Esta es la veraz historia de una reina extraordinaria y un insólito pirata; yo estuve allí.   Nunca relato tan azaroso y sorprendente vio la luz.  

                 Conocí como nadie a esa original pareja y puedo dar testimonio, que jamás en dama y caballero se apiñaron tantas cualidades propias de su sexo.   Pocas son las ocasiones, donde en el infructuoso páramo de la más absoluta discrepancia, un hombre y una mujer tan drásticamente divergentes, alcancen pese a todo y todos, una comunión de almas.

 

                   Es misión de narrador, dar verídica reseña de todo cuanto acontezca y debe legitimarlo con su palabra y empeño; más no obstante, no todo lo acontecido llegó a mi conocimiento y teniendo que inventar, les pido perdón por ello.

 

           Así fue como ocurrió y a mi manera lo escribo, no empiezo como debiera, pero al comenzar opino, que nunca importa el comienzo, lo que cuenta es el camino.

 

 

 

                                                                          En el filo del mar

 

 

Primera parte

 

                       En la orilla del mar de nombre Sosegado y más concretamente, en la contraída e infigurable gruta de las Algas Azules, acontece en éste preciso momento pues es imperioso que acontezca sin más dilación, la denominada tertulia anual de los bucaneros juramentados antagonistas.   La chorreante oquedad como era de esperar está muy concurrida.   Por ventura y merced a un inevitable compadraje infrecuente, asisten a la reunión los encomendados poderhabientes de los siete mares cálidos y por descontado, que ya era fecha, pues no en vano, el dilema que les toca porfiar con aborrecimiento les afecta sobremanera y ya de raíz, la empantanada solución.      El representante del capitán hijo mudo del Pinzote discute exaltado con un colega:  

 

 ---  Nadie me puede decir a mi, como tengo que decirla y de la manera que tengo y menos, un pingajo de bucanero cualquiera.

 

--- ¿Pingajo?  ¿Una peste de farfolla y fachoso me llama a mí pingajo?

 

--- ¿A quién llamas fachoso?  ¿Habéis venteado hermanos?

 

---  Pues claro que han venteado, casta de mocarrera, y además de tal fe, atufas a escoria y pispajo de la inmundicia.

 

--- ¡Yo mocarrera!  ¡Saca el hierro y ponte a espichar!

 

--- ¡Ya salió pispajo, acércate ahora y envainaré la hoja en tus asquerosas tripas, hedor de letrina!

 

---  ¡Hijo de las babas chorreadas por mil chingos, has llegado a tu muerte!

                      

--- ¡Basta ya la pendencia !  ¡Cualquier comisionado o hablador y hablante en esta tertulia, debe pedir la palabra a mí que soy yo!  ¿Estamos de acuerdo ñiquiñaques?   ¡Los hierros al cinto ramplones, porque de otra suerte, le chaveto la lengua a la napia con argolla de garfio al que sea!

 

---  Bien está, hierro fuera, pero entonces yo pido la palabra el primero.

 

     Por fin y al parecer, la entonada locuacidad del presidente y su contundente amenaza, había hecho su efecto en el informal concilio, más no obstante, con determinados individuos nunca se sabe, pues un pirata es de mucha fortuna que no se resbale de verborrea a cada rato.  Con todo, el presidente mencionado y apodado Lonchatocino por su divulgada afición a esa pitanza, sintiéndose satisfecho enfatizó:      

 

---  El delegado del comandante de las islas Pecas tiene la voz.   Adelante comisionado, despachad.

 

--- Digo lo que dije antes, que mi patrón el Cangrejo Pingo dice que no; pero ahora también digo, que los cañones decidirán la cuestión.

 

          El desbarrar que hemos citado antes ya ha comparecido.  Llegados y puestos en tesituras amenazadoras, el enviado del comandante Tiritaña que nunca ha tenido crines en la lengua contesta enrabietado y retador:

 

--- Pues sí el verraco del Cangrejo Pingo quiere humo, por las barbas acuchilladas a contrapelo que lo tendrá.

 

    Al velludo presidente del consejo ya le estaban saturando la pachorra, pues no era él, desde nunca, un pirata de caletre chispoleto y muchísimo menos, indulgente o permisivo.  Aún así y a consecuencia de la carga de venado que le flotaba en el vino de las tripas, golpeó de nuevo la mesa con el machacado cacillo del ron y sentenció:

 

---  Tregua, el delegado del Tiritaña debe ser más tolerante; aunque mirado desde otro parecer, cuando algún mandón de la piara quiere humo, siempre hay humo.

 

       Un destacado manifiesto muy acorde con la chusma, pues cuando un representante de la canallesca vaticina humo y otro sin pestañear lo ratifica, ya es cuestión de mucha inminencia el sacar la mecha al sol y embutir la pólvora al foguete, pues se emparejan puntas cuadras.   Por ese vaticinio y adivinando el velado encartamiento del presidente Lonchatocino, el antipático y arrogante vocero del Cangrejo Pingo da por concluida su asistencia y así, sin ningún oprimido miramiento contesta amenazador:

 

---  Por la ponzoña de mil culebras que ya estoy harto, hasta nunca asamblearios y tened bien presente, que navegar por el mar Arenoso será vuestra muerte.

 

     Como bien se huele y se adivina sin tapujos, fue un sarao muy polémico y negativo y debido a tal se prolongó durante nueve interminables horas, pero aunque el concordato ese nefasto día no pudo conseguirse de ninguna manera, tampoco en esta oportunidad se desfachataron demasiado.  Por lo pronto a eso de las siete de la tarde y sobradamente enronquecidos, pero sin sangre ni descalabrados todavía, los delegados regresaron a sus alcobas en la posada.

 

 

 

       Entre los bucaneros sin patria y la truhanería de terruño, como es harto confirmado en todo lugar no existen desafectos ni diferencias y por tal fama sabemos, que atesoran la notoriedad de maldecidos, pero es incuestionable y debe en honradez aseverarse, que no todos los filibusteros son así  Y lo anterior viene a cuento sin fantasear, pues requisito cabal es que a partir de éste momento nadie ignore, que el paladín de éste relato muy al contrario que sus abominados colegas, es un pirata íntegramente ejemplar.       Nadie osaría calificarle de tragasantos por su religiosidad, ni tampoco lo harían de magnánimo por su bondad y muchísimo menos le tildarían de desprendido por su altruismo;  pero les puedo jurar por la hoja del sable que me mantiene vivo, que posee un corazón limpio y sincero, honorable y justiciero, como no hay par.   Y eso lo afirmo y es, como liturgia de cierto.  

 

         El capitán Pinturero, comandante pirata del impresionante galeón cañonero el Brisa Huracanada, es un mocetón de pierna larga y músculo atrayente, un gallardo ejemplar de filibustero, con la donairosa y elegante apostura de un rey, un espadachín de lo más sobresaliente y un trovador gentil, en definitiva, imposible alambicar a nadie a su misma traza.   

       Nuestro protagonista no espera frutos positivos de la reunión en la gruta, nunca ninguna de ellas concluyó con semejante resultado, no obstante eso, hizo como hicieron todos y envió a su delegado.

     Más por ahora dejemos a los representantes y su espinosa comisión negociadora y emplacémonos en la toldilla del galeón Brisa Huracanada, pues hay novedades.

 

--- ¡Atento el zafarrancho!  ¡A sotavento una galeota de dos vergas pabellón blanco ondea!   ¡Y viene arrimando!

 

---  Disculpad señor, ¿oísteis cantar la vela?

 

    El capitán Pinturero, que no movió un músculo, con su mirada serena habitual y en este instante perdida en el horizonte granate de estribor, amanera un gesto displicente y contesta:

 

--- Es imposible no hacerlo mi fiel Pipermin, la voz de ese vigía tralla como ninguna.  Que se arrime esa galeota si es tal lo que pretende, y veamos a quien le pinchan los demonios.

 

---  A la orden capitán.

 

    Al comandante le desquicia sobremanera que le importunen cuando fluye en su intelecto la antojadiza inspiración, algo por otro lado bastante corriente entre rimadores, pues un verso con alma es de difícil componer.  Pero claro, son gajes del oficio y le fastidie mucho o poco, su sustento y oficio de momento es la piratería y en ningún caso por descontado la poesía.

 

     El señor Pipermin, valioso piloto y amigo de su comandante Pinturero, es prójimo de lo mejorcito que resuella en el mar del Camarón Opalino y aparte de tal, es un profesional tripulante, como el penacho enardecido de una ola gigante.

 

--- ¡Gente a las perchas, nave holgazana al pairo!  ¡Listos para entregar el abordaje, prevenidos seis y metralla rompedora al vientre!

 

    El condestable artillero, siempre atento a los voceos en las cofas y por consiguiente, presto al cumplimiento de las órdenes que procedan de la canastilla del puente, mucho más próxima a la tarima, contesta a grito largo:

 

--- ¡Atentos y listos señor, rompedora al vientre, seis artillados y mecha corta!

 

   Al menor movimiento belicoso de los tripulantes de la galeota, por las barbas engrifadas del gran musulmán y su teosofía, que tragarían metralla fundida a boca de cañón.  Ni el más mínimo susurro se escucha en cubierta, la gente se asoma al madero servido de borda y, con vista de lince, atisba curiosa a los que van llegando.

 

     En pocos minutos, el imponente Brisa Huracanada queda inerte sobre las olas al bamboleo de la resaca y en la galeota remera, el patrón, da resueltamente las órdenes oportunas:   

 

---  ¡Abatir remos!  ¡Replegar remos!  ¡Izar remos!

 

    La maniobra fue corta pero precisa, la pequeña embarcación dio un golpe seco en el casco y se acomodó a babor del soberbio galeón.  El cabo lanzado de amarre fue asegurado y en eso, dos notables con turbantes y ropajes ostentosos, a mucho resaltar, ascendieron por la escala.

 

    La marinería quedó muda de embobamiento al contemplar a los recién llegados, ni los soberanos más acaudalados podrían vestir de tal guisa.  Que cantidad de filigranas de oro y plata en los atuendos y que exageración de libras en pedrería.   ¡Ni en el sueño más fantasioso se avizora un derroche de tal opulencia!

 

     El primero en pisar el maderamen y al parecer de más alta jerarquía, a cortés modo de saludo llevo su diestra a la frente y luego al corazón  y con parsimonia preguntó: 

  

---  ¿Sois vos el capitán Pinturero?

 

--- No acertáis, soy el contramaestre Laraña.   El comandante frecuenta el castillo de popa.

 

         Los visitantes ni siquiera se inmutaron y, con el paso ajustado y elegante que proporciona el vuelo corto de la capa se dirigieron hacia allí.  De nuevo:

 

---  ¿El capitán Pinturero, sois vos?

 

---  Estáis ante el piloto y primer oficial Pipermin.  El capitán os espera en su camareta, seguidme.

 

    Por fin, alcanzaron la presencia del dueño y señor de aquella fortaleza navegante y su capitán, arrellanado al otro lado de la mesa y con una mano descansando en ella y la otra reposando tras la nuca, les miró atentamente  un momento y dijo con frialdad:

 

----  Sed bienvenidos, usad banqueta si os place.

 

---  Gracias comandante, que Barajalá os colme de bendiciones y la diosa Faraladián de fortuna.

 

    Más nada, los visitantes no recibieron ninguna contestación, solamente eso sí, una ojeada escrutadora y muy desconfiada.  Algo por otra parte bastante habitual en el Pinturero, que para recelar de todo, era con creces peculiar. 

 

---  Disculpad, ¿os importuna nuestra visita capitán?

 

---  Nada de eso caballeros, os alcanzaré mi diestra en cortesía cuando descubra vuestros cinturones ocultos tras las capas.

 

     Los visitantes descifraron al segundo, por lo tanto, pronto se quitaron ambos la capa y se dieron media vuelta, para que de tal guisa se pudiera constatar la ausencia total de armas en su cintura.  Tras la rápida comprobación, el brazo del comandante surgió disparado como un latigazo y la brillante macheta, que había conservado escamoteada a la vista de todos en la nuca por extrema conjetura, atravesó el aire del camarote como un relampagueo y al cabo del siseante vuelo, se hundió tres dedos de hoja en la cuaderna del fondo.   Y es muy natural y obligado comentar, que los  aturbantados arientales quedaron muy impresionados, porque aquella endiablada rapidez y acierto del tiro habrían superado el de un mosquete.   Aunque por otro lado, un alarde así no lo justificaba en absoluto la desbravada conducta de los recién llegados.   Al punto y sentándose frente a ellos y tras estrechar sus manos les dijo:

  

 ---  Dadme ahora vuestro nombre, vuestro rango y la razón de vuestra visita.

 

---  Mi nombre es Solim Olerei-muzá, y mi elevado rango, emir de Culameinar.   Él, es el gran visir Salazám el-aidil.  Y la razón de nuestra visita, es la encomienda de una difícil misión para vos.

 

     Nuestro Pinturero ni siquiera se molestó en ceñir cejas, ya que para él las difíciles encomiendas estaban fuera de lugar y lejos de ser aceptadas, no era bucanero de riesgos inútiles.  No obstante y vencido por la curiosidad  pregunto:

 

---  ¿Y para qué desventajada misión soy menester?

 

--- Conduciréis este pequeño cofre para ser entregado a nuestro primo el rajá de Puntalabar, ciudad situada en el extremo sur del mar Escabroso.

 

---  Vuestra petición tiene mucho reparo, el mar Escabroso tributa sus aguas al océano Menguado, nunca la carena de mi nave se ha mojado allí.   Pero naturalmente que  si eso es lo que pretendéis, decidme: ¿qué cantidad en consonancia al riesgo cubriría la recompensa?

 

--- En este mismo instante cuatro jícaras de oro y un arcón de esmeraldas y al llegar a destino, sin regateo, cien mil barras de plata.

 

    El comandante Pinturero nunca se asombraba de nada, pero en esta ocasión y al sumar a pestaña cerrada semejante tesoro, quedó muy desconcertado.   Jamás, nunca que se sepa y eso lo prendamos por jurado a sangre, que en el océano de los siete mares Cálidos o en cualquier otro conocido hasta la fecha, un flete tan baladí fuese tan bien pagado.

 

---   ¿Qué garantía de cobro me dais?

 

---   Iré con vos en calidad de rehén.

 

       El Pinturero observó a su interlocutor con mucho interés y desconfianza, no es algo corriente, que alguien en su sano juicio se ofrezca voluntario como rehén a un pirata, así que con acritud le preguntó:

 

--- ¿Sois conocedor de los peligros que sin duda afrontaremos y que vuestra cabeza rodará tajada si promovéis falacia?

 

---  Sin duda capitán, pero no será mi cabeza la que ruede sino la vuestra, porque ya os adelanto, que es de vértigo contemplar tanta plata.

 

     Ese silencio pastoso que siempre precede a las complicadas decisiones que hay que tomar, se hizo bien presente, porque la indemnidad de toda la tripulación era para nuestro capitán lo primero.  Claro está, que lo segundo era la bolsa, así que:

 

---  Está bien emir, acepto la encomienda, pero debería saber algo más antes de afianzar trato, me intriga sobremanera una pregunta: ¿qué contiene ese cofre?

 

---   No hay inconveniente en ello, abridlo vos mismo.

 

   El comandante Pinturero agradeció mucho la confianza, pues desde luego una carga tan provechosa y a la vez tan pequeña te pone la curiosidad a puntapelo.  Pero esta vez, no solamente quedó pasmado profuso, porque también boquiabierto quedó y, eso en él, era harto difícil.

 

---   ¿Alevines de mejillón?

 

---  Así es capitán, una especie muy rara.  Debéis atar el cofre a un cabo y mantenerlo sumergido durante toda la travesía, en caso de muerte o bien el extravío de los alevines no recibiréis ni una onza por la misión.  ¿Queda claro?

 

    Nuestro capitán asintió sin ninguna reserva, pues al fin y al cabo pensó, que la embajada no tenía cariz de celada, pero algo intrigado como era su carácter y vulgar chaladura, preguntó con sonrisa irónica:

 

---  ¿No hay mejillones en Puntalabar?

 

    Olerei-muzá no respondió, y el gran visir menos, así que la ausente repuesta pretendió quedar en un extravío, pero a un comandante como nuestro Pinturero descarríos le colarás muy pocos, pues su afilada perspicacia trapacera, competía con su franqueza y galanura.  De todas maneras, los moluscos y sus particularidades le eran totalmente desconocidos y es por eso, que al instante dejó de meditar en ello, pues ya tenía suficiente con cavilar sobre el procedimiento para emplear la formidable recompensa.

 

     Al poco rato los mandatarios orientales se despidieron y el gran visir, embolsado en su capote de tisú festoneado abordó la galeota y se perdió en la noche.  Algo más tarde, cuando entre las carenas de ambos bajeles se alcanzó la necesaria distancia, nuestro Pinturero ya en su lugar de gobierno gritó: 

 

---   ¡Señor Pipermin, atento a la maniobra! 

 

---   ¡A la orden capitán, preparado contramaestre!

 

---  Gente al palomar y trapo a toda señor Pipermin, rumbo a las Pecas y grasa a las portillas.

 

---   Pero queda en tierra el delegado de la gruta señor capitán, quizá no demore su llegada.

 

---  Ya le veremos a nuestro regreso, si por ventura regresamos.  Ahora escampavía, que crujan los mástiles señor Pipermin.

 

      Cuando nuestro capitán Pinturero daba una orden directa, la posibilidad de alteración era casi nula, pues no era hombre  de ir gastando saliva en vano y por otro lado, en cualquier bajel filibustero o de brigadier, las tareas se desempeñan tal y como te las ordenan y justo en ese momento, pues de otra suerte a podrir carne y alimentar peces te ponen.   Aunque es la pura verdad, que nuestro capitán jamás aplicó un correctivo hasta semejante extremo y, no por carencia de motivo, más bien no lo hizo por colmo de apego y misericordia.  Visto lo anterior, el primer oficial restalla el aire con la orden:    

 

---  ¡Contramaestre a la maniobra, listos para zarpar!

 

--- ¡Listos, señor!  ¡Timonel a la barra, gente a cubierta!  

 

      La maniobra comenzó al instante, los seiscientos marinos pusieron manos a la obra y de proa a popa, la nave hirvió en un ajetreo frenético.  El ancla de cruz remontó a su espernada en dos minutos, el trapo apiñado fue descolgado y afirmado a sus perchas en seis y, las portillas cañoneras, aviadas en tres.

 

---  ¡Atentos los juaneteros de popa, que suban y chirríen los garruchos, envergar lo suyo!  

 

     Solim Olerei-muzá, desde la canastilla del puente y junto al comandante, contemplaba el fantástico ejercicio con el natural asombro. 

 

---  Os felicito capitán, buena chusma os obedece.

 

---  Agradezco vuestro pláceme, pero repruebo vuestro lenguaje.  Sabed para depauperar en algo vuestra ignorancia, que toda la tripulación lee con positiva soltura y aparte de tal, es capaz de firmar sin tacha.

 

---  Por las babuchas del Sultán que es fantástico.  Os felicito de nuevo y os ruego que me perdonéis.

 

---   Mesurad a partir de ahora vuestras palabras.

 

     La conversación quedó al instante zanjada, el Pinturero molesto por el comentario bajó la escalerilla de estribor y se quedó en cubierta.   La arboladura recibía los primeros soplos y todo el enorme aparejo los primeros tirones.  La escandalosa bien sometida, se estremecía al viento según su costumbre y, sota el salitroso mascarón, el mar comenzó a espumar la quilla.  El Brisa Huracanada a paño entero y mucho porte hace rumbo bueno hacia las islas Pecas y con suerte, aquella singladura sería solamente complicada, en esa esperanza, cae la noche.

 

 

 

    Con el nuevo día y muy lejos de allí, comienza una nueva asamblea en la gruta de las Algas Azules, aunque esta vez, y como ya sabemos, asisten a ella solamente seis de los siete representantes facultados.    El Lonchatocino, pirata sanguinario y de muy conocida fama por cumplir siempre sus amenazas, comienza diciendo:

 

--- Tiene la palabra el mandadero del capitán Tiritaña, pero que masculle lo que tenga en el buche con respeto.

 

---  Gracias colega presidente.     Mi capitán me tiene dicho que no ambiciona trifulca, no quiere pendencias ni desconcordias y en conformidad a su palabra, sentencia y jura, que las aguas del mar Bruñido serán compartidas con el resto de capitanes.

 

       Por fin y ya era hora, que un capitán bucanero aceptase compartir sus plenos dominios. Pero lamentablemente, el comandante Tiritaña como su nombre indica era muy poca cosa.  Lo difícil sería conseguir el paso franco por el mar Tenebral y también el Arenoso, mares sometidos a fogonazo intenso por los comandantes Bocapuerca y Cangrejo Pingo.

 

---  ¿Alguien más se une al comandante Tiritaña?

 

---   Yo lo haré presidente mesero.   Así pues, en nombre de mi capitán el hijo mudo del Pinzote, voy declarando abierto el mar Viscoso.

 

        Cinco de los seis delegados uno tras otro, aceptaron de buen grado el estrenado estatuto de la navegación pirata, pues de tal manera, se salvarían muchas vidas, naves y cargas.  Más, a la hora de garabatear cada uno su marca en el pliego, el intermediario del comandante Bocapuerca no lo hizo y sin manifestar palabra se fue.  Con todo y sabiendo el significado del osado desplante, el jefe de la asamblea pregonó satisfecho:

 

--- Hoy queda proclamado ante nosotros el gran reglamento de los mares libres y, por el voto sagrado de la sangre y el sable inmaculado de los siete mandobles, el capitán o marino que no acate esta ley será pasado por la quilla, su nombre repudiado por la hermandad y su hacienda, sí es que la tuviera, saqueada al completo.  Ventura y conciliación fraterna sean concedidas, para la nueva cofradía pirata del océano Caliente.

 

      La reunión había concluido, los delegados muy satisfechos con el resultado fueron al hospedaje y recogieron sus bártulos, las cinco chalupas en el fondeadero ajustaron sus remos a los escálamos y al recibir a los representantes partieron en busca de sus naves.  Tarea que para algunos fue sencilla y para otros, como el negociador del Pinturero, imposible.  

 

     En honor a la verdad, el acuerdo prometía grandes ventajas para los avenidos, pero lo pernicioso es y debe esclarecerse sin demora, que de los siete comandantes filibusteros del océano Caliente, únicamente tres gobernaban galeones: primero por su vileza el capitán Bocapuerca, segundo por su bajeza el capitán Cangrejo Pingo y ya por último, nuestro capitán Pinturero.  Los cuatro restantes y lastimosamente, se adjudicaban una fragata, una corbeta, un bergantín y una goleta; un prorrateo de fuerza como se comprende nada tranquilizador y, esto lo indicamos, porque la morralla marinera sabe cabalmente, que solamente un galeón puede gallear frente a otro galeón, pues son bajeles poderosos de alto bordo, con más de ciento cincuenta codos de eslora bien arrimados, envergan así mismo aparejados de tres a cuatro palos y el trapo de su descomunal arboladura, casi al completo, es de velas cuadras.  Y para su poder, se adornan de baterías superpuestas y repartidas entre puentes, a una boca cada quince codos y por descontado, en la panza, duerme a la espera de la greña una enorme santabárbara.   Tal como se ve, es el navío más guerrero de todos los que pueblan las aguas de los siete mares y aunque debido a fortuna es posible y nadie lo discute, que una fragata y una goleta bien tuteladas consigan abismar un galeón, tampoco nadie litigará, que recibiendo un mayúsculo descalabro.   En definitiva, que dejando de lado al Bichero y el Sobreviento, galeones patroneados respectivamente por el comandante Bocapuerca y Cangrejo Pingo, el portentoso Brisa Huracanada era el único firmante del convengo con más de ciento veinte cañones.   Pero dejemos la trifulca de momento en manos de la eventualidad y regresemos con nuestro capitán.

 

 

 

    El Pinturero mientras tanto, reunido con su noble pasajero el príncipe de Culameinar, consulta en su cámara de popa las cartas de navegación y, por el ojo vacío de un galápago tuerto, que algo no le entusiasma:

 

---  Para llegar hasta el mar Escabroso príncipe Solim, hay que franquear el estrecho de la Andanada y eso es, os lo juro, como encontrar perdón en los infiernos.

 

--- Lo sé capitán, por tal impedimento os escogimos a vos y en consonancia a lo comprobado por mí hasta el momento, con un gran acierto.

 

---  Dad gracias a vuestra elevada oferta, pero no creáis que la misión es de cuerdos, necesitaremos mucha suerte.

 

---  Vos lo conseguiréis señor Pinturero, nada temo.

 

---  Esperemos que el Bocapuerca esté pendoneando por ahí, porque con ese bicho no pienso enfrentarme en su madriguera,  y menos con fuego cruzado.

 

    Y con razón, pues el estrecho de la Andanada es un brazo de mar, caciqueado por la caterva asquerosa del Bocapuerca.  Los cañones en la ciudadela son tan numerosos, que por más de cien se pueden contar y en el fortín elevado de la orilla opuesta, bombardas y catapultas cargadas y preparadas a todas horas, te pueden peinar el aparejo a destral.  De ello se deduce, que la angostura no es nada apacible de atravesar y tal afirmación no es bufonada ni chanza, pues muy pronto tendremos la ocasión de comprobarlo.

 

         Así calculando el riesgo y las medidas a tomar para su ventaja está el Pinturero, cuando:

 

---  ¡Atento el zafarrancho!  ¡Vela de cuchillo a la banda por estribor!  ¡Derrota a la deriva y sacude el trapo!

 

    El comandante otra vez ha escuchado el vozarrón del vigía, pues tiene los ventanillos de su cabina abiertos de par en par y un oído de fino atender, mira entonces a su invitado Solim y le dice:      

 

--- Bien, encaremos otra vez el destino, subamos al puente.

 

    A nuestro comandante Pinturero no le gustan las sorpresas, y eso es así, porque entre la purria bucanera tales alelamientos súbitos siempre comportan riesgo mortal y ojo, ni tan siquiera los repartos de saqueo son atinados de celebrar, porque fiar en un pirata, es de completa necedad.

 

---  ¡Catalejo señor Pipermin!  Encepar tres piezas.

 

---   Ya lo ha oído señor Laraña, municionar tres.

 

---   ¡Artilleros a la vía de estribor, que sean tres bocas, mecha junto a la chimenea y atentos al mando!

 

      La marinería ociosa pega el vientre a la borda y con vista forzada a contrasol escruta la distancia, pero naturalmente, el anteojo del capitán es mucho más preciso:

 

---  Parece una balandra de paseo de unos treinta codos, nadie gobierna y además, el trapo desmigado latiguea libre al viento.   Quizá sea un naufragio.

 

---   ¿Arrimamos la nave capitán?

 

--- Hacedlo si os place, pero en caso de duda quiero ver astillas.

 

     El guerrero galeón Brisa Huracanada se aproxima a la balandra con una precaución innecesaria, aunque obviamente, al comandante Pinturero jamás le pillarás con relajos ingenuos, que su palmarés en el combate nunca se debió a los ciento veinte cañones de su nave, ni tampoco a su gran temple, pues casi siempre, lo consiguió su cautela.

 

---  Chalupa al agua maestre oficial, que aborden ese cascarón y traigan noticias.  Estaré en mi cámara.

 

     El comandante desinteresado en la balandra regresó a sus mapas, pues cien mil barras de plata es abultado lastre en la ambición de un hombre.   Aunque por descontado, el peligroso estrecho de la Andanada en la península del Cuervo suscitaba su mayor inquietud, también lo hacía con motivo más que suficiente el puerto contrabandista de la Cañavera, desde donde el infame Cangrejo Pingo con maestría dirige sus incursiones.  Claro que, de cruzar con premura el estrecho y por ventura, sin coladeros de emergencia bajo el flote, tarea bastante complicada, podrían refrescar en Amayute y algo después, ya tranquilos, a timón enfilado hacia el golfo de la Espina.

 

      La balandra mientras tanto fue abordada y al poco rato, el maestre oficial, cuatro marinos de custodia y tres prisioneros, empapados a calar, llegaron a la cámara del Pinturero.