El  Maharajá de Puntalabar

 

 

                                  El rajá de Puntalabar, como es frecuente en ciertas estirpes, es el monarca más acaudalado de todo el continente. Está tan podrido de pertenencias y riquezas, que ni los recaudadores y tesoreros reales vislumbran el alcance de su magnitud. Pero también y como es habitual en los absolutismos, la mitad de sus súbditos se pasan la vida pordioseando mendrugos, pues para chapuzar el tragadero, ya tienen bastante con llorar.

El portentoso palacio de Puntalabar, es negro solamente por fuera, pues en su inaudito interior, el resplandor de un millón de fogariles, lampadarios bujías y candiles, hieren con inquina las pupilas. Dígase para bien entendernos, que su atiborrada fastuosidad empalaga la vista de cualquiera con acopio y, su desbordante excelsitud y suntuosidad, está inclusive sobrada, para ser el cobijo de unos dioses tan exigentes, que lo fueran en demasía.


El chambelán de palacio salió a recibirles y salvo la escolta, que quedó alojada en el cercano pabellón de la guardia sin otra opción, los cuatro invitados fueron conducidos sin más demora a presencia del rajá. El capitán Pinturero, por descontado, no quiso acceder a la entrega de sus inseparables pistoletes y su fiel Pipermin, tampoco lo hizo con sus armas. Aunque de todas formas, a dos soldados por puerta y unos treinta aproximados en el salón del trono, la escaramuza era impensable.


Y tras novecientos pasos de espléndidos corredores, de salas inimitables, de jardines increíbles, salones invalorables y estancias irrepetibles, llegaron a un colosal portalón de caoba afiligranada y allí, el gran chambelán, con cara pampirolada y haciendo alarde de su tan acostumbrado lameteo baboso, abrió el paso y dijo:


--- El gran misericordioso con los desvalidos, el bajá amante de las tradiciones y monarca incontestable de todas las virtudes, tendrá la benignidad de recibirles ahora. Que pasen pues los necesitados de su gracia y procuren ser sumisos.


Con semejante proclamación, pensaron nuestros amigos, lo más seguro es que nada de lo anunciado fuese cierto, o en todo caso, solamente el párrafo que hacía referencia a las apegadas tradiciones, pues obviamente, el tradicionalismo y el abolengo, son los únicos puntales que sustentan la corona de todos los monarcas indeseables. Y con ese razonamiento tan verosímil, penetraron en el salón.


Y en efecto, el soberano de Puntalabar, envuelto en sedas y brocados, perlas y topacios, turquesas y esmeraldas, zafiros y rubíes, ópalos y brillantes y además, rodeado de un enjambre de mujeres preciosas, les mira altivo desde su promontorio de cojines. En esto, la cuadrilla de elite y custodia sorprendida e inquieta al contemplar las armas al cinto de nuestros amigos, se adelanta convulsionada y debido tal, en cuatro suspiros son desarmados por la fuerza. Inútil fue el forcejeo arrojado del capitán Pinturero y su oficial Pipermin y más, con semejantes mastodontes. El rajá entonces más tranquilo y satisfecho, dijo:


--- Mi primo su alteza Solim, puede acercarse a nos. ¿Qué tal vuestro padre, el viejo sultán?


El príncipe Solim, se fue hacia el soberano practicando con humildad cinco reverencias y, al alcanzar con solicitud los tres metros de distancia, el adalid de la guardia levantó la mano con el arranque de un cancerbero intransigente, para indicarle que su aproximación había concluido y eso, por muy pariente que fuera. El emir levantó la rodilla del suelo y contestó:


--- Mercedes por vuestro apego majestad, que toda la ventura del gran Espíritu Imperecedero se cebe en vuestra estirpe.

--- ¿Quién viene con vos? No me agradan los extraños.

--- Gran señor, permitidme las presentaciones: la dama es la princesa Yaurína del reino de Cumbertán, el capitán Pinturero del galeón invencible Brisa Huracanada y su oficial Pipermin.

--- Que se acerque la joven, me gusta.


Dicho esto, el monarca con cara de aburrimiento mordisquea unas cerezas, el hueso, como es su proceder habitual, lo escupe sobre las odaliscas más cercanas y ellas, después de limpiarse con una punta del velo y suspirar con aconsejable prudencia, continúan recostadas o tendidas según su rutina y oficio.


Pero la princesa Yaurína muy al contrario que subordinarse, coge la mano de su amado y esconde su cuerpo tras él. Es una procacidad tan ofensiva, que atrae al instante toda la atención de los cortesanos y por eso, mucho antes de que algún soldado intervenga inflexible para obligarla, Olerei-muzá intercede con vehemencia.


--- Gran majestad, la princesa Yaurína tiene mi palabra de ser reconocida conforme a su rango y jerarquía, os ruego vuestro pláceme.

--- Concedido, respetaremos de momento vuestra palabra, pero me gusta esa mujer y quizá me la quede. ¿Puedo ver ahora ese extraordinario presente, que merece tan desmedida recompensa en plata?


La tensa situación creada como se comprende era bastante incómoda y por descontado, que debido a las palabras del rajá y a sus despóticos modales, no era de esperar que mejorase en absoluto. El capitán Pinturero, muy enojado por la parrafada insolente del soberano, contestó a la pregunta con la calma de un zangandullo:

--- Podréis verlo solamente, cuando las cien mil barras de plata estén apiladas a bordo de mi nave. ¿Os parece bien?, so puerco depravado y chaparradudo.


El mutismo más denso se unió al estupor, como la moscarda azul a las heces. Tal fue el respingo, que a todos los presentes pareció que les dieran espuela al ventral. Nunca jamás, ni tono ni locución semejante se había pronunciado en el palacio negro y mucho menos, para tildar al rajá. Como es natural, incluso el señor Pipermin medroso tragó saliva como si fuera gargajo, pero nuestro comandante Pinturero, sin temor a nada, irguió la cabeza, cerró los puños y cruzó los brazos. Ni el más mínimo parpadeo y mucho menos temblor, pudo atestiguar nadie.


El rajá por descontado, que reaccionó de un modo distinto; al envilecido soberano se le acentuaron las venas del pescuezo y su cara debido al acceso de ira se tornó de color azafranado. Solim, ya recuperado de la impresión, comprendió al instante la necesidad de calmar los ánimos y con la diligencia requerida por el grave incidente, se aproximó con prontitud al maharajá, para secretear unas palabras con él.  Apenas fue un minuto y milagrosamente, los cuchicheos hicieron su efecto, el soberano se sentó y Solim, frotándose las manos, se acercó al Pinturero.

--- Señor comandante, si acaso gozabais de siete vidas, habéis consumido seis con vuestra última frase, lo lamento, ahora no recibiréis la recompensa.

Cuanto más precioso sea un palacio, más horrendas serán sus mazmorras. Y no lo decimos solamente por el ornamento, nos referimos como es natural, al refinamiento encarnizado en todos los aspectos de la tortura. Una lacónica mirada a los elementos y utensilios de lacerar y los suspendidos en la ingle, se acartonan y brincan subiendo por el cuerpo timoratos hasta el gañote. Aunque por esta vez, sí todo acontecía como era de esperar, nuestros protagonistas salvarían el amenazado pellejo gracias a una genial estrategia del Pinturero.

En breve plazo, las posaderas de nuestros amigos, incluidas las bien formadas nalgas de la princesa, fueron a reposar en los húmedos y nauseabundos empedrados de los calabozos. Entre pajas y mugre y vecinos de toda condición, pero más inocentes que culpables, quedan a la espera de la eventualidad.