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Y mientras esto ocurre, y sin ser requisito argumental imprescindible en el relato, nadie piense que nuestra bella princesa ociosa está, pues en la nave, su viveza y campechano proceder han logrado la simpatía y el acatamiento de todos. Al maestre costurero le lleva de cabeza, porque hay mucho remiendo esperando aguja y el hombre, ya sea queriendo o sin querer, tiende mucho más al relajo que al trabajo; claro es, y no lo decimos para eximirle de su desviada inclinación, que a un pelaruecas de punzón, no le vengas ahora con hilvanes y zurcidos de precisión, pero en fin. De todas maneras, más de lamentar es el agobio del ranchero mayor, que lo tiene en enmienda permanente como a un pinche cascapiñones y tanto así, que a rezar mirando al techo se pone el catasalsas como un misacantano, en el mismo momento que la dama pisa la cocina. Muy al contrario ocurre con el galeno yerbatero, que siendo el más instruido de la tripulación, pronto se husmea la irremediable inspección y mucho antes de que la princesa hollase su lazareto pañol, puso manos a la obra y en dos días a baldar: de cepillo y de escobajo, de lanada, barredera y estropajo, lo dejó ordenado limpio y reluciente como un sol. Y a la carcajada que nadie se de ahora con la gracia, que en este mismo instante ocurre lo que sigue: --- Capitán, ¿puedo importunaros? --- Sin remilgos maestre armero, decid lo que sea. --- La princesa desea limpiar la santabárbara y necesitamos la llave. --- ¡Ni hablar! Que limpie los cañones si se atreve. --- Los cañones se limpiaron ayer, y los balines, y las portillas. Si no brilla pronto la santabárbara, nos pone a barrer las cofas. --- ¡Demonio de mujer, tomad la llave! Incomode a quién sea o plazca a quién cuadre, pero es cierto que el Brisa Huracanada presenta un aspecto inmejorable, ni la galera de recreo de un sultán minucioso y reparón, podría en pulcritud asemejarse.
Pero prosigamos con el relato, porque el señor Bolabarda hace pie en el atracadero y, de acuerdo con el plan del Pinturero, deja dos tripulantes en la balandra y avanza con el resto hacia el poblado. Las miradas ariscas y felonas de los haraganes portuarios, pronto descubren la talega que porta uno de ellos y sin necesidad de escudriñar en su interior, saben de sobra que rebosa plata. Los cuchicheos pronto se acentúan y algún que otro truhán toma por pies la delantera, para dar la noticia a su camarilla. Naturalmente, la situación es inquietante, pues la catadura de la truhanería pululante es para salir escapando a despezuñarse y no parar. Claro está, que los diez hombres como zocotrocos, que resguardan al contramaestre Bolabarda y que van pertrechados con coselete, chafarote y macheta y cinco pistoletes cada uno, dan un reparo eficaz. Las calles iniciales, sinuosas y ceñidas del arrabal costero, acogen al contramaestre Bolabarda y sus escoltas y, con la certidumbre incómoda, de ser acechados por mil hurañas pupilas, maturrangas e insidiosas, avanzan precavidos por el pavimento desastrado y guijarreño. A cuatro esquinas de la entrada al pueblo y sorteando a larga zancada la inmundicia, se encuentran la primera tahurería y sin pensarlo, apartan el lienzo mosquitero que cuelga rígido de tanto pringue y penetran en el oscuro y nauseabundo local. Al fondo, una especie de mostrador hecho del tablerío recuperado de un naufragio y con más astillas que un bambú cañoneado y a los lados, repartidas a colmo barullo, entre veinte y treinta mesas de tablón aserrado y peana desigual. Cirios y lamparillas iluminan con desgana el humeante recinto, que a esta hora de la tarde, cuenta con sus mejores clientes. Tras el mugriento mostrador, dos busconas de pecho generoso y corpiño desatado atienden a las demandas de cualquier índole y, vigilando el cotarro, un perdulario patrón con careto de urdemalas, muy diestro con el cuchillo, gobierna su filón a tajacuellos. La concurrencia mucha, enmudece con la presencia de nuestros amigos y el señor Bolabarda, que sabe bien de su flaqueza ante tanto desalmado, se detiene en medio de la estancia y con voz potente suelta: --- Soy Bolabarda de Rasquina y de Tomaya, vengo en paz y a comerciar. ¿Quién manda aquí? El silencio sigue reinando por unos segundos y al cabo, desde un rincón, una voz ronca contesta: --- Nosotros gobernamos aquí, acercaos con vuestra osadía y que la gente de armas que os acompaña ni pestañee. El señor Bolabarda presenta cara al rincón y distingue al hijo mudo del Pinzote; nunca le había visto antes, pero los detalles proporcionados por el Pinturero son exactos. Sin otro remedio que obedecer, pues en el tugurio siguen entrando maleantes en riada, se dirige erguido hacia los cuatro comandantes sentados y saluda campechanamente para disimular su temor: --- Salud y alegría nos da el vino caballeros, aunque nos quite el tino. Placer tengo en conoceros. El Tiritaña, que observa con mucha atención el atuendo del Bolabarda, mueve los hombros para ajustarse bien la casaca y pregunta socarrón: --- ¿Sois comerciante, y qué vendéis señor? Espero que no sea vestimenta, porque tenéis un pésimo gusto. --- No he venido a vender, estoy aquí para comprar. En esto, el Mostacilla, que no aguanta más la borrachera se desploma como muerto de su banqueta y al punto habituados, cuatro tripulantes de su nave le aúpan del suelo, le encajan el chambergo sobre la cara, lo sitúan sobre un catre con asideros y se lo llevan. Nadie le da ninguna importancia al incidente y es natural, porque el Mostacilla no es un personaje cachazudo en el beber, ni tampoco el comer, y ya no digamos en el yacer, que todas las lagartonas de la isla le apodan el capitán conejo. El Legaña entonces y dirigiéndose amistoso al señor Bolabarda, aclara el reciente lance con lengua encasquillada y dice: --- Ese que ha caído sin saludaros era el capitánnnn... Mos-ta-cilla, disculpadle señorrrr.... se encuentra mal. El capitán Tiritaña y el Hijo mudo del Pinzote, son los únicos que conservan este día la lucidez, porque su colega el Legaña hace rato que empezó con el hipo y a no mucho tardar, seguirá el derrotero del Mostacilla. El Tiritaña prosigue sin más pausa el obligado interrogatorio y pregunta: --- ¿Y qué pretendéis comprar señor? En la Cañavera no hay mucho que vender. --- Deseo adquirir la protección de vuestra fuerza. Un galeón me persigue y quiero abismarlo. En la isla se compra la muerte de cualquiera con un par de tragos y dos piezas de a diez y, sí lo que apeteces es ensañarte con el difunto, por algo más del doble te pueden despellejar su calavera, o bien elaborar un gargantón con sus huesos. Pero lo que expone el recién llegado es mucho más difícil. --- ¿Un galeón habéis dicho? ¿Y cómo se hace llamar vuestro enemigo? --- Lo desconozco, pero he visto bien su orla, lleva un dragón. El Tiritaña cambia una mirada con su cofrade el hijo mudo del Pinzote y éste, bebiendo de la botella a morrobabas como es su costumbre, entorna los ojos y se encoge de hombros. --- ¿Y de cuánta plata disponéis para tamaño empeño? --- La que nunca podríais almacenar en vuestro barco. El señor Bolabarda hace un gesto con la cabeza y el portador de la talega se acerca. Llegado allí y en pronta respuesta a otra indicación, el contenido de la bolsa se desparrama por la mesa y es tanta la barra de plata que muchos lingotes caen al suelo. El gentío al plenario muda el rostro de color, pero los cabecillas ni se inmutan. El Tiritaña prosigue: --- ¿Pensáis ejercer algún derecho sobre el galeón vencido? --- Ninguno me interesa, no soy naviero ni armador. Os lo cedo en corretaje. --- Bien, pues en vista de que vuestra fortuna según vos es tan desmesurada, añadid a todo esto veinte mil barras más y, tras esa prueba de verdad, hablaremos del asunto. --- Serán como máximo dos mil, bien os plazca u os enoje. No me dais tampoco garantía en los preliminares. --- Vamos señor Bolabarda, sean por lo menos quince mil. --- Tres mil es mi oferta cerrada para considerar el trato. El Tiritaña habría continuado el regateo, pero un pisotón del Pinzote le hizo enmudecer, al fin y al cabo, aquella cantidad de plata anticipada no tenía la menor importancia, pues la idea final era conseguirla toda.
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