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A todo esto y con los primeros resplandores de la alborada, la
tajamar del Bichero, penetra en aguas del golfo de la Espina con
ventajoso andar, pues durante la noche, los ronquidos del Bocapuerca,
midieron su reciedumbre con el rechinamiento del maderamen. Una
ventosa noche, que redujo manifiestamente las millas de distancia y
tal factor, sin acoplar de necesidad paño largo a los aparejos y
tanto fue así, que rebasaron Amayute sin fondeo de dilación. Pero no
todo es provecho, porque el navío amenaza seriamente embarrancar,
pues acorde al pronunciado racheado de barlovento, la proximidad de
unos columbretes y la imprevisión chapucera de no cantar el
escandallo, la carena del galeón ya estaba calando mucho y el riesgo
de enarenarse de quilla, a partir de ahora, era real. El capitán
Pinturero como sabemos, ya pasó por esas ondulaciones del fondo
marino con más precaución y necesaria maña.
--- ¡Atenta la nave! ¡Luces de tierra a estribor!
El vigía de la cofa del trinquete, avistaba la pequeña ciudad
ribereña de Levén, ingreso del golfo de la Espina por el oeste y
abrevadero de todas las caravanas que atraviesan el peligroso
desierto de Mayara. Puntalabar y nuestro Brisa Huracanada, aún no se
distinguen.
El Sanguijuela fue el primero en saltar de su camastro a la voz del
vigía, pero antes de limpiarse con la manga, las legañas verdes de su
ojo infectado, tal y como viene siendo su costumbre el muy verrón,
la nave como pronosticábamos antes, da plena de médula con una duna
prolongada del fondo y, con el brioso empuje de la singladura a
trapo entero, arremete de quilla en el arenal y a consecuencia de
tan empinado planeo, se aúpa veinte pulgadas fuera de su flotación.
Como es natural y muy a pesar de que el médano marino, es ceñido de
solamente quince codos, toda la dotación y los bártulos, más
utensilios y cachivaches que no están bien ensogados o clavados de
natural sensatez, se precipitan en volandas hacia los mamparos a
furia trompicar. El adormecido Bocapuerca no se salva desde luego y
es por eso, que son tres los incisivos que pierde en el brutal
topetazo y con los morros ensangrentados y la sesera hecha un lío,
brama:
--- ¡Sanguijuela, la sondaleza!
A buena hora el bambarria del capitán ordena la plomada. Pero el
lugarteniente Sanguijuela, que ya no puede escucharle, pues se
encuentra tirado bajo el jergón de su catre como una rana, tampoco
puede decirse que haya salido bien parado de la jugada, ya que se ha
golpeado el ojo que aún conservaba bueno con el asidero de la
churreteada escupidera, que como estaba llena a rebosar y le ha
salpicado a colmar, lo mantiene en este momento bien empapado de
babas; aunque quizá y dudando, le sirva ese ungüento expectorado y
viscoso, para sanear el ojo malo.
El Bichero por fortuna no ha pillado arrecife ni farallón y gracias
a esa chiripa monumental, mantiene los largueros de la carena sin
perforación. Pero naturalmente y es bastante poco, dos de las caras
a banda y banda entre las cuatro cuadernas más adelantadas, soportan
el indulgente clavado con las tablas muy cimbreadas. Naturalmente,
que eso así seguirá, mientras que el galeón se mantenga arbolado en
candela y no decante de lado, pues de acontecer la presumible
zozobra, lo más simple y desastroso que viene entonces es el crujir
y reventar de panza.
En las cuatro cubiertas el desorden es descomunal, no hay marino que
permanezca en su yacija o hamaca a consecuencia del imprevisto
empotrado y, en todos los camarotes, pañoles y pañoletes, cabinas o
compartimentos, la desparramada tapiza de objetos el entablado. Pero
por ahora, dejemos las tripas del Bichero y subamos al puente de
popa, pues allí, el desdentado capitán Bocapuerca, está gobernando a
todo apremio, lo que en este caso y a consecuencia del viento que
sigue arreciando hay que mandar:
--- ¡Cerrad el paño bergantes! ¡Soltad los ferros de proa y a la
popa de babor, fijad la Esperanza!
Una maniobra muy prudente, pues mientras sople fuerte de barlovento
sin amainar, los aparejos empujan con poderío el navío avante en la
duna tarascar y, en cuanto a encumbrar el ancla de la Esperanza
desde el postrero pañol, no es ocupación de un rato ni campechana,
pero en situación tan comprometida es imprescindible.
--- ¡Sanguijuela, por el corazón podrido de tu padre desconocido,
canta ya los daños!
--- ¡No hay brecha ni foramen, el Bichero aguanta!
Pues sí, el Bichero va soportando de momento, pero aunque siga firme
y bien equilibrado, desatascarlo del fondo con todo el pertrecho que
acarrea será otro cantar. A lo mejor la marea oportuna de plenilunio
lo consiga o puede que no, en todo caso, necesitará un buen tirón de
flanco por el codaste de popa y tal empeño, solamente puede hacerse
desde otro bajel con mucho trapo, o bien apurando, con una cuadrilla
de pesca.
--- Por las entrañas putrefactas del bárbaro virulento que no hay
perdón para el responsable. ¿Quién ha sido el andrajo?
El causante del desaguisado no era otro, que mirándose a un espejo
no encontrase el Bocapuerca; o bien el Sanguijuela, que tras el
incompetente y borrachín comandante, tenía a su cargo el gobierno de
la nave. Pero no era la primera vez, ni sería la última de las veces,
que se daba plancha al agua a un inocente en el Bichero; así que,
media hora más tarde y con las manos amarradas a la espalda,
desollada a cruces por un vergajo, un tripulante que en muchas
ocasiones mereció en justicia morir, moría hoy sin merecerlo. La
chusma se compenetra bien en el desenfreno y la impudicia, pero se
desentiende del colega en la tribulación y con esto, nada nuevo, así
que sigamos.
El Bocapuerca, hizo a la mar las tres chalupas que portaba y con los
más encarnizados de la tripulación, desembarcó en la escollera de
Levén. Ni que decir tiene, que no se comportó en ningún momento como
el capitán Pinturero en Amayute, pues apenas seis horas en tierra
que duró la incursión, y regresó al barco con diez Canaballas de
pesca, un Carcamán de ochenta codos de eslora aparejado con
trinquete y cangreja, doscientas yardas de maromas y cabos,
diecisiete toneles de ron, tasajo de camello, trigo molido, queso de
cabra y un montón de objetos ornamentales, que muy poco valor
tenían. A la población de Levén era muy difícil que les saquearan la
plata, que no por mucha disponer, tampoco para engolfar piratas la
guardaban. Pero el Bocapuerca eso sí, consiguió casi todo lo que
pretendía y solamente, a cambio de doce hombres y veintiún mosquetes
perdidos.
Una y otra vez, aprovechando el viento corriente de favor y con la
rapacería sustraída a golpe de charamusca y sablazo, el Bocapuerca
intenta desencallar el navío. Las maromas tensan a desmigajar por el
poderío del arrastre que mantienen y así, la jornada transcurre
infructuosa. Pero quizá sea la disposición de la flotilla y no su
capacidad de remolque, lo infecundo de la maniobra, seguramente, el
Bichero perderá su clavado cuando el mismo empeño sea ejecutado a
contraviento, pues deslizar el bajel a curso de botadura, es mucho
más sencillo que remover la duna de costado. Es bien patente, que ni
el Bocapuerca ni su segundo, el Sanguijuela, tienen la más mínima
aptitud para una labor de tal magnitud y naturalmente, como tampoco
disponen de un experto confrontador de carga, como sin ir más lejos
tiene el Pinturero, pues a sufrir les toca. Y hablando del
Pinturero, ya es hora de regresar a Puntalabar.
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