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Pues bien, si es lo que desea el Bocapuerca, que se avecinen y
mientras tanto, regresemos a la Cañavera.
Allí, el corregidor de Palatina a llegado a bordo de su recién
botado y reformado Carracón, bautizado por su real alteza el príncipe de Mirrana, como el Insigne Justiciador, nombre un tanto rumboso, pero
acorde con un bajel de magistrado y, navío de sendos castillos
volantes alteros de proa y popa, bien armado y carguero, con combés
y toldilla, vela de cuchillo en el palo de mesana y cruces cuadras
en el mayor y trinquete y que además, tras la reforma, resultó algo
más grande que una Carraca de ceremonial y mucho más escurridizo y
marinero que un Caramuzal contrabandista y, tal modificación, astuta
y muy diestra en el proyecto, le otorgaba sin duda la categoría de
único. Su señoría, llega en respuesta a una misiva
de su buen amigo el burgomaestre y como hace siempre, dispuesto a
impartir justicia.
Habitualmente, los gobernadores o comisarios de legislación no
embarcaban para impartir la ley en las vecindades, pues los reos o
presuntos eran conducidos a ellos y no al contrario, pero en caso
tan particular como se daba en la Cañavera, el leguleyo hidalgo
señor: Graván de Bustante y Torrelón de la Satria; más conocido en
el océano Caliente como el Enlutado Tuercecuellos, tuvo a bien y en
ello terció más su amistad con el burgomaestre que su vocación
marinera, pues se mareaba en un barreño, el acercarse a la isla para
entre otras cosas, incluidas las propias de su riguroso cargo,
estrenar de grado y con cuatro vomiteras el navío. Solo poner pie
en el embarcadero y tras abrazar a su buen amigo, por descontado sin
efusiones, el señor Graván de Bustante miró con severidad a nuestro
Pinturero y preguntó:
--- ¿Sois vos el forajido libertador y protector de la colonia?
El Pinturero, que esperaba las protocolarias
presentaciones mucho antes que las preguntas y por supuesto, mejor
talante en el magistrado, optó por devolverle la insolente mirada y
no contestar. El burgomaestre tampoco abrió la boca, pues a un
corregidor en ejercicio nunca se le interrumpe, no en vano, es de
dominio popular que nunca se equivoca. El juez
prosiguió:
--- Os advierto ahora que seáis quién fuereis, responderéis a mis
preguntas sin dilación y con la verdad, o en caso contrario, seréis
preso al punto por desacato o falsedad.
El señor Pipermin y el señor Laraña, presentes y a tres
pasos de distancia, cambiaron una mirada de atención esperando el
contrarresto de su capitán, y tras ellos, los treinta marinos del
Brisa Huracana, acompañantes de la comitiva, cerraron puños en sus
armas. A los quince alabarderos del magistrado no les
impresionó la perceptible acción, pues un soldado de justicia es
intocable. Naturalmente, que la situación no mejoraba con el
mutismo de nuestro tozudo comandante, ante las pretensiones del
hidalgo letrado, bastante enfurruñado, que insistió:
--- Estamos esperando una respuesta, no colméis mi paciencia.
Como sabemos, al capitán Pinturero, nadie ni cualquiera con
autoridad suficiente o carente de ella, le conmina en absoluto a
nada que no le cuadre y por eso, el desenlace hubiera sido de
confrontación instantánea, de no ser por la oportuna llegada de la
princesa, que apareciendo tras la partida de enrolados en su barco y
sorprendiendo a todos, preguntó:
--- ¿No es acaso la paciencia y el estoicismo, el mejor adorno en la
sabiduría y cognición de un ecuánime corregidor? ¿No es así marqués
de Bustante y barón de la Satria?
El magistrado torció el gesto y
mudó el semblante de color, el desconcierto más infrecuente se
manifestó en su rostro al verla y al instante, descubrió su cabeza,
con la requerida ostentación para dar oportuna venia a la infanta,
diciendo imperativo a su escolta:
--- ¡Soldados de la ley, a fila prieta, a rendir lanzas! Alteza
Yaurína, mis agasajos y pleitesías.
--- Gracias marqués, sed bienvenido a La Cañavera. ¿Un magnifico
día no os parece? Cededme vuestro brazo y acompañadme, con
sonrojo os mostraré este poblado especie de pandemónium.
--- Como gustéis señora, pero si fuera posible me agradaría
concluir antes la encuesta con mi opositor, aún no he recibido
contestación.
--- No es vuestro rival marqués, es mi prometido el comandante
Pinturero y no debéis dar trascendencia a su comportamiento, pues
seguramente vuestra presencia le intimida.
--- ¿Vos comprometida a un pirata alteza?
--- Mejor diréis, a un corsario que ha libertado el archipiélago y
ha restituido al principado de Mirrana su relegado feudo.
--- Con vuestra aquiescencia, pero un corsario que no proclama
credencial o cédula de corso y carece de banderola y de blasón para
corsear, debe ser juzgado, es la ley.
--- ¿No exonera de castigo la ley al infractor que destacare por su
arrojo en defensa y beneficio de la comunidad?
--- Condonar o premiar es atribución exclusiva de su majestad,
transgredir es contravención o delito, y es de mi competencia el
enmendar.
--- Cierto, pero sabiendo que recibirá perdón y dignidades, ¿no es
mejor evitar antes el castigo?
--- El indulto señora viene tras la condena, por lo tanto, el reo
debe ser cautivo antes que redimido. Aceptadlo alteza, vuestro
recomendado por el momento merece reclusión.
--- Tenéis razón, será muy interesante celebrar mis esponsales en
galeras: el patíbulo de altar, el andamio de horca de púlpito, las
arras de eslabones, el ramillo de novia de paja mugrienta, el
cardenal de verdugo y mi padre, maniático de la limpieza como
sabéis, de paje de escoba. ¿Accederéis vos a oficiar de testigo?
--- Comprendí la reticencia alteza, disculpadme. Trasladaré al
príncipe de Mirrana vuestra petición.
El hidalgo Graván de Bustante había
comprendido, muy al contrario que la mayoría de los congregados
allí, que aparte de su indudable desdeña bachillera por lamentable
ignorancia, a muchos de ellos por dentro les resquemó de envidia la
plática. Una princesa no tiene facultad para torcer la
voluntad de un magistrado, ni tan siquiera por descontado le sería
permitido el intentarlo y muchísimo menos, cuando el consejo de
regencia como en su caso, la conceptúa no idónea para la sucesión;
no obstante, la naturaleza le otorga poderes a las sagaces damas,
que los decretos insidiosos les vedan.
Por la tarde y bien entrado el crepúsculo, el
burgomaestre organizó una cena en honor del notable visitante y
reunidos en la mesa nuestros amigos, el agasajado y el regidor, el
capitán Pinturero esta vez sin necesidad de preguntar, halló todas
las respuestas que había buscado insistentemente con relación a su
prometida. La princesa sabía que sin remedio y
tras la cuarta copa de vino, el señor Graván de Bustante abordaría
el tema y como es natural, prefirió estar presente en vez de
excusarse con jaquecas. A tres bocados del segundo plato, ligeras
alitas de gallina con verdura y pescado hervido, pues la frugalidad
en el comer para el señor marqués era lo inverso que en el beber y
de ahí su cacoquimia y pronta borrachera, el incipiente achispado
preguntó:
--- ¿Conoce su majestad Tarilabal vuestro paradero señora?
--- Mi padre nunca supo de mi persona, ni antes, ni ahora.
--- ¿Vuestro punzante reproche tiene algo que ver con vuestro
pactado compromiso?
--- No hubo tal, jamás se tuvieron en cuenta mis sentimientos y
opinión, por eso sin advertir a nadie me marché.
--- Lamento rectificaros, pero las noticias que tengo confirman el
acuerdo, no podéis rechazar al emperador.
A estas alturas de la conversación, al Pinturero
se le estaban atravesando las alitas, pero más interesado que otra
cosa, sólo despegaba los labios para tragar. El burgomaestre por su
parte y desconociendo la materia del coloquio, se daba al intento de
apagar su voraz apetito con tan calamitoso refrigerio y por eso, a
dedo pringado y servilleta sucia, hacía lo mismo que nuestro héroe,
aunque por descontado con más fruición. La princesa
contestó:
--- La voluntad del rey está influenciada por sus consejeros y en
cuanto al emperador, mejor que avance con su protocolario mentor, y
aproveche el tiempo en buscarse otra esposa.
Ahora por supuesto que se atragantó nuestro capitán.
Por fin todas sus preguntas habían recibido cumplida respuesta y, no
muy buena, pues enamorarse de la futura emperatriz y ser
correspondido, más que felicidad auguraba desdicha. El Juez
persistió:
--- Sabed alteza, que se os reclama en todas las cancillerías del
continente. El emperador ofrece una enorme recompensa por cualquier
noticia que le lleve a vos y vuestro padre ha enviado legaciones a
todo lugar. Me temo, que seréis coronada tarde o temprano de grado o
por la fuerza.
Crudas palabras, pero como confirmaremos más adelante no del
todo ciertas, pues la corona a que se refiere el corregidor, no es la
misma que la princesa rehúsa, claro está que sus razones tendrá el
hidalgo para callar, así que sigamos.
Un escalofrío recorrió la piel de la princesa y sin
mirar a su amado, pues la vergüenza de desvelar su pasado hizo presa
en ella, alargó la mano y con destacada entereza, pues nunca sus
papilas habían catado otro líquido que no fuera agua, se sirvió una
colmada copa de vino y de un solo trago la apuró. El
vino pajarete aunque somontano, preferido por el marqués y llegado a
la mesa desde una barrica de su barco, es un caldo oloroso y dulzón,
de fino paladar, muy adecuado para copear a sorbitos y sin lugar a
duda ideal para enlustrecer una conversación, pero en absoluto se le
puede equiparar a un aguapié, pues transita lento y zurronero como
pocos y, al llegar ventea. Naturalmente, a nuestra bella y abstemia
princesa le pareció poca la eficacia del brebaje y no contenta con
el resultado repitió. El Pinturero la observaba con ojos incrédulos
y más divertido que sensato la dejó beber. El corregidor continuó:
--- Mañana procederé a levantar pliego de lo acontecido en la
Cañavera y agregaré con gusto el suplicatorio que vos solicitáis,
pero debéis prometerme alteza Yaurína, que vuestro apreciado capitán
permanecerá en la isla hasta que se obtenga el refrendo real.
Ahora nuestro héroe y por primera vez decidió intervenir y,
acostumbrado como estaba a decir todo aquello que le dictaba la
franqueza, preguntó:
--- ¿Porqué su palabra señor, acaso no dais por válida mía?
-- Lamento ofenderos, no era mi intención, pero comprenderéis que a
un detenido no procede solicitarle aquello que le violente.
--- Mejor diréis, que no fiáis en mi persona y en cuanto a estar
detenido, yo también lamento escarneceros, pero ni vos poseéis
jerarquía suficiente, ni el príncipe potestad bastante.
Nuestro Pinturero fue el primer sorprendido de su
apropiada contestación, al parecer, los modales refinados y
ampulosos del leguleyo se le estaban agregando. La princesa le miró
placida y embelesada y vislumbró en ese mismo instante, que colgada
del brazo de semejante paladín tan sumamente audaz, indómito y
sagaz, a nada ni nadie debería temer. El juez por su parte, quedó
gratamente impresionado por la locuacidad del mocetón y notando en
los ojos de la princesa el profundo amor que ésta sentía por él, sin
más dudas y recelos en la valía del capitán, decidió favorecer a los
enamorados a expensas de su deber y dijo:
--- Veo que la insolencia y osadía no escasea en vos, pero no os
engañéis capitán, pues un proscrito de la ley no goza ni obtendrá
jamás dispensa de ejecutoria y es por descontado, que una vida
errante y expatriada, no es el mejor destino que merece una esposa.
No obstante eso, puede que mi procedimiento os resulte ventajoso.
A todo esto, el burgomaestre con más hambre que sueño
se disculpó fingiendo un bostezo que a nadie convenció y después
besar la mano de la infanta se retiró. La vajilla y cubertería
regresaron a la cocina a cargo de un soldado del marqués que hacía
las veces de criado y catador y poco más tarde, presa de la euforia
por los vértigos y lasitud que facilita el vino, pero al mismo
tiempo algo indispuesta por parvedad de costumbre, la princesa
Yaurína, que había comenzado con el hipo, dejó solos a los hombres.
El Pinturero a consecuencia de la última frase del señor Graván de
Bustante y avizorando que podía confiar en él, pues su estima por la
infanta era notorio, preguntó:
--- ¿Qué me aconsejáis vos, señor magistrado?
--- ¿Con relación a qué, señor capitán?
--- ¿Debo esperar que vuestro prontuario en mi defensa surta
efecto, o por el contrario hacerme a la mar y buscar navegando mi
destino?
--- ¿Amáis a la princesa tanto que no os importe morir?
--- Cuanto más la quiero más temo a la muerte y no soporto el
pensar que por mi causa pueda sufrir. Me aterra abandonarla, es
cierto, pero aun así, moriría mil veces por ella.
--- Entonces vuestro destino está de momento en la Cañavera y poco
después, con patente de corso, legajo y testimoniales en credencial,
surcaréis los siete mares con pabellón y gallardete del principado
de Mirrana.
--- ¿Tan seguro estáis del otorgamiento marqués?
--- Vuestro palmarés en batalla no tiene parangón y por eso el
príncipe consentirá; además, su alteza Huber de Trania no está en
disposición de declinar cualquier ayuda, pues la invasión de
Cumbertán es inminente.
--- Un momento marqués, comprenderéis que no puedo unirme al
enemigo de mi futuro suegro, más bien lo contrario.
--- El príncipe de Mirrana es primo del rey Tarilabal y la guerra
no es para derrocarle, por que él, penosamente ya no existe.
--- ¿Qué pretendéis decir, ha expirado el padre de la princesa?
--- Existen indicios de que ha sido ajusticiado, posiblemente el
emperador tenga mucho que ver. Ahora estáis comprometido a una reina
señor capitán, sed consecuente.
--- ¿Pero cómo habéis podido ocultarle a ella tal noticia?
--- Su graciosa majestad Yaurína de Cumbertán lo sabrá en su
momento, debemos impedir por cualquier medio, que un ánimo emotivo
en esta hora de caos y tribulación la lleve a su reino y, oídme
bien, os conmino enérgicamente a mantener el secreto.
El Pinturero necesitó un minuto escaso para comprender las
razones del juez, pues si bien ocultarle el óbito a su amada era
cruel proceder, ponerla al corriente implicaba un crecido riesgo. El
Pinturero dijo entonces:
--- Pero señoría, quizá de saber la noticia tampoco arriesgaría su
persona acudiendo allí, la conozco, es muy juiciosa.
--- Vos solamente conocéis a la mujer, yo conozco a la reina. Vi
crecer día a día a la hoy soberana y os aseguro por mi fe, que nada
ni nadie la persuadiría de no hacerlo.
El señor Graván de Bustante tenía mucha razón, inteligente y
sensible cual ninguna, pero levantisca como nadie, un carácter
inflexible y una beldad exuberante, tal es su majestad.
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