|

Catorce cruces jalonan el
camino, trece son ya los muertos.
Solamente uno queda y a por
él, los decrépitos sayones inmundos del rey
Falsario,
como lobos hambrientos,
jadean y le buscan, husmeando en el cieno,
escrutando el
lindero, avivando su odio,
reforzando su miedo.
El herido agoniza, se
arrastra por el fango, debe llegar al bosque, quizá
allí guarecerse,
más la fuerzas le fallan, el dolor se acrecienta y
mana de su
herida, esa savia escarlata, que su aliento
arrebata, y le roba la vida.
¿Cómo fue que pasó?
¿Quién le puso en la lista?
Pues nadie le advirtió, que
por hacer el bien, sería perseguido, sería
despreciado, sería
aborrecido, sería acorralado y aún más maldecido.
Pero llegan los lobos, ya
barruntan su rastro, son sayones terribles, son
verdugos lacayos, la
espesura está lejos, no es posible burlarlos, es el
fin de un buen hombre, un
destino malvado, es el diezmo al indigno,
y es el fin de un honrado.
Ahora ya nada importa, de
nada se arrepiente, nunca a nadie hizo daño,
siempre fue buen creyente,
ya cesan sus enojos, ya cesa su agonía, y esa maldita
suerte, que a su ser
dejo inerte, le lleva a tumba fría.
Dios
confunda
al hediondo Falsario,
que vendrá convertido
en
serpiente, como siempre a
tomar sus
despojos, como siempre a
gozarse en la muerte.
|