|
|
Dejemos por el momento
que Solim Olerei-muzá especule con el ofrecimiento del Pinturero y
regresemos junto al Bocapuerca en el Bichero, pues acorde a sus absurdos
deseos, la flotilla le ha dado alcance y lo tiene cercado. Naturalmente,
acorralar a un galeón no es lo mismo que poner cerco a un jabeque
atunero y cualquier filibustero, por muy bodoque que sea, con cicatrices o
sin ellas en la badana lo sabe. El viento amainó por fin y una suave
brisa acaricia el paño, pero por tal causa quizá se tarden horas en decidir
la maniobra de combate y mejor será, pues el trapo cenceño es inadecuado
para forzar el zafarrancho. Claro está que resolverán lo que les apetezca,
porque con mentes tan obtusas cabe esperar cualquier decisión improcedente.
El capitán Bocapuerca en el castillo de
popa, junto a la rueda, grita para que todos le oigan:
--- ¿A qué aguardan esos mandilones?, atufan a calzas sucias.
--- Así parece capitán, nadie se atreve con vos.
Al Sanguijuela le interesa con mucha urgencia pacificarse con el Bocapuerca
y aunque de poco sirva el pastelear entre los piratas, porque la adulación y
el lameteo no rescata de morir a un lavaculos, por intentarlo piensa él se
pierde nada. Así que mientras tanto, en la fragata Salamandra del Pinzote,
el dilema atenaza su arbitraje:
--- Sin soplo no podemos arrimar, si no arrimamos no podemos abordar y
si no abordamos, ese fachendoso crecerá.
Puede parecer una tontería
preocuparse por la fanfarronería del Bocapuerca, pero con certeza no lo es,
porque la moral en el combate es objeto primordial y en la mayoría de
pendencias, el más engallado suele aventajar. De todos modos y con un
barco menos, los tres comandantes deberían acotar sus vacilaciones, pues
superan en cañones y mesnada a su enemigo. Sin duda, el mayor
inconveniente para principiar la trifulca tenga mucho que ver con la gran
impericia del Tiritaña, que al gobierno del galeón Sobreviento, más parece
un grumetillo anudacabos que un experto capitán.
--- ¡Atento el castillo, chalupa al agua en el Sobreviento!
La voz pertenece ahora al vigía de la
Salamandra, pero en la toldilla de las cuatro naves se escucha algo similar,
no en vano, todos están al acecho de cualquier maniobra del resto y claro,
con mucho más interés el Bichero, que por necesidad obligada, dispone de
nueve hombres en las cofas. Al parecer, el Tiritaña desea
tomar consejo del Pinzote pues en esa dirección arrima la chalupa y
naturalmente, la cuestión a dirimir no es posible con señaleros de
banderola, pues el Bocapuerca también conoce los códigos. Un
rato después, la chalupa llega a su destino y se larga la escala y ya en
cubierta, el Tiritaña y el Pinzote se saludan:
--- ¿Qué tripa se os menea Tiritaña?
--- No sé capear con un galeón, no atino a orientar el rumbo, si la
rueda me pide de babor, al rectificar la guiñada se descabala el derrotero y
me obliga a pasarla toda por estribor y si vuelvo a rectificar, otra vez
flamea.
--- Pues al centro aseguráis bien trabada la rueda con calabrote de
tres cabos y fin de la cuestión.
--- Eso ya lo hice, pero al instante me colea de popa y deriva de
costado. Es completamente desobediente a la barra.
--- Entonces apiñad paño en la seca de mesana, sobremesana y sobreperico,
así soplará más en la mayor para estabilizar.
--- Lo he pensado, pero creo que de esa guisa puede cabecear de proa y
tendré que lastrar el puente bajo de popa; además, si voy cazando parte del
aparejo me retrasaré.
--- Pues para no cabecear ni entorpeceros como decís, cerrad paño en el
sobrejuanete de proa, sobrejuanete mayor y si fuera necesario, también el
fofoque y contrafoque.
__________________________________
__________________________________
A saber en que semillero de navegantes les han dado a
éstos tarados la credencial, porque es de pena escucharles. ¿Desde cuándo un
galeón se gobierna únicamente con la pala? Parece mentira que semejantes
ceporros a más no poder embobecidos, puedan ni siquiera manejar un sextante.
Por descontado, que es muy posible comprender y la paciencia nos ayuda a
ello, que para un capitán de goleta, siempre acostumbrado a capear con palos
enterizos y tres perchas por pilote, más la profusión de estayes, burdas,
obenques y obenquillos a las bandas que bien afirman y, casi sin
contraestayes a la popa que mucho retienen y además, con la superior
encastadura de una fuerte basada en cubierta; es bastante lógico que
pretenda el Tiritaña gobernar de espadillón. Pero lo que ya no es de pasar y
nos indigna por insoportable, es que un comandante de fragata sea pirata o
no, que navega con un velero de palos machos que basan al igual que un
galeón bien encajados en la sobrequilla y que prolongan hacia lo alto con
unos masteleros hasta la tercera jarcia y un mastelerillo hasta la espiga,
sin olvidar, que su arboladura es de cinco palomas de verga y con una
cangreja breve de medio recorrido en el de mesana; sea capaz por ineptitud o
desidia, de aconsejar a un colega como lo hace. Y no es que sea solamente
lamentable, es que se le carda el pelo a cualquier marino de lo
inaguantable. Así que de momento, ahí se quedan charlando esos
zopencos y regresemos con el Pinturero
_________________________________
_________________________________
El marqués zarpó con rumbo a Palatina y al Pinturero se le
amontonan los problemas en el gobierno, pero nada que temer, pues las
dificultades de nuestro capitán son de índole técnica y no mental.
Los reos forzados se organizan en cuatro grupos: el primero con el teniente
de alcázar al frente, se hace cargo de la construcción de los murallones
para emplazar los cañones de la defensa y la mayoría de los pedruscos que
necesitan para ello, salen de los campos a limpiar que dirige con su partida
el señor Laraña. Más pronto que tarde, la tierra yerma se trocará en
productivo huerto. Por su parte, el burgomaestre emplea a la pandilla
que le han asignado en la restauración del poblado y el avezado capitán de
prisiones, con sus tres pelotones, caza y pesca de continuo para
proporcionar alimento y en esa tarea, la balandra del señor Bolabarda viene
que ni pintada.
A todo esto, la reina Yaurína ya confesa
desleal con el vino y para siempre, despilfarra su tiempo en la intentona de
que las cuarenta prostitutas de la Cañavera, pues otras hembras ya no
habitaban en ella, se interesen en cambiar de costumbres y se eduquen en el
arte de conquistar a los hombres como esposas. Una tarea que se
adivina muy difícil y no es de asombrar, pues hasta la fecha el servicio era
obligatorio y el beneficio ninguno, muy al contrario que ahora, porque los
disciplinados soldados de la ley primero solicitan y luego pagan, una
auténtica maravilla. No todas naturalmente están contentas con
su obscena profesión, aunque sí la mayoría, pues no debemos olvidar, que esposa de
militar es viuda segura, que hembra de campesino es carro de carga, que
mujer de pescador es indigente aleatoria y que matrona de artesano es casi
siempre
lavandera de particulares, porque al pobre marido en muchas ocasiones le
deben los encargos. Y ya solamente quedan las señoras de los terratenientes,
los hacendados mercaderes, bachilleres, graduados y de nobles, que son destinos
siempre disputados y reservados exclusivamente a las vírgenes hermosas,
requisito a cumplir en el colectivo de rameras, insuperable.
Lo más apremiante ahora para el novato
gobernador, aparte de la simiente indispensable de hortalizas, es obtener lo
antes posible aperos de labranza y cabestros de tiro, porque las reses
cimarronas no entienden de vara ni de yugo y como es natural, en breve
plazo será necesario maíz y trigo para alimentar como es menester a la
colonia. Pero ahí no termina su tarea, pues lo siguiente y no menos
importante, es la modificación de alguna sucia corraleta para convertirla en
aséptico lazareto y de paso, hallar y remunerar a un galeno a ser posible
yerbatero y medio cirujano que lo gestione. Y suma y sigue sin paréntesis,
pues el arrabal exige tanto como el comer: letrinas municipales, una
escuela, un lavadero público, un granero comunal, abrevaderos y
caballerizas, pocilgas y rediles, un atracadero, un tinglado de astillero y
ya por último colonos. Al Pinturero se le olvida y es muy lógico en
un marino descuidar esos detalles: el molino, la tahona, el secadero y
ahumador de carnes y la imprescindible iglesia, pero los inmigrantes a buen
seguro se lo recordarán.
En la casa de gobierno, en su origen una alfarería sin futuro
y después del asalto del Cangrejo Pingo una taberna boyante,
nuestro comandante Pinturero escucha el informe de sus subordinados:
--- Tres han intentado escapar, uno de ellos muerto y los otros dos heridos
leves de mosquete.
--- ¿Pero cómo es posible, no van engarzados de a cuatro?
--- Se separó el virote para atender a uno de ellos descalabrado que por lo
que parece, es casi seguro, se lo hizo a propósito.
--- Era algo de esperar Bolabarda. ¿Y qué opina al respecto el capitán de
prisiones?
--- Según su criterio, se debería convocar una asamblea general de reclusos y
en su presencia condecorar al soldado justiciero, eso aumenta la puntería en
unos y también, el escagarruzarse en otros.
--- A fe mía que no es mala idea. ¿Pero qué pensáis vos?
--- Los implicados ahorcados, esos ya no podrán fugar.
--- Es cierto Bolabarda, pero tampoco trabajar, el capitán tiene razón y
mayor experiencia, haced lo que pide.
Un patrón de balandra y ahora contramaestre de maniobra, no
puede rivalizar en oficio carcelero con un oficial de prisiones al ascenso
por escalafón y ya mucho menos, con un capitán de celadores, encaramado al
puesto por su valía y sin clase alguna de padrinazgo. Al mencionado militar,
mano derecha del señor marqués de Bustante y barón de la Satria, le fue
concedida en su último empleo y por temeridad inigualable, la distinción al
supremo valor por escrito real y un galón plateado con trencilla púrpura en
charretera. Pero nadie especule que no lo mereció, pues el mostachudo
capitán, al frente de cuarenta soldados sin armas de fuego, ya que en
interiores carcelarios están vedados obviamente pistoletes y mosquetes,
sofocó en cuatro horas una cruenta rebelión en islote de penados, con
trescientos asesinos amotinados en su contra. Claro está, que es mejor no
narrarlo, pues ese espeluznante día, piernas, brazos, cabezas, órganos y
vísceras, el suelo colmaron tajados a machetazo infalible.
El señor Bolabarda cede la tanda al señor Laraña
y prosiguen las novedades de la jornada:
--- No me satisface vuestro semblante Laraña, ¿qué ocurre?
--- El matorral de tantos años ha empobrecido la tierra, no hay ni un puñado
de ella con nutrientes suficientes para dar vida a una patata. Además, no
hay mantillo y es el resto es sábulo.
--- No sé de qué demonios habláis, ¿pero tiene solución?
--- Necesitaré una gran cantidad de estiércol y por descontado muchas
carretas de tierra fértil.
--- La boñiga no es problema, en la Perdularia sobra. Pero no comprendo la
necesidad de tierra, para eso mejor será parcelar en otro lugar.
--- Los huertos deben estar cerca del poblado, las cosechas no vigiladas son
cosechas extraviadas. Con el grano será diferente.
--- Está bien, sea como decís, tendréis ambas cosas. Veremos lo que saben de
carretas los carpinteros del barco.
El turno del burgomaestre ha llegado, el hombre dispone
de voluntad pero carece inteligencia y como se adivina, el cargo de comodoro
civil no le fue concedido precisamente por sus luces.
--- Con vuestro permiso excelencia, os ruego que disculpéis mi atrevimiento,
pero el asunto que me trae a vos es muy enojoso.
Al Pinturero
ni chispa de gracia que le traten de excelencia, porque en el momento que lo
hacen ya está mirando alrededor para comprobar si alguien se mofa, pero
naturalmente, no tiene otro remedio que acostumbrarse y cuanto antes mejor,
por si el casorio con la reina llega, de alteza entonces le darán trato.
-- Si debo disculpar vuestro atrevimiento burgomaestre, es que sois en
exceso atrevido y lo siguiente fastidioso es, que muy pronto lo enojoso
dejará de serlo para vos, pasando a serlo para mí.
--- Y yo lo lamentaré infinito excelencia, pero ya os dije que me
disculpéis. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
--- De acuerdo señor regidor y en atención a ello, disculpadme a mí que de
antemano no os disculpe vos, así que decid lo que sea y apechugad con lo que
conlleve.
Es un
prodigio lo que pueden conseguir una mujer y cuatro libros bien
seleccionados en un filibustero, pues los avances del comandante en
elocuencia y retórica son espectaculares. Pero claro, un político como su
interlocutor, sabe perfectamente cuando la situación no le es favorable y
por eso dice:
--- Quizá no sea el mejor momento excelencia, por lo tanto con vuestro
permiso y si no os parece mal, lo expondré mañana.
El gobernador asintió y el burgomaestre se fue. No es
que el capitán Pinturero se desentienda de las angustias que agobian al
servicial comodoro, lo que ocurre es, que las puerilidades en ningún caso
deben hurtar tiempo a las acuciantes necesidades y el hombre, que disfrutaba
de poder absoluto antes del asalto del Cangrejo Pingo y tras eso, le tocó en
mala hora someterse a las ordenes de un pirata dictador, en este preciso
momento y por una paradoja del caprichoso destino, se encuentra con la
ironía que su cordial libertador también bucanero, le supera en rango
gubernamental y más, para colmo, con una prometida de ascendencia real
metomentodo, que le fastidia constantemente. Nuestro protagonista sabe
perfectamente en que consiste el enojoso asunto que trae al regidor de
cabeza y no es otro, que las tertulias formativas organizadas por la
princesa, con té incluido en el ayuntamiento. Quizá tenga mucha razón el
ofendido y no sea un lugar muy apropiado para redimir prostitutas, pero de
momento y lamentablemente, no hay otro mejor.
|