Credenciales de gobernador

           

             

           

                                         Dos semanas después, un Caraco de litoral modificado para singlar en alta mar y con gallardete del principado de Mirrana, es interceptado por el Brisa Huracanada a dos millas y media del archipiélago.   El piloto maestre de bitácora señor Pipermin, no tiene la bravura de su capitán y, veinte años de diferencia en la edad aclaran eso, pero de gobernar un galeón o cualquier otro armazón de palo y trapos, sabe más que nadie.

 

                     El mencionado Caraco de dos vergas y cangreja, arriba con bastimento general desde Palatina, un ventajoso suministro de inestimable precio para la carecida colonia y ya de paso, un alivio enorme para su angustiado y bisoño gobernador.  El marqués, con justa nombradía de enemigo implacable para algunos, puede ensalzarse en cambio de un amigo impagable para otros.



                                                    Fondeado ya el Caraco y con la arboladura a palo seco, bajel cargo de tres puentes y bodega abierta para estiba en anaquel y que por airoso nombre, lleva el apelativo del Insigne Navegante, genérico con seguridad conferido por el juez; su legado capitán hace pie en el atracadero y es conducido por el señor Bolabarda a presencia del Pinturero.     Y es de mucho resaltar y lo decimos por la fenomenal impresión que tal personaje causó en nuestro héroe, la distinción imponente de un vizconde de chancillería y embajador oficial del almirantazgo, entrando en la destartalada sede del gobierno colonial.   El vizconde de Labastracana, a paso elástico y decidido y con un pergamino en la diestra y sostenida la siniestra en el pomo de su espada, se detiene erguido a cinco pasos del Pinturero, ojea su entorno con desaprobación y dice:

--- Preciso inmediata audiencia del gobernador.  Notificad a su excelencia la presencia en su demarcación del caballero Areval de Estándalo, vizconde de Labastracana.

 
--- No es necesario informarle, ya estáis ante él.



                El joven noble ni se inmuta, descubre su cabeza sin saludo y quitándose con parsimonia un guantelete entrega el pergamino al Pinturero diciendo al mismo tiempo:

--- Mis credenciales, vuestro título de gobernador y una misiva del gran duque Graván tercero, marqués de Bustante y barón de la Satria.

     El Pinturero contento a más no poder, pues adivina lo mucho que agradecerá al magistrado el envío de pertrechos, no puede evitar una llana expresión para él afectiva y contesta:

--- Caramba con el viejo enlutado, no sabía que el juez fuese a heredar un gran ducado.  ¿Ha muerto el duque segundo?

            La parrafada está fuera de lugar.  A un noble le es permitido tomarse ciertas familiaridades con otro aristócrata, pero eso no es excusa, para que lo haga un gobernador sin abolengo y que antes fue un pirata.  El vizconde arruga el ceño y dice:

--- Desconozco lo que vos intimáis con el gran duque, pero no seré yo el que permita insolencias a su persona, rectificad.

--- Rectifico, rectifico.  Templad vuestro ánimo vizconde.

                              El ilustre legado, visiblemente molesto por el tono chocarrero del Pinturero y muy cansado por el precipitado viaje, se cubre la cabeza para dar a entender que no reconoce categoría en su interlocutor y le pregunta con descaro:

--- ¿Os importa mucho que mude el tratamiento de excelencia por el de maese?  Pienso que es el más adecuado para vos.

--- Preferiría que me llamaseis capitán Pinturero, pero no os lo discutiré, a vuestro juicio.  Y cambiando de tema, ¿puedo saber en qué consiste la remesa de vuestro barco?

---  El asiento de carga es adjunto a vuestra credencial, pero no tengo inconveniente en leéroslo si es menester para vos.

---  Sé leer vizconde, no pongáis a prueba mi temperamento, no soy muy paciente.

                         Un gobernador de protectorado, no es necesario que posea como en éste caso ni ascendencia ni blasón, pero un vizconde es casi imposible sin alcurnia. Y esto viene a cuento aunque el comandante no lo sepa, que cualquier noble está siempre por encima de un plebeyo, sea cual fuere su rango.  El joven noble sigue con su retadora actitud y pregunta:

---  ¿Acaso sabe vuestra espada que carecéis de paciencia?

--- ¿Cómo habéis dicho? Repetidlo y olvidaré que sois enviado del juez y gran duque o no, para mí seguirá siendo un amigo entrañable, viejo y enlutado.

             Estas situaciones todavía no las domina bien nuestro héroe, porque las hidalguías son muy susceptibles con el lenguaje y a poco desafío que les des, se parten el pecho con quien sea para defender otro linaje, por lo tanto, la más mínima salida de tono propicia un duelo.   Nuevamente la hermosa Yaurína como ya ocurriera con el marqués, aparece como si del cielo bajase y en una fracción de segundo se percata de la tensión del ambiente y pregunta:

--- ¿Puedo aspirar a ser debidamente presentada caballeros? No tenía la menor noticia de ninguna visita importante.

             Yaurína de Cumbertán no irrumpe ataviada para la ocasión, pues los menesteres que la obligan en la Cañavera no requieren ornamentos, más bien mandiles y guardapolvos, así que ya sea por el atuendo deslustrado, o por cualquier otra razón, el noble que no la reconoce la observa con cierto desdén y supone, que la intrusa será la esposa chisgarabís del gobernador, muy bella, pero también plebeya.  El Pinturero se levanta de su banqueta y dice enfadado:

--- El caballero es el vizconde de Labastracana, un enviado del marqués y que según parece, ahora se ha convertido en gran duque.

--- Estoy desolada, heredar un título siempre conlleva tristeza, transmitid mis condolencias al gran duque. Y en cuanto a vos señor gobernador, sabed que el vizconde está emparentado con la más alta nobleza y que nos honra infinito con su presencia.

      La situación mejoraba por momentos.  Al parecer la vasalla tenía esmerada educación, muy al contrario que el patán de su marido y, en esa hastía meditación se encontraba el distinguido legado, cuando la dama le preguntó:

--- ¿Mejoró ya vuestro padre de la gota vizconde? ¿Y vuestra madre, sigue con sus primorosas labores?

           El interpelado queda tan perplejo y su asombro es tal, que sus ojos se olvidan por unos momentos de parpadear.  Es probable que el marqués en su visita comentase la dolencia de su señor padre, o en todo caso, la fama de cortesano bebedor y gotoso ya hubiese superado las fronteras del principado, pero la increíble pregunta referente a su señora madre tenía tintes de misterio.  La condesa de Labastracana por esposa y de Pluciana baronesa por familia, mujer retraída, tímida y religiosa, con una salud de hierro pero constantemente moribunda, cumplía ya veinte años de retiro voluntario en su castillo y en ese tiempo, solamente en tres ocasiones lo abandonó, dos de ellas fueron para enterrar a sus padres y la tercera, para la boda del príncipe.  Pero en las tres oportunidades su hijo el vizconde estuvo presente y podría asegurar, que ni ella ni nadie de la familia mencionó nunca sus bordados.  Nuestra inteligente princesa comprende lo confuso que ha quedado el visitante y para reafirmar su desorientación, en beneficio de la distensión entre el noble y su prometido, ella divertida, continúa con la tarea de enmudecer a todos y suelta:

--- Me encantaría abrazar y besar de nuevo a vuestra madre y de su mano vagar por el fascinante jardín, sentarme luego bajo el quitasol de la enramada y contemplar embobada los macizos de rosas que cuida con tanto esmero.

                  Esta vez el vizconde pierde la tranquilidad y busca la punta del hilo para desenrollar el ovillo, ninguna persona puede saber todo eso sin haber estado allí y, son contadísimas éstas. Tras un titubeo con intención de preguntar a la bella dama por sus inauditos conocimientos, el joven noble recuerda ahora a una niña princesa, con pecas y tirabuzones, que pasó tres semanas en el castillo de Valier junto a su querida madre y es entonces, cuando un mayúsculo escalofrío se adueña de él y, en un acto reflejo, hinca la rodilla en el suelo y descubriéndose al mismo tiempo dice emocionado:

--- Majestad, sois vos.  Perdonadme señora, soy un estúpido.

--- Levantad vizconde, nada os tenemos que perdonar. Aunque es indudable que mi padre el rey enmendaría vuestro lapsus calami por el tratamiento que me habéis dado.

               El rey Tarilabal ya no puede poner objeciones como sabemos y la errata del vizconde no es tal, pues el lapsus corresponde al corregidor, que olvidó poner al corriente a su legado del detalle.  El Pinturero se percata y teme que el mal ya no tenga remedio, pero intenta despistar:

--- Disculpad vizconde, ¿habéis traído con vos algún galeno?
¿Y ovejas, tenéis ovejas a bordo?

           Nadie le escucha ya, el joven aristócrata tiene más alma que picardía y siempre es así, de no morir en un duelo lo hará en la guerra y de otra suerte mucho peor, se envilecerá más que un villano corrompido y acabará gordo, depravado y acanallado y, podridos todos sus sentimientos. Pero por ahora, el honor, la verdad, el decoro y la dignidad, son capiteles de gentilhombre.

--- Pero majestad, yo no he cometido ningún error, vos sois la soberana, ¿no sabéis nada?

            Yaurína de Cumbertán ha comprendido, una mujer percibe con el corazón los infortunios y nunca hierra, mira fugazmente a su amado buscando un amparo afectivo donde asirse y a pie firme solloza.   El noble se retira un par de pasos y el Pinturero se aproxima tiernamente para abrazarla, pero un leve gesto de la reina le detiene.  La desolación flota en el ambiente, el señor Bolabarda mudo y entristecido contempla la escena desde un rincón, el Pinturero sufre como propio el dolor de su prometida y el vizconde compungido y nervioso carraspea.  Una reina no debe apoyar su cabeza en ningún hombro para llorar, el resto de los mortales y en público pueden hacerlo, ella no. La punta del mandil a mano trémula enjugará sus lágrimas y ahora, es la hora, en que demostrará a su pueblo todo lo asimilado en su instrucción. Serena y a mentón erguido aunque tragando con esfuerzo, pregunta:

--- ¿Cuándo ocurrió, dónde y en qué circunstancias vizconde?

--- Señora no desfallezcáis, puede que vuestro padre sólo esté cautivo, nada irrefutable se sabe de él.

--- ¿Cuál es entonces la situación de mi reino?

--- Un regente impuesto por el emperador negocia el trono con la nobleza, pero la mayoría toma partido por vos.

--- ¿Y qué conspiradores componen la minoría?

--- Lo desconozco majestad, pero lo sabremos en breve, pues su alteza Huber de Trania concentra sus tropas en la frontera. El emperador pagará por esto.

--- Nadie invadirá mi reino para salvaguardar mi corona sin mi consentimiento, sea cual fuere la causa que lo motive.  Mañana al amanecer desearía partir para Mirrana, pero por el momento necesito estar sola, debo reflexionar, disculpadme caballeros.

           La soberana da media vuelta y sale de la estancia, nuestro Pinturero va tras ella para intentar disuadirla y el vizconde, que envanece de su recto proceder, sale a la callejuela en compañía del atribulado contramaestre Bolabarda. Los acontecimientos se precipitan desbocados y como era de esperar, el gran duque acertó de pleno, pues la grandeza de Yaurína de Cumbertán no cabe en su pequeño cuerpo y como advertiremos más adelante, sí por allí aparecemos, una nación entera y hasta el último de sus vasallos, deberá esforzarse mucho en merecer a su reina.