La escaramuza

          

 

                              El Sanguijuela, sorprendido en las tablas del puente jugando a los dados con toda la panda de ojeo en cubierta, se levanta al instante nervioso y escupiendo el postrer salivazo del día, pues ya en adelante tendría las tragaderas como un erial, encara el catalejo con ansia y al punto alterado grita a desgañitarse:

---   ¡Zafarrancho, despertad al capitán, zafarrancho!

                   Cuando el Bocapuerca llega al puente inquieto y precipitado, apestando a ron y abrochándose la casaca con una mano y con la otra arrastrando la bandolera del sable, la distancia entre la flotilla y el Bichero es escasamente de una milla y media.     En el páramo marino es inverosímil tal cercanía sin ser avistada la otra vela a partir de la cubierta de un galeón y mucho menos, desde la cofa del pilote mayor.   Así pues, el oteador que con su incuria otorgó a la flotilla la peligrosa aproximación, fue muerto a perdigonazos de mosquetería en un santiamén.    El Sanguijuela debería correr la misma suerte y por supuesto que la correría, pero de momento, el Bocapuerca le necesitaba.

---   ¡Nave a paño entero, la caña a estribor, a barloventear!

            La maniobra ordenada sin duda retrasaría el encuentro a distancia de tiro con los perseguidores, pero en absoluto podría evitarlo.    El bergantín Tirabuzón va a la cabeza de la formación, la Salamandra del Pinzote algo más retrasada a su derecha, la Pezonera en línea paralela a su izquierda y por último, el galeón Sobreviento, que pésimamente gobernado por el capitán Tiritaña de continuo a rectificar, viene ahora enseñando la amura de babor y otrora la de estribor, pero sin duda va llegando.   El Bocapuerca sabe perfectamente a que fin y con tal prisa se avecinan sus colegas, lo único que no entiende y daría la única oreja que le queda por saberlo, es qué pinta en esa camarilla el Sobreviento, pero como a mal pensar no le gana ni un escomendrijo de la rahez más indeseable, supone que el Cangrejo Pingo le ha traicionado.

              El Tirabuzón del Mostacilla traga millas como perro famélico mendrugos y en dos horas de persecución, las olas removidas por la pala del Bichero entran en contacto con su tajamar.       El Bocapuerca ya lo había previsto y para ello, había emplazado dos chimeneas en el codaste de popa, con el propósito de cercenar algún palo cuando el bergantín se encuentre a tiro, pero debido al trapo lleno y al columpio de cabezada por efecto de la marejadilla, no logra su pretensión y así, un artillero tras otro, pugnan por conseguirlo a turno de fuego para ganarse las quince monedas de recompensa.   Pero aunque el premio no es crucial en la puntería, el capitán ahora brama:

---   ¡Sanguijuela, que sean cincuenta monedas!

       El Bocapuerca empieza a preocuparse seriamente y desde luego que tiene un excelente pretexto, pues el bergantín tras él a la zaga y bien puesto en cabecera de la racha, ya comienza a cazarle el viento de las rastreras y con ello, a demorarle.   Y al parecer, esa debe ser la jugarreta de la flotilla, que sacrificando a sabiendas el bajel del Mostacilla, le sobran posibilidades para mandarlo a pique.   El Bichero ya no tiene otro remedio que sacudirse a cañonazos a su enemigo de la popa, de otro modo, en caso de cantear para presentar las baterías del costado, se puede encontrar con la proa del bergantín dentro de su carena, pues la marcha y el viento permitirían a su perseguidor, tomar el derrotero de ariete.   Esa es la comprometida situación, y si no consigue rendirle algún palo, el Bichero no tendrá más remedio que recoger paulatinamente el paño hasta capear a palo ciego, de tal guisa, que el Tirabuzón vaya perdiendo empuje y en caso de una topetada, el daño no sea irreparable.   Natural que esa maniobra es precisamente lo que está aguardado el resto de la flotilla para alcanzarle.

---   ¡Sanguijuela, dos brulotes al agua!

             El Bocapuerca desvaría, pero por intentarlo que no quede.  El lugarteniente cumple la orden de inmediato y dos chalupas bien cargadas de trapos aceitados y maderos y sujetas de proa con un cabo largo, al agua se descuelgan una por el costado de babor y otra por estribor.    Una vez la corriente las separa de la carena, desde los portones del tercer puente las antorchas son lanzadas y prenden en ellas; a partir de ahora, los braceros van soltando cabo y los brulotes avivando fuego van acercándose al bergantín.   Pero como ya decíamos, inútil maniobra, pues con el cariz de marejada y soplo fuerte en las crestas del oleaje, las salpicaduras poco a poco se encargan de apagarlos. 

     Mientras tanto, el Mostacilla con su bergantín perseguidor y la palazón intacta de momento, pero con seis boquetes en el trapo, comprende la perentoria necesidad de dar cese a las perforaciones y por ello, decide cañonear al Bichero antes de perderle las espumas.     Así pues, cuatro piezas se fijan a ambos lados del bauprés en la punta de proa y con superior ventaja en la puntería, pues la manga de un galeón triplica la de un bergantín, empieza el fuego de respuesta.

---    ¡Fuego a la fachada por el centro!

                   El Bichero recibe dos de los cuatro disparos, que atraviesan por la fachada a la altura del segundo puente, pero lo más que hacen, es traspasar el casco por debajo de los ventanillos de la camareta del archivero y astillar los manparos secundarios del espaldón, y ya de paso, y eso es un mayúsculo error estratégico del Mostacilla, alertar al Bocapuerca en las intenciones de sus enemigos.    Los voceros de entre puentes cantan los daños y el Sanguijuela da la novedad al comandante:

---  Dos entrantes por encima del flote capitán.  Cañonean a los pañoles de maestría.

---  Esos mugrientos no quieren hundirnos, quieren capturar el navío.

         Efectivamente, la idea de los cuatro capitanes es hacerse a ser posible con el galeón, pues con fuerza semejante, nadie en el océano Caliente incluido el Pinturero, comprometería su nave para enfrentarse a ellos.   Pero naturalmente, el Bocapuerca ya no teme ser embestido por la proa del Bergantín y por tal causa ordena:

---   ¡A estribor, rueda al canto!

      El Bichero empieza a cantear buscando ángulo de andanada y el Mostacilla sin más opción, rumbea a la contra media de su adversario.  La ventaja en la maniobra sería sin duda para el bergantín, pues mientras el galeón recibe el viento y oleaje de costado, su contrario con el trapo colmado de barlovento puede adelantarle sin peligro y, de conseguirlo, el Bichero se toparía con tres enemigos a la cara y un tapón al escape.  Claro está, que la tunantería de un pirata como el Bocapuerca no debería despreciarse, pues al pasar tres minutos rectifica la derrota:

---   ¡Caña a babor, a cerrar hueco!

      El Bichero cambia su forzada dirección y el sesgo favorece la tendencia natural del rumbo, de tal forma, que los aparejos del navío reciben de nuevo con pujanza el fácil derrotero y la pala en rebeldía del viraje anterior, se torna ahora dócil y obediente.    El Mostacilla intenta fugar de la encerrona cerrando paño para aliviar al bergantín y retrasarlo, pero cazar el trapo mayor con ventolera y desfogarlo, es empresa demasiado complicada.    Tan solo y encarar, el galeón hace fuego despiadado con todo lo que tiene en el costado.   Las tripas del Bichero se zarandean con la fulminante descarga y el humo denso y gris esconde por unos instantes el navío.    El Tirabuzón recibe la rociada a tan corta distancia, que los balines atraviesan y se llevan consigo lo que tientan.    El bergantín pierde el aparejo como la guadaña hace perder al trigo su raíz y a partir de las palomas de verga rasas, nada se salva.   La cangreja cuelga con peligro sobre cubierta a media altura y el madero mayor, así como el trinquete, penden en equilibrio insólito sobre la borda.  Perchas y botalones, trapo y maderos, cabrios, cabos y faluchos, se apelotonan en cubierta a completa barahúnda.    El Mostacilla ya no puede gobernar, la rueda de tutelar está quebrada en dos, la espadilla duerme en la bodega pues nadie pensó en su necesidad y a consecuencia de ello, aunque sin arboladura de poco fuere menester, la nave deriva de flanco empujada por el viento y con ventaja para los cañones del Bichero.  El Bocapuerca ordena fuego a discreción y los artilleros jalean a su capitán; la gente de maniobra en el palomar arremanga un tanto, pues el fuego graneado requiere trapo a media para ceñir la puntería y evitar el bamboleo y, la ociosa turba en cubierta, se asoma a la borda para contemplar el azote y hundimiento de su enemigo.    Uno tras otro, recibe el bergantín los aguijonazos, las cuarenta chimeneas de babor escupen sin más provecho que la diversión de sus servidores y las apuestas de tiro caprichoso, para prolongar el jolgorio, es el único motivo del innecesario cañoneo, pues el bajel del Mostacilla, desde la primera andanada ya no supone ningún riesgo.

     Un comandante como el Pinturero, jamás pondría la nave en peligro de ser alcanzada por el resto de la flotilla, con la única y mentecata intención del ensañamiento, y menos por supuesto, ordenar fuego de siembra con tres adversarios tan impulsivos a la popa, pues es palmario, que no existe santabárbara en un navío con perspectivas de pelea larga, que soporte un sangrado de pólvora semejante.

         La corbeta del capitán Legaña se encuentra a cinco largos de eslora de la trifulca y con uno menos comenzará a disparar, pero naturalmente, es un enemigo de cosquillas para un galeón como el Bichero.   La fragata Salamandra del Pinzote se avecina algo más retrasada y el Tiritaña, con el Sobreviento entorpecido por el mal gobierno, viene a media milla tras de su espuma.    La equivocada disposición del enemigo y la fácil derrota del primer adversario, dan confianza de éxito al Bocapuerca y ordena:

---   ¡Sanguijuela, capeando a palo seco!

         El Bichero recoge el trapo entero y el viento entre las vergas no encuentra el que colmar y, vez de eso silva.   Una excelente maniobra para disparar, pues la racha es siempre imprevisible, nada que ver con la ondulación constante del oleaje.    El Legaña comprende al instante el desafío y rumbea para abrigarse tras el bergantín, pero de muy poco le aprovechará la pantalla, pues el Tirabuzón del Mostacilla ya pica de popa y descubre la quilla de proa en su postrera pirueta.    La gente del Tirabuzón en el agua intenta alejarse del bajel en dirección a la fragata, pero la mosquetería del Bichero hace estragos; el capitán Mostacilla ya apura el último trago del líquido elemento que nunca le gustó, y herido de muerte por una astilla que le atraviesa de parte a parte el pecho a la altura del esternón, se hunde maldiciendo a su enemigo.   El Legaña no puede aproximarse para auxiliar a los supervivientes, pues de realizarlo, correría la misma suerte que su colega, aunque de todas formas, de poder hacerlo quizá tampoco lo hiciere, porque menos al reparto tocan a más.