Mini-cuentos de Marquimar

 

 

 

El payaso despreciable

 

 

     

 

   

Fue un excelente payaso, uno de los mejores de su tiempo, nadie en el circo ganaba más dinero que él.

Pero no era buena persona, pues aunque lo disimulaba, su malvado corazón odiaba a los niños.

 

 Llegó la Navidad y se programó una sesión especial para los niños pobres; nadie del circo recibiría

salario ese día, pues la entrada era gratuita.   Todos aceptaron, pero el payaso despreciable se negó y como

 era la mayor atracción del circo, el director no tuvo otro remedio que pagarle.

 

Terminado el espectáculo, llamó a la puerta de su vivienda-caravana, una anciana que dijo ser la abuelita

de todos los niños pobres, una mujer de paz en el rostro y dulce mirada, que le amonestó por su

despreciable comportamiento.   El payaso no quiso escucharla, la insultó y cerró la puerta.    

 

Al día siguiente, cuando se maquillaba para salir a la pista, su mano derecha, que tantas veces había pintado

 su cara, dejó de moverse, sus dedos no le obedecían, no podía pintarse el rostro y por lo tanto, sin la máscara

de payaso, no pudo trabajar.   Pasaron varios días, su vida era normal, pero cada vez que intentaba pintarse,

de nuevo sus dedos se negaban a obedecerle.   Pidió a sus compañeros que le maquillaran y aunque lo hacían

bastante bien, al salir a la pista, la pintura siempre desaparecía y naturalmente,  los componentes del circo

tuvieron miedo y no quisieron ayudarle más.     Visitó a médicos especialistas, adivinos,  brujos y brujas,

pero nada le solucionaron, nadie supo decirle nunca la causa de su problema.

 

Una mañana, se encontró en un parque a la anciana abuelita de los niños pobres, que sentada, daba

de comer a las palomas.    No había pensado en ello, pero ahora comprendía, que fue ella la culpable de

su desgracia, le pidió perdón y solicitó su ayuda.    La mujer le dio una caja de pinturas y le hizo prometer,

que en adelante debería amar a lo niños, o en caso contrario, su desgracia sería peor.    El payaso aceptó  y

regresó al circo.   Aquella noche por fin, pudo maquillarse con las pinturas que le dio la anciana y de nuevo,

triunfó en la pista.    Pasaron algunos meses y un día, el director del circo pidió dinero a todos, para la

costosa operación del hijo del domador de leones, al que por desgracia, uno de ellos le había arrancado un

brazo de un zarpazo.    El payaso negó su ayuda y aunque todos se lo recriminaron, a él no le importó.

 

Esa misma noche, cuando el despreciable payaso salió a la pista, el maquillaje comenzó a cambiar su

rostro una y otra vez, de tal forma, que en vez de la gracia habitual que producía, empezó a infundir un miedo

terrible a los niños, pues el maquillaje reflejó fielmente en su rostro, toda la maldad de su alma.    Los pequeños

gritaban de miedo y huyeron junto a sus padres y entonces, el payaso fue detenido por la policía y un juez

le condenó por daños psicológicos a los niños.    Poco más tarde, el dueño del circo le despidió.

 

 

 

Hoy en día, el payaso despreciable es la persona más pobre del mundo,

pues a su indigencia social, se añade su miseria espiritual. 

 

 

   

   
   

 

   

Narración registrada en la propiedad intelectual

 

 

Mini-cuentos de Marquimar

 

 

 

El brujo ambicioso

 

   

   

 

Fue el tercer día de la temporada de las lluvias grises, cuando se reunió el gran consejo de brujos más

brujos que en el mundo hubiera.    Todos estaban allí, cada uno de ellos traía consigo su última poción

o conjuro, y también, mil piezas de oro para el ganador del concurso.

 

Tamberlán, el más viejo, había conseguido una curiosa poción, que transformaba lagartijas verdes en

lagartijas amarillas, pero naturalmente, no ganó el premio, pues verdes o amarillas, seguían siendo

lagartijas y para las pócimas de conjuros, da lo mismo un color que otro. 

 

  Cubernios, el más jóven de ellos, consiguió una gelatina de nueces que mezclada con vino tinto

daba un sabor especial a la pócima para convertir hombres en ratones, pero no ganó el premio,

pues el sabor no es primordial en una poción de conversión, ya que los hombres que van a ser

convertidos en ratones, nunca se la beben voluntariamente y por gusto.

 

Uno tras otro fueron presentando a sus colegas sus brujerías y descubrimientos, con la esperanza de

ganar el concurso.  Casi todos los años conseguían el premio los conjuros o pociones que más poder

aportaban a los brujos, un poder maléfico, que basado en el terror, obtenía el acatamiento y

obediencia incondicional de reyes y vasallos.

 

 Denostal, el brujo de las marismas, era el hechicero más ambicioso de todos, pero como nunca fue

 un buen estudiante, sus pócimas eran simples chapuzas que el resto de brujos siempre celebraban

burlándose de él.  Pero está vez, había conseguido la poción para convertir a los brujos en personas

normales y así, si lograba que sus colegas la bebiesen, él ganaría el premio y entonces aparte de ser

inmensamente rico, sería el único brujo que quedaría en el mundo y su poder infinito.

 

Cuando a Denostal  le llegó el turno de la demostración, dijo que buscando una poción para

llenar de verrugas a las princesas hermosas, solamente había conseguido una buena sopa y por lo

tanto, no se presentaba al concurso.   Sus colegas se burlaron nuevamente de él, pero puesto que ya

era la hora de la cena, todos probaron unas cucharadas de la mencionada sopa.   Dos horas más

tarde, cuando a medianoche debía proclamarse el ganador del concurso, los brujos empezaron a

comportarse de forma extraña, se miraban unos a otros sin reconocerse, contemplaban sus ropas

sin entender el motivo de su vestimenta, no podían comprender que hacían allí, habían perdido

completamente la memoria, ya nada recordaban del pasado.    Denostal entonces, reclamó para sí

el pago del premio, pero todos se negaron a darle las mil monedas que portaban y el brujo furioso,

les amenazó con convertirlos en ratones, pero a nadie impresionó su amenaza y se rieron de él.

 

Denostal montó en cólera y pronunció el conjuro anunciado; una tras otra, la palabras mágicas

salieron de su garganta y una gran luminosidad producida por relámpagos y rayos, iluminó el

claro del bosque con tétrica claridad.  Sus anteriores colegas convertidos en hombres, empezaron

a retorcerse de dolor, a la vez que caían al suelo profiriendo aullidos.  Al cabo de veinte segundos,

estaban completamente transformados, pero no en ratones, pues Denostal se había equivocado

 como siempre ocurre con los chapuceros, y pronunció un conjuro cuando para esa ocasión

era menester una pócima:  los había convertido en leones.

 

 

 

Hoy en día y desde aquél día, Denostal aún se encuentra en el purgatorio negro

pagando sus maldades, pues los leones se lo comieron.

 

 

 

         

Narración registrada en la propiedad intelectual

 

Mini-cuentos de Marquimar

 
 
 

 

 

 
 

El bosquecillo

 
     

 

   

Se llamaba Trapolín, y cuando tuvo lugar esta historia que os contaré, el muchacho tenía nueve años.  

 No recuerdo muy bien dónde fue que pasó, pero si lo que ocurrió.   Trapolín regresaba de la escuela y como

siempre para llegar a su casa, debía de atravesar un bosquecillo de cedros y pinos de un verde maravilloso, un

precioso lugar donde ardillas y pájaros, tenían sus madrigueras y nidos.   Cada día al pasar, Trapolín cantaba

la misma canción y las ardillas, que son unos animales muy curiosos, asomaban sus cabecitas entre las ramas

para ver y escuchar al chico.    Una de las ardillas, intentaba subir por una rama una enorme piña hasta su

madriguera en un hueco del árbol, pero era tan grande y pesada la piña, que se le cayó.   Entonces Trapolín,

recogió la piña del suelo y encaramándose al pino llegó hasta la madriguera, pero el agujero era demasiado

pequeño para meter tan enorme piña, así que el muchacho descendió del pino y se llevó la piña a su casa.

 

Al día siguiente, que era sábado, metió en el horno de la cocina el fruto del pino y con el calor, la piña fue

abriéndose hasta que puedo sacar uno a uno los piñones.   Algo más tarde, después de ayudar a su madre en

las tareas de la casa y terminar con los deberes del colegio, Trapolín, aprovechando que tenía que ir a por

leña para la estufa, pues en casa no tenían dinero para instalar calefacción, regresó al bosquecillo y después

de conseguir un buen fajo de ramas secas, se encaramó de nuevo al pino del día anterior y metió los piñones

en la madriguera de la ardilla y satisfecho por la buena acción, regreso a su casa.

 

El lunes siguiente, al regresar del colegio y pasar por el bosquecillo, cantando como siempre, encontró en mitad

del camino cuatro piñas colocadas perfectamente formando una pequeña pirámide, extrañado, miró hacia arriba,

pues el lugar era el mismo donde cayó la primera piña y pensó, que sería obra de aquella inteligente ardilla, que

naturalmente, quería más piñones sin el duro envoltorio.   Recogió el encargo Trapolín y con las cuatro piñas se

fue a casa.    Pero ésta vez, no solamente sacó los piñones, sino que los partió y los metió en una lata vacía y con

ella, regresó al bosque, dejándola al lado de un tronco seco y satisfecho de su buena acción, regresó a su casa.

 

Los piñones pelados no solamente les gustan a las ardillas, pues los pájaros vaciaron la lata en una hora, así

que a partir de entonces, a Trapolín le había surgido un nuevo trabajo, que al principio era muy agradable, pero

que poco a poco le hurtaba más horas del día, pues los ratones, las hormigas y el resto de vecinos del bosquecillo,

eran muy amantes de los piñones.    Pero la temporada de piñas terminó y entonces Trapolín, no encontró otra

cosa para dar de comer a todos sus protegidos, que cachos de pan y restos de comida, que pedía por las casas del

 pueblo, tanto así, que sus compañeros de clase y los aldeanos, se burlaban a menudo de él llamándole pobretón

y pedigüeño.   Los padres del chico, empezaron a preocuparse, pues el muchacho adelgazaba sin motivo aparente

y es que, cuando no conseguía nada en el pueblo, les daba su merienda y parte de su comida a los animales, que

escondía con mucho cuidado, a los ojos de toda la familia.

 

 

Llegó el invierno y su padre enfermó, su madre que era lavandera de particulares, dejó de trabajar para cuidarlo

y lógicamente, el poco dinero que anteriormente entraba en la casa, pues el campo apenas daba para el sustento,

convirtió a la familia en mucho más pobre y como consecuencia, Trapolín, ya no tenía nada para dar de comer

a sus amiguitos del bosque.    Las medicinas para curar a su padre eran demasiado costosas y el chico, se vio

obligado a efectuar pequeños trabajos en el pueblo, pero eso acabó con su precaria salud y el muchacho también

enfermó.

 

La situación familiar era desesperante, la madre de Trapolín, una buena mujer, se encontró completamente sola

frente a la enorme desgracia y naturalmente, se pasaba las horas llorando, pero nadie en el pueblo acudió en su

ayuda, nadie les tendió una mano.   Los amigos del muchacho, tampoco hicieron nada por ayudar al compañero

enfermo, ni siquiera fueron a visitarle.   Todo parecía indicar, que muy pronto y si nadie lo remediaba, Trapolín y

su padre se encontrarían en una situación crítica.

 

 

Pero un día al amanecer, la madre salió de casa para ir al pueblo y pedir comida por las calles y al pasar por

el bosquecillo, encontró en mitad del camino una moneda de oro muy antigua, que ella pensó, que se le habría

caído al doctor, pues era la única persona del pueblo que por allí pasaba, así que, decidió llevarle la moneda al

médico, que después de pensarlo unos instantes, le agradeció su devolución y a cambio de ella, le proporcionó

algunas medicinas y una barra de pan.    A la madre de Trapolín, casi le duele el corazón de tanta felicidad, que

gran suerte le había deparado el destino, podrían comer un poquito y también aliviaría a sus dos enfermos.

 

 

Al día siguiente, Trapolín y su padre habían mejorado notablemente, pero de la barra de pan como es natural

ya no quedaba ni las migas, por lo tanto, la mujer se dirigió de nuevo al pueblo, para conseguir a ser posible

algo con que llenar los estómagos de los enfermos.    Pero que sobresalto le dio el corazón, cuando vio que en

el mismo lugar, donde había encontrado la moneda del doctor, se encontraban dos monedas más reluciendo

como un sol, colocadas perfectamente encima de una piedra.   No podía creerlo, pues cualquiera que pasara

por allí las habría visto y de todas maneras, las monedas que se pierden sin querer, nunca al caer pueden

colocarse de tal forma.   Ahora comprendía, que el doctor había mentido miserablemente, pero la mujer, lejos

de reclamarle la moneda, fue directamente a la botica y compró todo lo que necesitaba y luego en el mercado,

alquiló una carreta llena de comida, que pudo comprar con las dos providenciales monedas.

 

Durante un mes, primero la mujer y luego con Trapolín y su padre ya recuperados, fueron al bosquecillo

para recoger las monedas que alguien depositaba en mitad del camino y fueron tantas, que ya nunca más

la familia volvería a pasar hambre ni calamidades.

 

Nadie ha sabido nunca quien colocaba las monedas en mitad del camino, pero la última que recogieron,

se encontraba junto a una piña abierta y una lata vacía.

 

 

 

         
 

 

 

Narración registrada en la propiedad intelectual

 

Mini-cuentos de Marquimar

 

 

 

La casa agradecida

 

   

 

   

 

Parecía una casa normal, como todas las casas del barrio, pero no era así.    Se encontraba un poco apartada

del resto de las otras, al final de la calle.  Tenia un porche de madera muy acogedor y por los pilares del porche

se enroscaba una centenaria parra.   La casa estaba en venta, pero ningún vecino de la ciudad se interesó nunca

por ella, decían que era muy vieja y con mucha carcoma y quién comprase aquella propiedad, no tendría más

remedio que derruirla y construir una nueva.    El propietario de la casa tampoco nunca habitó en ella, vivía

en el extranjero y como era muy rico, no le importaba en absoluto. 

 

Un día un coche paró frente a la casa, de él bajaron un matrimonio y sus dos hijos, eran gente muy pobre

y no podían pagar un hotel, en el ayuntamiento habían solicitado ayuda para pasar la noche, pero se la

negaron, no obstante, un policía municipal se apiadó de ellos y les indicó aquella dirección.

 

 

 

 

Entraron en la casa sin dificultad por la puerta de atrás, todo estaba patas arriba, sucio y roto, tantos y

tantos años de visitas de vagabundos y chiquillos, habían dejado toda la casa en un estado lamentable.

 

La tarde estaba muy avanzada y hacía frío, así que lo primero fue encender la chimenea y todos junto

al fuego y envueltos en unas mantas que llevaban en el coche se quedaron prontamente dormidos.   El

primero en despertar fue el más pequeño, un niño de siete años que se llamaba José, y a pesar de que tenía

mucha hambre no despertó a sus papás, salió al jardín para curiosear y encontró una solitaria rosa en

un rosal, que por supuesto más parecía un zarzal, y cortando la rosa, hundió en la tierra de una maceta

descolorida y medio rota el tallo de la flor, luego la colocó en la barandilla del porche y con una especie

de escoba que estaba tirada en un rincón del jardín barrió la puerta de entrada.  Al terminar, entró de

nuevo en la casa y sin hacer ruido se dirigió a la cocina, también allí todo estaba destrozado, pero el

muchacho abrió la nevera y encontró cinco manzanas en perfecto estado, cogió una y se fue al salón.

 

El padre del chico despertó y extrañado por lo de la manzana que le contó su hijo fue a la cocina,

pero entonces se asustó, el frigorífico efectivamente contenía las cuatro manzanas restantes, pero

lo más increíble, es que funcionaba sin estar enchufado y además, su interior parecía completamente

nuevo.  El hombre intentó averiguar cómo era posible todo aquello, pero no lo consiguió y para no

asustar a su mujer, enchufó el electrodoméstico.   Luego decidió que se quedarían allí una noche más

antes de continuar el viaje y puesto que no tenían otra cosa para comer más que las manzanas, registró

sus bolsillos y con el poco dinero que le quedaba fue a una tienda a comprar un poco de pan.

 

Al regresar de la tienda encontró a su mujer barriendo el salón y a los críos recogiendo polvo y

basura con una pala de plástico.   Al preguntar por el motivo, puesto que era absurdo hacer algo

así sabiendo que muy pronto emprenderían de nuevo el viaje, su mujer y los chicos le manifestaron

que querían quedarse para siempre en aquella casa, porque era una casa buena.   El hombre no

entendía nada, así que su mujer le llevó a la cocina y abrió la nevera, casi se cae de espaldas al

contemplar que estaba completamente llena, entonces su mujer le explicó, que cada vez que hacían

algo bueno por la casa, tal como es la limpieza, en el frigorífico aparecía algo más para comer y no

contenta con la explicación, decidió demostrárselo, barrió entonces la cocina y ante los ojos incrédulos

de su marido, al abrir de nuevo la nevera había aparecido un pollo entero que antes no estaba.

 

A los chicos les entusiasmaba aquella especie de magia, y limpiaron hasta tener la nevera repleta,

pero lo más increíble, les ocurrió al día siguiente, cuando decidieron poner algo de orden en el jardín.

José encontró medio enterradas unas tijeras de podar y le pidió a su hermano, pues él no tenía suficiente

fuerza, que cortara del rosal todas las ramas muertas, y al hacerlo, a cada rama seca que cortaba, en el

extremo de otra aún verde florecía una rosa.  Era algo tan maravilloso, que los cuatro contemplaban

el prodigio sin ningún temor, bien al contrario, con una felicidad desconocida.

   

Pero ocurrió lo que

siempre pasa, un vecino al ver un jardín tan bien cuidado, informó a la agencia de ventas y el director

de la misma se personó en la casa y cuando vio que todo estaba reluciente, aunque naturalmente destartalado,

pensó que seguramente la podría vender y ordenó a la familia que se fuera inmediatamente.  Durante tres

semanas, la familia se metía en el coche aparcado cien metros más arriba y veía como entraban y salían

las visitas para comprarla y por la noche, regresaban a cenar y dormir en ella.   Pero a nadie parecía

interesar la propiedad y por ese motivo, el padre fue a la agencia para informarse del precio, que resultó

ser a su juicio bastante barato.  No podía comprender como era posible que alguien no la comprase y

por eso decidió averiguarlo.   Al día siguiente, cuando vio acercarse a otra visita, el también se acercó

a la casa por la parte trasera y miró al interior por una ventana, entonces con inmensa alegría descubrió

el motivo, la casa estaba igual que cuando él y su familia entraron por primera vez, hecha un completo

desastre, sucia a más no poder y maloliente, algo que al caer la tarde desaparecía.  Comprendió entonces

con lágrimas en los ojos, que aquella casa les quería a ellos y a nadie más, porque era una casa agradecida.

 

Cuando el buen hombre explicó a su mujer y a los chicos lo que ocurría, todos lloraron de felicidad y

también de tristeza, pues sin dinero nunca podrían comprarla.   Pronto las visitas de compra fueron

menguando hasta que dejaron de llegar, la agencia desistió y la casa regresó al olvido y nuestros amigos

volvieron a vivir en ella.  La familia había cubierto sus necesidades de techo y comida, pero para vivir

se necesitan algunas otras cosas y el padre, no encontraba trabajo en toda la comarca.

 

 

 

 

Un día llamaron a la puerta, era el policía pecoso que les había indicado el domicilio cuando llegaron

al pueblo, el matrimonio se asustó, pero el agente les tranquilizó y les dijo que únicamente había venido

para hacerles un regalo, les había traído una caja de herramientas, se despidió después y la pareja quedó

muy sorprendida.   Pero el regalo gustó mucho al marido, pues era un manitas del bricolage, así que

al instante comenzó a repasar todas las cajas de empalmes eléctricos y a encintar aquellos hilos que

no lo estuvieran.   Muy pronto uno de los interruptores funcionó y luego otro, y más tarde, la cocina

eléctrica comenzó a calentar, la esposa se volvía loca de felicidad y el marido se hacia cruces, porque

lo bueno del asunto, es que la casa no tenía contador y tampoco estaba conectada a la red eléctrica.

 

A partir de entonces, y conforme adelantaban los trabajos de mejoras en toda la casa, en la nevera las

cosas se desmadraban, pues al lado de la lechuga o la fruta, igual aparecía una lata de pintura o un

ambientador, o una máquina de afeitar, o pegamento; era algo fantástico, mágico y extraordinario.

Muy pronto y ante el asombro de todos, cuando el padre estaba arreglando un escalón del porche,

apareció en el salón el primer mueble, un precioso sofá, que los chicos recibieron saltando de alegría.

 

Pero el padre y la madre estaban muy preocupados, pues muy pronto alguien se daría cuenta de

aquello y les echarían de allí de nuevo.  Entonces ocurrió, el padre quitaba unas tablas de la pared

para cambiarlas por otras nuevas y encontró con asombro una caja fuerte disimulada tras ellas.

Con la sierra de metal de la caja de herramientas consiguió abrirla y el milagro sucedió, los billetes

aparecieron ante ellos, como aparece el sol tras una nube en una negra tormenta.

 

Después de comprar la casa, fueron al ayuntamiento a dar las gracias al policía pecoso, pero

en el pueblo nunca habían tenido un policía pecoso, nadie respondía a su descripción y así se

imaginaron, que nunca descubrirían misterio.   Pero pocos meses más tarde, José encontró una

vieja foto enmarcada enterrada en el jardín, era el policía, el antiguo propietario de la casa, que

les sonreía tiernamente.

   

 

 

 

 

   

 

 

 

         

Narración registrada en la propiedad intelectual