La peligrosa maniobra

 

 

---   ¿Qué vela es esa señor Pipermin?

---    Aún no lo sé capitán.    Aunque juraría por la escarcha de un carámbano que puede ser el Bichero.

---   ¿El Bocapuerca tan al sur?   Sí así fuera no viene a brindar.


                  Y por descontado que no, pues descubierto también por el Sanguijuela el albo aparejo del Brisa Huracanada, la maniobra de carga de combate ha comenzado en el Bichero.  Y como era de esperar, el miserable capitán Bocapuerca, cargado de ron como un odre y de odio como un fanático, ordena, lo que ningún comandante de galeón en su sano juicio debe ordenar:

---   ¡Sanguijuela, ceñir a toca paño con rumbo de colisión!

---     Eso es puro desvarío capitán, si ceñimos a rabiar con este racheado, recibiremos contragiñadas de gobernalle y posiblemente algún bandazo que nos descubra quilla.

---   Ya lo has oído, quiero obligar a ese bastardo de Pinturero a que acepte el combate.

---   Patochada pienso yo, pues nos rebasa por la línea de popa y virar a doble escuadra no aportará mucha ventaja.

---   ¡He dicho que se haga, engendro de mastuerzo!

 

                       No hay más que hablar, el Bichero descuelga el trapo entero y recibe con inusitada pujanza por estribor.   La barra al canto hasta el pomo y aferrada por cuatro enrolados a reventarse, se resiste a la violenta maniobra con guiñada continua y flamear de pala. Las vergas mayores tensan atestadas y desnivelan al navío con peligro de costalada y las velas, abarrotadas o vacías según la racha y el cambio de orientación, castigan los maderos con gualdrapazos a desenvelejar.    El maderamen cruje y gruñe cimbreando tabla y el cabeceo exagerado, corona de espuma la proa del Bichero.   Si semejante maniobra hiciere un galeón de brigadier en análoga circunstancia, a su capitán le colgaban de la gavia mayor o le chaveteaban al pilote con estaquillas, pues encaminar zozobra a la dotación a pleno desgobierno con tanto riesgo y sin beneficio, es fomentar un salvaje amotinamiento y cosecha insensata y segura de un demente.

           Mientras tanto, el ojo del Pinturero observa la maniobra de su antagonista y sin dar crédito a lo que ve, exclama:

--- ¡Por los dioses de la trifulca que ese trapaza de Bocapuerca no está en sus cabales! ¡Mirad Pipermin!

--- ¡Fuegos de san Telmo, campanea como un esquilón!

               En el pilotaje de singladura se cometen muchos desaciertos y de ello dan fe multitud de podridos costillares durmientes en la hondura, pero sin duda, el Bocapuerca es de los que alistonan más alto su incapacidad.  El Bichero naturalmente, cantonea a cuatro bandas como un leño en una torrentera y sí acaso, consigue completar el atropellado giro, como dictamina el ahora acertado Sanguijuela, la distancia entre los dos bajeles poco habrá menguado.  Pero en fin, todo aquello que arreglo en la mente de alguien ya no tenga, no intentes ponerle remedio, pues tiempo extraviado es, así que sigamos.



                        En el Brisa Huracanada la dotación se hace cruces por la maniobra del Bichero, o simplemente, apuestan cualquier cosa a los minutos que tardará en crujir la Fundamental.  Naturalmente, que para cascar la cuaderna maestra, se necesita una racha de extremado empuje y casi con seguridad, antes pierde el navío la vertical, pero desde luego, rozando la calamidad se encuentra.



---  Por el escapulario del beato más frailero, que ese animal de Bocapuerca merece que le cordeen a la boca del cañón, o que le azoten con la tabla erizada de cardar linos.  ¡Pedazo de bestia!

--- Cierto señor, los tablones cosederos estarán desacoplando y las varengas dislocando.  Con certitud que zozobra.


             Pero en ésta coyuntura el señor Pipermin yerra y el Bichero, completa el disparatado giro, con daños flacos y sin naufragar.  Claro es, que retorcer a combadura hasta el último tablón, no aportará desarrollo normal a la derrota pretendida del navío y sí por descontado, enorme cantidad de contrariedades para los carpinteros, que en caso de no tomar dominio a la vasta tarea, el bajel requerirá forzoso carenar en firme.  De momento, cegar las vías y entorchar o clavar las desuniones, ya supone ajetreo, y no digamos, igualar las drizas, templar los obenques, revisar toda la cabuyería, ensogar al refuerzo los masteleros y tensar de nuevo los faluchos, casi nada. Pero todo esto al Bocapuerca le tiene al pairo, pues su empecinamiento es ciego.

---  ¡Sanguijuela, gente a la arboladura, hay que alcanzarle!


                    Atropellarle las espumas de popa contraventeando al galeón Brisa Huracanada, es como abotonar una sotana sin ojaladura, absurdo pretenderlo.  Y no busque nadie la explicación en el prodigio, es solamente, la pericia marinera de un  comandante, unida a la destreza de su tripulación.  Aunque claro, hablamos ora de navíos de línea, que en absoluto de bergantines u otros bajeles de fondos planos, crecido aparejo y hasta dos cubiertas, pues esos, más que tajar olas planean.

 

      Tres horas de seguimiento y el Bichero ya muy rezagado se da por vencido.  Surcar de bolina, a consecuencia del ventarrón recio y racheado a la contra, es tarea de baqueteados y sobrios nautas, no de temulentos capitanes y marinería holgazana.  Así pues, la jornada toca a su fin con desigual providencia para el perseguido y su perseguidor.  Mientras el Pinturero, hace rato que descansa tranquilo junto a su amada en el lecho con dosel, única pieza de lujo en su camareta y capricho de un saqueo, el Bocapuerca, ahíto de ron a desbaratarse, duerme la borrachera mojado y rebozado en el emplasto pegajoso de su vomitera.


      La noche adelanta en pos de la alborada y el señor Laraña muy sereno, sigue atento al gobierno palmeando la barandilla. Piensa en la peligrosa singladura soportada y se maravilla, de que tal temporal no rindiese algún palo, porque con el velamen plenamente mareado y el paño de sobrar, la palazón de la nave sufre el venteo con el único apoyo de su encastadura.  Una vez, el maestre de derrota enrolado en navío de cabotaje y en similar situación, contempló con espanto el desplome de la arboladura y de que forma, el viento, se llevó consigo la canastilla de proa, como si fuera un toldo de caña y bejuco, que mal lo pasó.  Pero nada ya que temer, por esta vez se ha evaporado el peligro y la próxima maniobra, una vez el viento sea manso, será aferrar el paño más largo y capear reposadamente a trapo de pañuelo, o eso por lo menos, mientras el Bichero de cuartel y no asome su cresta en la lejanía, pues el Brisa Huracanada sin excusa, está obligado al acopio de pólvora y munición, antes de enzarzarse en nueva trifulca.


        Y mientras transcurre la noche y la proximidad del estrecho de la Andanada se acentúa, en la islas Pecas y, concretamente en una porquera de tugurio de La Cañavera, los conjurados se compinchan para capturar al Pinturero.  De nuevo, la fatalidad se ha cebado en nuestro héroe, pues la noticia del misterioso cofre que llegó a sus manos a la par que un excepcional tesoro, ya es conocida por la gentuza del puerto.  Los comandantes vencedores del Sobreviento, entre el humear denso del tabaco a picadura troncho, el zumillo espiritoso de ciruela macerada y la compaña de un tufillo a podredumbre, se apretujan en ahogado aposento poluto y entelarañado, donde apenumbra sus rostros la luz mortecina de un candil y allí, traman su infamia.