pipermin retornan al puente de popa y el resto, con la compulsión de un
jinete convocado a botasilla, a sus urgentes quehaceres. Junto a la
barra y más preocupados que apáticos, el príncipe Solim y el capitán
Bolabarda se acercan para indagar:
--- ¿Alguna novedad comandante?
-- Ninguna que merezca añadir, nuestra circunstancia es seria. Naturalmente,
pondré en manos de la suerte una añagaza, que por ser tan inesperada quizá
resulte.
El capitán Bolabarda interviene y con trémula voz pero gran rigor
al mismo tiempo manifiesta:
--- Señor Pinturero, os cedo mi balandra para usarla a modo de brulote,
presentemos batalla a ese desquiciado.
El ofrecimiento franco del señor Bolabarda excede con creces cualquier otro
que ningún patrón hiciere. El capitán Pinturero mira al señor Pipermin y
ambos, con la emoción subida repentinamente a sus gargantas por el precio
moral del abnegado gesto, se avecinan al capitán Bolabarda y como fraternos
marinos se abrazan a él; muy poco faltó, para que aflorasen las lágrimas.
Y con mucha razón, pues increíble apego demuestra un comandante a otro, para
llegar al extremo sacrificio de ofrecer su estimado barco en inmolación.
Nuestro Pinturero ahora sentencia:
--- Pipermin, si pasamos el estrecho con ventura y nuestra vida se alarga y
el señor Bolabarda lo acepta, ya disponemos de un contramaestre de maniobra.
¿Lo pensaréis señor Bolabarda?
--- ¡Ni siquiera pensarlo comandante, lo acepto!
Y mientras quinientos marinos se afanan en dar apariencia al Brisa
Huracanada a confundirse con su enemigo, el Pinturero ordena los cambios
necesarios del aparejo.
--- Pipermin, cerrad el paño del foque, contrafoque y petifoque y también,
arrumbad un tanto el estay de mayor y el de gavia.
--- A la orden capitán.
--- Contramaestre Bolabarda, a vos me dirijo.
A partir de ahora, el capitán
Bolabarda dejaba de ser patrón de balandra para convertirse en contramaestre
pirata y a juzgar por la complacencia en su semblante, la permuta le
satisfacía. Irguió su figura, se ajustó el cinturón virilmente y
contestó con orgullo:
--- ¡A vuestras ordenes comandante!
--- Acudid al sollado y solicitad al cuartelero de vestimenta una bandolera
de sable y un chambergo de picos. Después, el alférez armero os facilitará
dos pistoletes a vuestro gusto y un chafarote de tajo largo. Abreviad
Bolabarda, sois menester.
El recién nombrado contramaestre de maniobra, da media
vuelta y sin pensárselo se descuelga al primer sotapuente por la lumbrera
corredera más próxima y de paso, saluda gozoso a todo tripulante que quiebra
con él. Es el día más venturoso de su vida, sin computar por supuesto el de
su divorcio.
Mientras tanto, en la toldilla del Bichero el Bocapuerca sigue
intrigado por la conducta pasmosa del Pinturero. Una cosa son las chanzas y
el chascarrillo zumbón cuadre o no cuadre y otra muy distinta, por
inverosímil, aceptar sin reservas la pavura de un comandante pirata, siempre
sobresaliente en osadía. El Bocapuerca dice pensativo:
--- Por la diarrea de un entripado que no lo entiendo, cuando
ese acicalado alcance el estrecho de la Andanada menguará su poderío y eso
será, si no es abismado. Su única posibilidad es el
combate ahora.
--- Ya pasó por el canal una vez y piensa que lo hará de nuevo.
--- Es cierto, pero sí así fuera, el Bichero perseguirá su estela sin tregua
ni respiro y con superior ventaja para nosotros, y él lo sabe. Además,
cruzar el canalizo con la horda prevenida y a esta hora es casi imposible.
Y en verdad que las palabras del Bocapuerca acertaban, pues tanto en la
ciudadela como en el fortín, el avío de ambos bajeles era avistado por los
vigías de torrero. La distancia no permitía identificarlos aún, pero a
zafarrancho ya sonaban los tambores. Cuarenta cañones en la ciudadela, resto
indemne dejado por la contienda con el Pinturero enfilaban sus boqueras a
buen tiro y los servidores a cuantioso transpirar, hacían resuelto acopio de
munición. Cuarenta no son muchos, pero la puntería desde tierra triplica
sobrada en precisión a la conseguida a partir de la oscilación de un navío. Y eso no es lo peor, pues arriba en el fortín, los palanquines de acémilas
bien disciplinadas, arriman presurosas a las catapultas de maroma y carrete
los pedruscos proyectiles. Ciertamente, que de equivocarse nuestro capitán
en su artería, el destino del Brisa Huracanada era sucumbir.