Yaurína y el capitán a la greña

                             

 

                              Llegado el instante del ágape vespertino, el apuesto vizconde se sienta a la izquierda de la reina, el Pinturero a su derecha y delante de la hermosa soberana quedó un lugar vacío, porque Solim en razón de su rango fue invitado, pero erróneo el menú para su doctrina y agrado culinario excusó el ofrecimiento.   El noble ya conocía en aquellos momentos el vínculo amoroso que unía al gobernador y la reina, pero un caballero de alta cuna y muy experimentado en lances cortesanos, sabe por desengaños propios y ajenos, que no existe unión por consolidada que fuere en una pareja que no pueda ser truncada.   La reina comenta:

 ---  Así que nuestro querido príncipe Huber de Trania está por fin casado, ¿y a quién a tocado la fortuna vizconde?

 ---  A la duquesa de Fresán, emparentada con el rey Arano de  Martiar.  La duquesa es también baronesa de Alcadía.

 ---  Desconozco ese linaje, pero el príncipe no tiene mal gusto, ¿será sin duda una mujer muy bella?

 --- Lo es y mucho desde luego, pero permitidme que os diga que no puede equipararse a vos, es más, dudo que tengáis una rival majestad.

 ---  Sois en exceso adulador vizconde y aunque ello nos halaga sin suficientes merecimientos, mejor narréis ahora la situación que conocéis de mi reino.

                                        El aristócrata puso en antecedentes a la soberana de todo lo que había llegado hasta la fecha a sus oídos, que en absoluto fue muy esclarecedor, pues en situaciones políticas confusas la certeza de algo en concreto nunca existe.   Al Pinturero lo único que le interesaba saber era la situación prebélica entre ambos reinos, para con ello poder establecer, la amenaza que corría su amada en caso de personarse allí; por lo tanto, inquirió sobre el tema y el vizconde contestó:

 --- Nada temáis señor gobernador, porque su alteza el príncipe Huber de Trania, el gran duque y mi persona, cuidaremos en todo momento de su completa seguridad y será un placer, pues nunca reina tan hermosa como ya he dicho antes ha pisado Mirrana.    

 ---  Sujetad ya vuestras zalamerías en mi presencia caballero, no son de mi agrado y aunque lo fueran, no proceden.

 ---  Haced lo que sugiere mi prometido vizconde, me agradaría mucho que congeniaseis, puesto que estáis en el mismo bando.

 ---  No me ha parecido una sugerencia majestad, quizá vuestro prometido desee formular su ruego en otro tono.

 ---   Mi tono está justificado por vuestra conducta y tened bien presente, que no apruebo el lenguaje cortesano, es almibarado, hipócrita y desleal.

 --- Vuestra desaprobación excelencia es fruto de la inopia, pero es de suponer que muy pronto enmendaréis ese criterio.

 ---  Para enmendarlo necesitaría pruebas de vuestra educación o bien un escarmiento y, no creo que vos podáis satisfacerme.

 ---  Basta señores, me indigna sobremanera vuestro encono, no permito más acrimonia en mi presencia, cesad ahora mismo en vuestra arrogancia y tengamos un armisticio en esta mesa.

                            La cena terminó, con caras largas pero terminó.  El vizconde besó la mano de la soberana y se retiró y a continuación, en el aposento de la reina la disputa comenzó.

---  No me parece oportuna vuestra tolerancia con ese cursi.

 --- Discurrid querido, porque lo que vos tacháis de cursilería, es únicamente usanza y costumbre.  El Vizconde no conoce otra forma de proceder.

 ---  Ya veo que lo aprobáis, quizá añoréis todavía ese ambiente de desvíos y falsedades.

 ---  No todo es doblez en un noble, de la misma manera que no todo es iniquidad en un pirata.   Pero tenéis razón en una cosa: añoro los bordados de seda, la encajería, horquillas y alfileres esmaltados, cintas y lazadas, las coronillas y gasas, los galones y tembladeras, el agua de olor y el aceite de violetas.  ¿Acaso es algo tan peregrino?

 --- Sí claro: y los peines de marfil, los cerquillos de argentería, las pelucas de bucle, los alzadores de topete, los ramilletes de terciopelo, los polvos de almidón, las gorgueras de muselina y los abanicos de espejo y, ya no olvidemos, el ceñidor del talle y el escote de barca casi hundida.

 --- ¿Pero qué decís?, estáis hablando de la corte de mi abuela.

 --- Es lo mismo, ya me entendéis, juegos de damas y galanes.

 ---  Estáis en un error, no os entiendo.  Yo hablo de donosura y elegancia, de ribetes primorosos enlazados desde el faldillón al justacuerpo, de encantadoras abofelladuras en las mangas, de gráciles bonetes y sombrerillos, de ramillos delicados sin joyel, de desaliños encantadores en el pelo, de volantes y arracadas y de todo aquello que vos ignoráis.

 ---    Pues permitid que os diga amada mía, que la tosquedad no me impide adivinar el empenachamiento: balumbosas sortijas y diademas, broches cincelados de plata sobredorada, traslúcidos esmaltes suntuarios, pasamanerías de oro, rozagantes puños y colas de armiño, capas y vestidos recamados de gemas y perlas y, cualquier otro atavío jactancioso como al uso se le antoje.

 ---  Ya veo que estáis mal informado en cuanto a indumentaria, pues vuestro conocimiento se remonta a la época de los telares verticales y lo lamento mucho, pero es una discusión absurda y debo descansar, ya os dije antes de la cena que con vuestra compañía o sin ella mañana partiré.

                             El Pinturero hubiera prolongado la parrafada pues todavía le quedaban los mejores argumentos de reproche, sobre todo, los referentes a la explotación de lacayos y domésticos y la escasez y penurias de los mismos.   Por descontado que no es lo mismo una capa que una sayona, y tampoco se parecen los pendientes de esmeraldas de las acaudaladas damas, a los perendengues de las necesitadas vasallas y, es bien sabido, que las sedas no cotejan con los ásperos paños de estopilla, y ya no digamos, los faldellines de encajes con las sayas de linón.   Es cierto que, no en todos naturalmente, pero sí en la mayoría de los reinos, bajo los deslumbrantes uniformes como la ceremoniosa librea del impecable mayordomo, la levita corcheteada del palafrenero, el vestido delantal de las doncellas, el pechero embozo blanco del cocinero o el guardapelos del peluquero y, por supuesto al resto absoluto de la servidumbre, muy poco lugar en su ropa interior queda ya para el remiendo.  Y no es menos cierto, que allí donde descuelle el boato y la carnosidad, ya sea en palacio castillo o heredad, la escualidez y el oropel también asoman.