El estrecho de la Andanada

 

 

 

                        El comandante por fin, se zafó de los besos y abrazos que le impedían patronear la nave y ya sin más moratoria, ocupó su lugar de gobierno.

--- ¿Nos han visto señor Laraña?

--- Todavía es muy temprano, puede que los centinelas estén adormilados.

--- ¿Cómo es posible que no dispongan de un vigía de torrero?

--- Seguramente hace muchos años que no cruza vela ajena por aquí.

                        La neblina matinal producida por la humedad frente a la costa, sería en esta ocasión su mejor escudo, pues en cuanto fuesen avistados, la protección de todos los santos consagrados se haría imprescindible.

--- ¿Qué indica el cataviento Laraña?

--- Sur suroeste señor.

--- Perfecto, enfilaremos el canal con todo por barlovento, así que pongamos el timón al canto para luego encarar y que ande la nave sin estorbo.

           En eso estamos, cuando aparece por el portillo derecho de la canasta el señor Pipermin. Viene calzado, vestido y dispuesto para la contingencia.

--- ¡A la orden comandante! Permiso para enfaenar la misión.

--- Lo tienes Pipermin, preparemos la nave para la batalla, la sorpresa y el viento de popa nos favorecen. ¡A por ellos!

--- A la orden capitán. ¡Laraña, zafarrancho de combate!

--- ¡Atenta la gente, enemigo en tierra, zafarrancho!


                   En menguado periquete se alinearon las piezas a buen tiro, se amunicionaron las chimeneas desde la punta al remate, se afianzaron las barricas y tinajos, se apuntalaron los manparos más quebradizos de los pañoles, se cegaron las lumbreras más comprometidas con catalufa, se remontó a cubierta la espadilla de gobierno por sí en la refriega partiese la caña del timón y, los pellejos de ron y botijones de agua, que son mano de santo, para salvaguardar el gañote expurgado de pólvora y añadir más ímpetu al coraje, se acampanaron a los flancos de las portillas.


--- Nave asistida y dispuesta comandante. Ochenta servidores a las flautas por estribor, todos los artilleros de cartilla en su lugar, cien tiradores de mosquete prestos, sesenta honderos al abrigo y siete falconeteros a la borda; el resto a reserva.


--- Ningún hondero subirá hoy a las perchas, varía su tarea Pipermin.

--- A la orden señor.

--- Laraña, un retén de veinte al sollado por si hay que achicar. La gente a la brega con coseletes y mallas, no quiero heridos leves.


              A nuestro comandante no se le escapaba una, y por eso las victorias en su oficio eran rosarios.  Un experto en navegación y un virtuoso en estrategia, eso era.


--- Señor Pipermin, tres hombres al palo, quiero ver el fondo. Derrota al fosco horizonte y timón trabado.

--- A la orden. ¡Tres al trinquete! Una cuarterola de ron a quien aviste escollos o quebrantaolas en el fondo.

--- ¡Laraña, a capear de arfada con cebadera!

--- ¿Con cebadera señor?

--- ¡Sí, con cebadera, necesito el paño entero!

                No es nada incongruente, que el maestre de derrota quedase bastante desconcertado con la arriesgada orden de su capitán, pues la enorme vela cebadera, que se larga en el casi horizontal bauprés de proa y, cuelga rozando la línea de flotación, si bien añade un elevado impulso a la singladura, también acrecienta mucho el peligro de una indeseable cabezada y con las ráfagas arreciando ahora, era una temeridad. Pero naturalmente nada que discrepar, así que destacó un pelotón a la difícil maniobra y siguió atendiendo a lo suyo

                                             Solim Olerei-muzá, estaba maravillado, aquella tripulación era de lo mejorcito que había visto nunca y eso que un emir de Culameinar, como es de natural suponer, debido a su alta jerarquía, lo ha contemplado casi todo.  Alzó el emir su mirada hacia la cima del promontorio y preguntó:


--- ¿No creéis comandante que ese fortín está muy alto? Sus cañones no podrán encararnos.

--- No cantéis victoria Solim, muy pronto empezaran a llover piedras de catapulta y nos caerán morteradas de brea ardiendo y entonces, a fe mía, que deberéis encajar el turbante y ceñir el ombliguero, pensad en ello.

                           Olerei-muzá no contestó, ahora efectivamente tenía motivo muy serio en que pensar, pues no en vano la brea ardiendo y los pedruscos de vasto calibre desde tamaña altura, arrugan el ánimo guerrero y por supuesto, si te pillan, todo lo demás.

           Subidos los vigías a la cofa del trinquete, escrutan el fondo marino con el oleaje a su pleno favor y cantan:


--- ¡Atento el gobierno, canal limpio y hondable!


               El comandante Pinturero sonríe complacido por la noticia y a su lado el maestre de bitácora, como es lógico pensar, respira muy aliviado.


                     Cuando en la ciudadela, el amodorrado centinela de la torre se desperezó, el Brisa Huracanada navegaba ya en aguas del mismo estrecho y por descontado, con el primer paramento de las murallas a tiro. La chifla del clarín de guerra y el repique del tambor, quedaron al instante apagados por el estruendo de sesenta cañones. El paso del estrecho había comenzado.


--- Pipermin, baquetear a fondo y tres arrimadores por pieza, más carga y menos cebo. ¡Quiero más rapidez!

--- ¡Artillero mayor, seis brazos más a las ruedas y abreviad las andanadas!

--- ¡A la orden señor! ¡Los de babor al refuerzo! ¡Uno por cada dos piezas al acarreo, otro a servir el voleo por boca y los que queden, a la greña con el manejo!


                     Con semejante marinería y mucho antes de recibir una seria respuesta de la ciudadela, la segunda andanada de sesenta a la vez, con doble carga, hizo añicos el cuarenta por ciento de las defensas en tierra.


                               La nave a trapo que revienta, se vence inclinada de proa al sometimiento forzado del viento que recibe y el humo gris de la pólvora expedido, se adelanta en sucesivos círculos paridos por la negra boquera del cañón en trayectoria al blanco, hasta que faltos de ímpetu se disipan. Lo más primordial en un artillero, es el buen ojo en la medida de pólvora que se baquetea y lo más importante en la batería, es darle nueva zambombada al rival en veinte silbidos.

                                  Puesta la zanca en la brega, la marinería reniega pestes del enemigo por puro hábito y lógicamente expectora a las tablas por necesidad, la fajina se acentúa con el ansia de aniquilar y la parca acecha. La tercera andanada es completa a buen tiro por pura casualidad y tras la cuarta, bastante menos acertada, el condestable artillero ordena relajar la carencia y desciende a la tercera cubierta para ver el blanco.


--- ¡Alto el humo! ¡Los artilleros al cálculo!


                         El maestre de tiro acomoda la experiencia al oficio y ordena embutir nueve puñados por fogarada, la gente le obedece al punto y así, la ciudadela recibe de nuevo colmada.


                 La confusión más insólita se apodera de los servidores de la muralla y las piezas que se salvan, están muy esquinadas para enfilar bien y dar estrago. Los pilones serios y graníticos de las almenas, reventados a degüello por los nutridos cañonazos, son metralla mitad fierro y mitad esquirla de piedra devastadora y, en la franja del impacto, el cataclismo es total.


--- Señor Pipermin, que se disperse a los cautivos de la sentina, no tardaremos en recibir por el aire.

--- ¡Laraña, dad franquía a los presos y ojear a lo alto!

 

                      El comandante Pinturero casi nunca se equivoca, pues en el fortín en ese mismo instante, dan suelta a las cinchas de las catapultas y la brea con forraje encendida y escampada por el viento, baja calentado. Pero sin lugar a duda, lo peor ya había pasado, pues la ciudadela en llamas no respondía al cañoneo.


--- ¡Atención en la cubierta, a las barricas! ¡Gente sobrera al trapo! ¡Preparados con agua y espartillas!

 

                          La tripulación hizo frente al tráfajo con gallardía y la brea en llamas, a pesar de ser muy abundante y repartida, solamente logró chamuscar la vela cangreja y cinco maromas. Una buena ristra de fortuna en la batalla, aunque ahora, venía por arriba otro tanto.


--- Pipermin, prevenid al cotarro de la morterada.

--- ¡Al resguardo la tropa! ¡Bajan piedras!



                                 Tres morteradas de piedra hicieron blanco en la nave: la primera dio a cuatro codos del remate del botalón de proa, otra, atravesó el puente y las tres cubiertas y ya finalmente, quedó partida en el madero dormilón de quilla y la tercera, desarboló por completo el mastelerillo del trinquete en la quinta jarcia. Pero en total, nada serio.



                                El Brisa huracanada ha pasado sin sucumbir, vira de tres vueltas de caña toda a estribor y pone rumbo hacia Amayute.   El capitán y toda la tripulación gritan al viento que les empuja con fuerza y sin amainar su gran victoria, y en tierra, quedan las ruinas y el humo.


--- Pipermin, capeando a medio paño, rumbo a estribor.

--- De acuerdo capitán, a por las hembras de Amayute.

--- Antes de pensar en corraletas y prostibularios, destacad un buen cordelero al escandallo, porque no disponemos de mucho calado.

--- A la orden señor.



               El Pinturero está en lo cierto, y no es que otrora visitase las aguas del mar Escabroso, sino que el tinte azul turquesa de las mismas se lo sugería.   Fue entonces, cuando el príncipe Solim se acercó a su persona y dijo:


--- Enhorabuena comandante, el Califa de todas las naciones costeras sabrá de vuestra hazaña, Solim os lo promete, ha sido fantástico.

--- ¿Pensáis en verdad que ha sido una hazaña?

--- Por supuesto que sí, ningún otro comandante del océano Caliente puede salir victorioso de una brega semejante y mucho menos, remolcando una balandra.



                     Era cierto, pero lo que nadie supo nunca y nadie lo sabrá sí nadie lo cuenta, es que el Pinturero en ningún momento de la refriega recordó ese pormenor, pues no debemos olvidar, que se incorporó al mando un poco precipitadamente y con las rodillas respingueando, y esto último, no por miedo.