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DESDE
EL SÓTANO AL DESVÁN
Los
acontecimientos.
Capítulo I.
En un lugar de
California, lunes 3 de abril de 1980
Hoy el teléfono suena continuamente, pero Alfred Daniels
III, no tiene ninguna intención de hacerle caso, así que
hastiado de oír su molesto soniquete lo desconecta.
Para Alfred, aquél artilugio no estaba invitado a compartir
su soledad en un día tan espléndido, hoy le apetecía mucha
tranquilidad. Había saltado de la cama con
el ánimo alegre y sosegado que deja un bonito sueño y por
eso, lo más aconsejable en ese día pensó, era desconectar de
todo, añadir de ésta manera al risueño y positivo talante,
la voluntad de conservarlo durante el máximo de horas
posibles. Lamentablemente, en esta ocasión se
equivocaba, no fue una idea acertada el desconectarlo.
Hacía un par
de semanas que había cumplido los
veintiocho años y justamente, uno de los regalos que le
llegaron por mensajería fue un contestador, pero
naturalmente, también se equivocó al no instalarlo.
Claro que en su caso particular, el insomnio por sus repetidos
errores y la rectificación necesaria
junto al propósito de enmienda, estaban totalmente
descartados, pues Alfred Daniels tercero, era terco hasta la
saciedad y vivía, como Aladino
frotando su lámpara, como un auténtico maharajá.
Su abultada cuenta corriente nunca descendía de los
seis ceros, de eso se encargaban siempre a tiempo sus
padres, pues naturalmente para su único hijo Alfi, todo les
parecía poco, con la excepción bastante absurda eso sí de
su compañía. Pero cosa poco corriente y a
pesar de su enorme fortuna, lo cierto y verdad es que Alfred
nunca fue un vividor, ni tampoco un derrochador, no era en
absoluto un consumidor compulsivo y mucho menos nadie diría
de él, que fuera un joven extravagante, visto por supuesto
desde la perspectiva de su patrimonio. Sus
caprichos se contaban muy escasos en relación a sus
posibilidades, el dinero, quizá por no preocuparle en
absoluto, carecía de importancia para Alfred y eso, unido a
su aversión por las personas engreídas y jactanciosas que
habitualmente proliferan entre las opulentas, de las que
tenía buenos ejemplos en su propia familia, le inclinaban a
detestar ese tipo de vida y comportamiento.
Alfred Daniels, vive de momento en un robusto y severo inmueble, con muchos años
de soledad en la despoblada comarca, mucha cortina espesa y muchos
desconchones. No es por descontado una completa ruina,
pues el rotundo empaque de su peculiar arquitectura,
arrogante y colonial, impresiona a cualquiera a primera
vista. La holgada finca vallada
exageradamente, podría confundirse desde el exterior con un
cuartel o un pequeño fortín y en el interior, rodeando
la casa y tras el alto muro de
piedra, dispone de un descuidado
jardín con muchos pinos y algunos frutales y una fuente seca
y muy sucia que antaño, habría dado vida a un lindo y
sinuoso estanque. La alzada casona,
construida seguramente para ufanía de sus antiguos
moradores, dispone de un gran sótano, una planta con cinco
habitaciones, más la ancha cocina, el gran salón, dos baños
completos y un oscuro trastero. Arriba y debajo,
de donde el viento sopla y mueve caprichoso la veleta, un
amplio y polvoriento desván, disfruta empalagado de una
excelente orientación en el paisaje, para quién quiera que
pueda hacerlo desde allí, se maraville contemplando un siempre azulado
océano y la verde colina donde se asienta la casa, domina
empinada con holgura el resto de la pequeña e incipiente urbanización.
Los escasos vecinos y a una
cierta distancia, en su mayoría de clase media e ínfulas de
alta, existían por supuesto, pero para Alfred como si no.
El motivo no era otro, que la necesidad
imperiosa de que nadie metiera las narices en sus asuntos y
a tal fin, colgó un rotulo en la verja que lo dejaba bien
clarito:
LAS VISITAS NO SON BIENVENIDAS NI NECESARIAS
Las dos únicas personas que tienen el acceso concedido
y la llave oxidada de la verja, son Dany Pritt, el chico
vivaracho del supermercado y Marlén Alvarez, la atrotinada
limpiadora, nadie más. Naturalmente, que la
veterana asistenta dispone también de una llave de la casa,
pero Alfred hizo instalar una segunda cerradura para que en
su ausencia llegado el caso, tampoco en ese momento pudiese entrar
la limpiadora. A Marlén, muy al contrario de lo
que era presumible esperar no le pareció mal el invento,
lógicamente después, de saber que trabajase ese día o no lo
hiciese, su salario no se alteraría.
Alfred Daniels, es un hombre
algo introvertido, no es ni muy simpático ni tampoco
antipático, es simplemente algo raro. Raro en el
sentido de poco comunicativo, poco dado a las amistades y
más poco a las relaciones sociales. Sus padres, a causa de
esto último, tuvieron largas y desagradables discusiones con
él, pues era muy natural para ellos que su hijo pilotara las empresas y
negocios de la familia en el momento apropiado.
Pero tal cosa no entraba en los planes presentes ni futuros de
Alfred y aunque su padre le obligó a licenciarse en leyes,
eso fue todo lo que consiguió.
La infancia y pubertad entre
algodones, es incuestionable que forma para bien o para mal el carácter de las personas y él
naturalmente, no podía ser una excepción. Pero en su caso,
esa suerte existencial que tan pocos privilegiados disfrutan
y que en muchas ocasiones es antagonista de la generosa
actitud, no aportó ninguna negatividad a su carácter, todo lo
contrario, Alfred era una recomendable persona.
Había comprado aquella casona, por su acusada afición a los
misterios y como alguien le aseguró que podía contener un
gran secreto, sin consultar a nadie la compró.
Pero eso no fue todo, pues el heredero de las industrias y
negocios Daniels, adquirió seis fincas de similar parecido
en el condado y con la característica en común, de ser
colonial su arquitectura y haberse construido entre los años
1800 y 1820.
Durante los dos años precedentes,
Alfred se dedicó
con mucho ahínco y una cuadrilla de diez obreros contratados
a tiempo completo, a desguazarlas con absoluta minuciosidad
hasta el extremo en algún caso de derruirlas, con el
propósito inequívoco y machacón, de hallar por fin en alguna
de ellas lo que tanto ansiaba. Las seis
anteriores no dieron el fruto esperado, así que en teoría su
búsqueda estaba llegando a su final, pues la presente era la última
del lote. El contratista de las obras y los eficaces operarios
no salían de su estupefacción, dos años de trabajos y aún no
tenían ni la más remota idea de lo que entre tanto cascote
estaban buscando, entre otras cosas, por que nuestro Alfred
a ciencia cierta tampoco lo sabía. Pero para ellos lo de menos
era que al propietario de aquellas casonas se le hubiera
saltado un fusible, lo importante y primordial, es
que pagaba muy bien y puntualmente.
A tal fin destrozacasas, casi
había conseguido aislarse de todo el mundo durante dos años
y por ahora, las cosas funcionaban bastante bien, sobre todo
teniendo en cuenta, que eso de ir comprando casonas para
desmantelar por completo su interior y a veces el exterior,
sin la intención de vender el solar o construir obra nueva
en ellas, es una tarea y afición no comprensible para nadie,
pues nadie en absoluto en la comarca, era capaz de
justificar aquella conducta y naturalmente en la vecindad,
ya se especulaba mucho con su cordura.
Desde hacía dos años, cuando habló por última vez con los
diferentes propietarios de las casonas, no tuvo contacto con
nadie que no fueran los operarios, Dany del super y su
asistenta Marlén, y lógicamente con sus padres, éstos
últimos, más a menudo por teléfono que en persona.
Que por cierto, a sus padres ya no les volvería a ver, pues
las llamadas tan insistentes antes de desconectar el maldito
teléfono, eran para comunicarle su trágica muerte.
Dany le visitaba cada tres días por la tarde para
entregarle el pedido de la compra y Marlén toda la semana
entre las diez y las dos, el resto del tiempo en la casa,
Alfred lo pasaba supervisando las obras y por la noche y
fines de semana, en completa soledad. Aunque no
es del todo cierto que siempre estuviera solo, pues en
algunas ocasiones le visitaba un gato entre atigrado y negro
y bastante presumido, callejero de vocación y seguramente
experto amante, que compartía con él esa soledad y
lógicamente, a cambio de su compañía, demandaba al ronroneo casa y comida.
Fueron las noticias de la fisgona televisión, las que le
dieron la triste noticia del fallecimiento de sus padres y
la verdad, que es una forma muy dura de recibir tal noticia.
Sus padres por desgracia, se habían estrellado al tomar
tierra a bordo del Daniels 2, su flamante avión privado.
Naturalmente, que Alfred lo encajó fatal, pues pasaban ya
dos meses largos de dos años también largos, que no les
había visto ni el pelo ni el peine y en ese tiempo, solo
habló con ellos cuatro veces, dos por Navidad y dos por su
cumpleaños. Aunque también es indiscutiblemente cierto, que mucho empeño
en verles por parte de Alfred no hubo, eran unos
progenitores muy socialmente atareados. Bueno,
pues ya
no tenía remedio y a partir de ahora lamentablemente, a
pasar el horroroso trago existencial y la dolorosa
asistencia al sepelio y después, la cosa se complicaba
extraordinariamente para Alfred, pues la ausencia de su avezado padre
sería una tragedia para las empresas Daniels. Alfred llamó a su casa en cuanto el ánimo y las lagrimas se
lo permitieron.
Contestó al teléfono el
mayordomo y siempre grave como requiere su oficio
dijo: --- Residencia Daniels, dígame.
--- Hola Theodor,
soy Alfred. ¿Cómo están las cosas viejo amigo?
Theodor
perdió la gravedad inicial y contestó con voz trémula
y sorprendida: --- ¡Señoríto Alfred! Yo
es que no tengo palabras. Dios mío, los señores ...
--- Lo sé,
lo sé
Theodor, ya me he enterado. ¿Hay alguien de la
familia?
Theodor
limpiándose las lágrimas: --- No señor. La reunión es
en casa del señor Lionel, es todo cuanto puedo decirle.
--- Bien, escúchame:
tardaré en llegar unas horas, pero no quiero decisiones sin
mi consentimiento y menos de mi tío. ¿De acuerdo?
--- Señorito Alfred,
usted sabe que ni posición no me permite trasladar ese
comentario al señor Lionel, me ha dado órdenes precisas
de que todas las personalidades que lleguen deben dirigirse
a su casa.
--- Ahora mando yo Theodor, y además
soy el único que puede salvarte de la quema, ya sabes que mi
tío no te traga.
Theodor asustado contestó: Señor Alfred, usted no
permitirá que el señor Lionel prescinda de mis servicios,
¿no es cierto señor?
Alfred no fue un niño mimado, solamente un niño cuidado, el
cariño nada tiene que ver con los juguetes y él tenía una
habitación a rebosar de ellos, pero lamentablemente también,
un vació afectivo que fue paliando con la ayuda de su fiel
mayordomo. Nadie de la casa, ni tan siquiera una
de las muchas asistentas, ni el ama de llaves, ni el chofer,
ni el pesado y riguroso y malcarado mentor, llegaron nunca a
merecer el cariño de Alfred, solamente su apreciado Theodor,
estuvo a su lado en aquellos momentos difíciles y confusos,
en que su infancia necesitó de afecto consejo y
compañía. Alfred le contestó
cariñoso:
--- Sabes muy bien que no lo
permitiré patillas blancas, anda, dame el teléfono de mi
tío.
Su fiel
Theodor, nervioso y pusilánime como siempre, le facilitó el
número de la residencia de Lionel y al colgar el aparato respiro más
tranquilo. Su señorito Alfred fue
desde la pubertad una incógnita para todos, pues su
temperamento desde que cumplió lo doce años se caracterizó
por lo difícil y por supuesto, que nadie en absoluto pudo
conectar afectivamente con él, nadie, excepto Theodor, como
ya se ha mencionado.
Aliviado de momento por las palabras de su señorito, el mayordomo fue a la cocina a
llorar junto al resto del servicio, hoy para cenar, había
sopa de lágrimas, guisado de dolor y postre de
desesperación.
Lionel en persona se puso al aparato: --- Soy Lionel
Daniels, dígame.
--- Soy Alfred.
Escúchame bien, no quiero que organices nada del entierro
hasta mi llegada. ¿Has comprendido?
--- ¡Por Dios Alfred!
¿Dónde te habías metido? Llevamos horas intentando
localizarte. ¿Cuándo te has enterado?
--- Te he dicho
que me escuches, ¿me escuchas ya?: no quiero que
organices nada, estaré ahí en unas tres horas, ¿ de acuerdo?
--- Oye muchacho, aquí
estamos esperando la llegada de dos senadores y cinco
congresistas, así que no me digas lo que tengo que hacer. Mientras tu llegas
más pronto o más tarde, haré lo que crea más
oportuno, te guste o no.
Alfred y
su tío Lionel nunca habían hecho ningún esfuerzo por
entenderse, por eso, siempre que cambiaban más de tres
palabras seguidas se hacían "fu" como los gatos. De
verdad de la buena, que entenderse con el arrogante de su
tío no era tarea fácil.
Ahora pensó Alfred, las castañas se le ponían muy negras y
calentitas, pues para poder dirigir las empresas de su
padre, su vida necesitaría de un cambio radical y eso, no estaba muy seguro de que le entusiasmase.
Durante una corta y pasada temporada, estuvo acompañando a
su padre sin ninguna ilusión en reuniones y consejos de las
empresas, eso fue, después de graduarse en derecho y la
realidad, es que no le gustó en absoluto aquél ambiente. Ese no era desde luego el entorno más apropiado para su
carácter.
Nuestro
Alfred tenía la cabeza llena que se sale de enaltecidos
ideales y las finanzas y los escrúpulos son, como la música
y el ruido, no mezclan bien. Lo que más le
decepcionó de aquellos círculos sociales tan aventajados,
fue el poquísimo respeto que le concedían a la lealtad y eso
naturalmente nunca le gustó.
Sea como fuere, muy pronto también nuestro amigo estaría
disfrazado de opulente y tendría la oportunidad de conocer
las tensiones orbitales de todos los trepadores y pelotas,
pues su poderoso padre, Alfred Daniels segundo, controlaba
la mitad más uno de todas las empresas Daniels y eso de
cajón, le convertía a su único heredero, en el hueso con el tuétano más delicioso
para sorber.
Más o
menos a la una de la tarde llegaría el helicóptero que le
conduciría hasta la ciudad y mientras tanto, aprovechó
Alfred el tiempo para llamar a Marlén y al chico del
supermercado y comunicarles su indefinida ausencia.
Luego, metió en un bolsa de viaje lo poco necesario y cuando llegó su medio de trasporte se
fue.
En unas
horas estaría junto a los restos mortales de sus padres y
tenía el ánimo como cualquier hijo bien nacido: por el
puñetero suelo. Mientras el helicóptero devora
millas al máximo de su velocidad, su cerebro le proporciona las escasas
imágenes felices de su poco favorable y bastante alejada
infancia. Le hubiera gustado mucho tener un hermano
menor, eso sí que lo acusó su carácter, pero su madre ya
tuvo bastante con un parto demasiado difícil y naturalmente
a eso se añadió, la vida tan ajetreada que le tocó vivir.
Su padre de todas maneras y atendiendo a la petición
insistente de Alfred, durante varios meses intentó
convencerla para adoptar uno, pero todo quedaría en cuatro
cachorros de pastor alemán y un loro.
Nuestro amigo dejando aparte el haber notado muy a menudo
la falta de compañía de sus padres, había sido un niño
relativamente feliz, o por lo menos así lo recordaba él. Sus mejores años fueron de los tres a los once, pero a
partir de ahí, su vida fue más veces limón que naranja.
Tuvo una novia a los doce que le dejó por el hijo de un
tendero, un amigo a los catorce que le robó la hucha y buena
parte de los discos. En natación nunca pudo pasar del
estúpido estilo rana y en atletismo: se rompió un brazo en
relevos, luego una ceja en barra fija y algo más tarde en
pértiga, tuvo un esguince de no te menees.
Ya en la universidad, se olvidó de deportes, novias y amigos
y su tiempo lo dedicó a leer. Después de la graduación
la cosa fue más sencilla y gratificante, olvidando por
descontado el escaso tiempo que dedicó a conocer estirados y
pomposos en las empresas de su padre. Enseguida que se
pudo despistar lo hizo y no por cuatro días, sino por cuatro
años. Viajó por todo el planeta conociendo a mucha
gente interesante y obviamente se hizo un hombre, no de la
clase que le hubiera gustado a su padre, pero sí de una
buena clase.
El helicóptero por fin, le dejó en la terraza del edificio
emblema de las empresas Daniels & Daniels y, con el jefe de
seguridad, dos escoltas y el director general, James
Waridell Foster, bajaron a la calle. De allí hasta la
residencia de su tío cuarenta minutos y aparte de las
condolencias y frases relativas al trágico suceso, nada más.
El señor Waridell Foster estaba completamente consternado,
pues él y su padre había sido muy amigos. Al
jefe de seguridad, un hombre excepcionalmente hermético no
parecía afectarle aquella situación, y posiblemente así
fuera, aunque nadie supo nunca que acontecimientos le podían
afectar y cuales no, tenía un carácter y unas maneras
indescifrables. Los dos escoltas por su parte, seguían
a la limousine en otro coche casi a rozar carrocerías y es
bastante lógico, pues hoy tenían razones suficientes para
estar muy atentos en su arriesgado cometido.
La
residencia de su tío Lionel era muy alta, muy ancha y muy
larga, pues a su tío le gustaban las cosas así.
Naturalmente que podía permitírselo, pero aun en el caso que
hubiera sido un mendigo, el carrito de los trastos habría
procurado que fuera el más grande de todos. Su tía
Doritel, tenía mucha culpa en los delirios ostentosos
de su marido, pues era de esa clase tan especial de mujeres,
solamente nacidas para destacar y desde luego que no se
privaba de ello. Lo único y mejor de aquella
casa, era su prima Susan, una chica inteligente, muy guapa y
adicta al trabajo. Susan, por lo que le habían
contado, era lo más parecido a un ordenador, tenía una
extraordinaria habilidad para los negocios y a la vez, una
preparación envidiable. Su padre en eso no
perdió el tiempo y la puso en marcha a empujones a los diez
años, hoy contando veintisiete, era ya una consumada
ejecutiva, no tenía tiempo para nada según decían de ella,
pero para nada naturalmente que no fuera trabajar.
Llegaron los vehículos a la escalinata de la residencia
atravesando el fastuoso jardín y allí, su tío, que advertido
por el servicio de escolta le estaba esperando.
Lionel,
estrechando la mano de su sobrino le dice con gravedad: ---
¿Que tal estás muchacho?, en mala hora nos vemos de nuevo.
--- Si, bien, ¿se sabe como
ha ocurrido?
Alfred tuvo que estrechar muchas manos desconocidas y
escuchar muchas frases hechas, pero era muy lógico, las
influencias político-sociales de su padre eran enormes.
Su tía Doritel le descubrió entre el gentío asistente y se
acercó llorando para besarle. Para nuestro a migo su
tía era una bruja sin escoba, pero hoy posiblemente no
fingía.
Doritel con la
voz algo quebrada y colgada de su brazo le dijo: ---
Alfi querido, que gran desgracia. Ha sido horrible,
estamos esperando los féretros de un momento a otro.
Alfred la
besó pero no dijo nada y en seguida que pudo hacerlo se
despistó de su tía, pero no sabiendo donde esconderse de
tanto relamido y desconocido, mientras atolondrado,
amontonaba sobre la triste espera su maltrecho ánimo,
ascendió las escaleras del salón y sin pensarlo, entró en el
primer dormitorio que encontró a su derecha. Apenas
conocía la casa, estuvo un par de veces cuando era niño y
las reformas y ampliaciones efectuadas por su tío la hacían
completamente desconocida, pero cualquier sitio era bueno
para esconder su dolor. Aunque: ¡que poco
oportuno!, su linda prima Susan tuvo que taparse medio
cuerpo desnudo con la falda.
Susan
sobresaltada: --- ¡Eh, alto, fuera de aquí¡
¿pero quién...? Alfred, ¿eres tu?, pero que
demonios...
Alfred
instintivamente retrocedió para salir, pero al reconocer a
su prima dijo: --- Lo lamento Susan, yo no sabía
que... lo siento, de verdad, perdóname.
Susan había sido
sorprendida en un intermedio indecoroso, hacía unos cuantos
años que Alfred no la veía y estaba cambiadísima. La
chica le miro con furia lógica y aprovechó la turbación de
su primo para taparse un poco mejor, luego dijo:
--- Date la vuelta,
¿quieres? ¿es así como entras en las habitaciones de
los demás? Desde luego que no has cambiado Alfred, tu
siempre tan inoportuno y a tu aire.
--- Vamos chica, ha sido sin
querer, no sabía que fuera tu habitación, esto está muy
cambiado, perdóname.
--- ¿Qué habitación
estabas buscando? ¿No deberías estar abajo con mis
padres atendiendo a los que van llegando? ¿No se te ha
ocurrido que pueden necesitarte?, llevan un día medio locos.
Mientras
transcurre la corta charla, Susan termina de vestirse las
prendas enlutadas y se dispone a darse un pequeño toque de
maquillaje, así que sentada frente a su precioso tocador y
en vista de que su primo no contesta, insiste más calmada:
--- ¿Se puede saber dónde has estado todos éstos años?
Alfred le
contesta con desgana: --- Por ahí, por todas partes.
--- ¿Sabes primo?,
siento mucho que nos encontremos en estas circunstancias,
desde ayer lo estoy pasando fatal. ¿Cuándo te has
enterado de la tragedia?
--- Hace
cinco
horas, tenía el teléfono desconectado.
Susan observa a nuestro Alfred por el espejo del tocador
y ve sin esfuerzo como le
resbalan un par de lágrimas, que inmediatamente él con el dorso
de la mano hace desaparecer. Su primo
Alfred nunca le gustó, debido sobre todo a su esquivo
talante y también, por su especial e insólita manera de
tratar a sus inferiores, era demasiado condescendiente y
además, no congeniaba en absoluto con su padre y eso ella
no podía perdonárselo. Sin embargo, a los ojos
de cualquier mujer no se podía negar que resultaba un hombre
tremendamente atractivo. Alfred muy ajeno
a los pensamientos de Susan, estaba arrugado como un trapo
mojado en una butaca de la enorme habitación y de nuevo
pensaba en sus padres. Un poco más tarde,
cuando su prima terminó de maquillarse innecesariamente,
pues su belleza natural no necesitaba de ningún aderezo, se
acercó a él y le dio un par de sonoros y cariñosos besos.
Los jóvenes permanecieron con las manos enlazadas unos minutos sin decir
palabra y luego bajaron a la planta. Nuestro aturdido Alfred,
hizo lo posible por pasar desapercibido y Susan todo lo
contrario, pero aquél aciago día por fin concluyó, ahora quedaba
el entierro y después la incógnita.
El oscuro día del entierro transcurrió lento y doloroso. Alfred
por descontado, no pudo organizar
el acto y la ceremonia como habría deseado, pues la enorme
importancia de la mayoría de los asistentes invitados, requería
dilatada experiencia en ello. Su tío Lionel se ocupó del
protocolo, algo que le venía como anillo al dedo, su tía Doritel, con
un pañuelo siempre empapado de lágrimas y gimoteando
constantemente, atendió en lo referente al
refrigerio y comodidad de todos, Susan lo hizo a completa
perfección con la ceremonia y el
responso y Aarón Wisental, el competente jefe de seguridad,
se ocupó con maestría de la salvaguardia de las personalidades
asistentes. Alfred comprendió al fin,
que intentar la celebración del sepelio en completa
intimidad hubiera sido imposible.
Por la tarde, una vez terminado el vanidoso desfile enlutado
y riguroso, Alfred se reunió muy desganado con sus tíos,
pues su prima le insistió varias veces en hacerlo.
La
razón según ella, era cambiar impresiones sobre el inminente
futuro, porque los dos días de luto oficial en las empresas
Daniels & Daniels pronto habrían concluido y obviamente, todo regresaría
a su lugar.
La
reunión tuvo lugar en la biblioteca, el salón favorito de su
tío, muy apropiado para dar
pomposidad a cualquier conversación por necia que fuera.
Pero allí, entre tanta cultura, Lionel Daniels se disfrazaba de intelectual y campaba a sus
anchas.
Lionel sentado enciende la
pipa y con expresión grave pregunta: --- ¿Qué planes tienes
sobrino?
Alfred
sigue algo despistado y maquinalmente contesta: --- No, no
lo sé, no he pensado en ello.
--- Pues deberías
hacerlo, las decisiones importantes no pueden esperar.
Alfred no
tiene hoy la cabeza para pensar en decisiones y por
eso responde: --- Seguramente el señor Waridell me pondrá al
corriente de todo y me ayudará en lo que sea menester, ya
veremos.
Lionel
arruga el ceño y dice:--- ¿Y eso porqué?, ¿no tienes
confianza en Susan? Susan te puede ayudar
perfectamente en todo cuanto necesites.
--- Si claro, pero
supongo que el vicepresidente es el más indicado.
Susan enciende un
cigarrillo y tras soltar lentamente el humo dice con
parsimonia: --- Yo soy la vicepresidente.
Alfred se quedó de una pieza, arqueó la cejas con estupor,
no conocía ese extremo. Naturalmente que era muy
lógico que lo desconociese, pues hacía cuatro años que no
aparecía por la Central, pero le extrañaba sobremanera que
su padre no se lo hubiera mencionado.
--- ¿Tu eres la
vicipresidenta? ¿desde cuándo?
--- Desde que tu padre
lo decidió hace un año.
--- Pero
entonces Waridell Foster...
--- Es solamente
consejero, ocupa de momento el cargo de Director General.
Alfred no podía
meterse aquello en la cabeza ni con calzador.
¿Cómo era posible tal cambio? Waridell era una persona
de total confianza, con toda la experiencia de una vida y un
hombre absolutamente leal. No lo podía entender.
Lionel dijo
entonces:--- Mira Alfred, yo no quiero influir en tus
decisiones, pero creo que deberías pensarlo unos días y
mientras tanto Susan puede ocupar el cargo de presidente del
consejo.
Alfred por un
momento pensó que era una idea muy acertada, pero viniendo
de su tío no tenía más remedio que desconfiar, así que
contestó muy serio:--- De eso nada, por descontado que
no. Consultaré al pleno del consejo y me pondré al
corriente de todos los asuntos relativos a las empresas, así
que voy a convocar una reunión extraordinaria para el lunes.
Susan interviene
y comenta con tranquilidad:--- Ya está convocada, pero es para el martes, el lunes el director
financiero y yo estaremos en Dallas. Es un asunto de
agenda y no puedo demorarlo más.
Alfred arruga el ceño
y pregunta intrigado:--- ¿Qué pasa en Dallas?
Susan mira fijamente a su primo y demora la respuesta
mientras libera al cigarrillo de ceniza, pero
Alfred insiste con firmeza. --- ¿Vas a contarme qué
pasa en Dallas?
--- Vendemos la planta
de envasados A.C.T. Necesitamos reunir
trescientos millones para comprar Carbel Toys sin recursos
externos.
Alfred
quedó perplejo, en veintiocho años descontando naturalmente
éstos cuatro últimos de despiste total, no recordaba tantos cambios de importancia en la compañía.
Su padre no era persona de esas que dan giros de timón tan
acusados. Así que enmascarando como pudo
la sorpresa
depreguntó maquinalmente:-- ¿Carbel Toys?
¿y para qué queremos nosotros una fábrica de juguetes?
Susan exhalando el humo
despacio contestó con rotundidad:--- Para venderla.
Esta vez
colgado ya sin remedio de la estupefacción, dio un salto a la inquietud:--- Un momento
Susan. ¿Pero qué está pasando aquí? Mi padre y mi abuelo no
compraban empresas para venderlas, ¿nos hemos convertido en
tenderos?
Lionel interviene algo
socarrón y dice:-- Vamos Alfi, has faltado demasiado tiempo,
las cosas cambian. Mi hermano estaba de acuerdo en la
operación, es muy importante para la compañía.
Mientras Susan mira su
primo con suficiencia y lástima, Alfred contesta agriamente
a su tío:--- No me llames Alfi, ¿de acuerdo?
--- Está bien, como quieras.
Solamente digo que tu padre en paz descanse dio el visto
bueno a éste asunto. Eso es todo.
--- Es posible que así fuera,
pero yo no soy mi padre, ni tampoco tu hermano, y si quieres
saber la verdad, me cuesta mucho trabajo ser tu sobrino.
Doritel abrió la
boca por primera vez y dijo indignada:--- ¡Alfred!, no
debes hablar así a tu tío, ¿que pensaría tu madre por Dios?
Si piensas quedarte para dirigir las empresas, Susan te
ayudará perfectamente. No es mucho pedir que te
comportes cortésmente, ¿verdad?
Natural, que en
cierto modo su tía tenia en aquél preciso momento mucha
razón, su sobrino se había pasado de descortés, pero otra
cosa muy diferente, era que Alfred estuviera dispuesto a
reconocerlo.
Susan zanjó el
tema con autoridad manifiesta:--- Bien, se acabó la
discusión, esto no conduce a nada positivo. ¿Me harás
el favor de esperar hasta el martes Alfred?
¿Supongo que de momento necesitas de mi ayuda?
Alfred acusó el tono
frío de su prima y para enmendar un poco su situación
contestó:--- De acuerdo Susan, pero el martes no te
comprometas con nadie, pasaremos todo el santo día en la
Central hablando en el consejo.
--- Como tu quieras, no
hay inconveniente y además es necesario, como vicepresidente
de momento tengo el deber de asesorarte en lo que pueda,
pero ahora si te parece puedo llevarte a casa, ¿estarás
cansado no es cierto?
Susan acompañó a su primo hasta la casa de sus padres y en
el trayecto apenas hablaron ni de negocios ni de nada, cada
uno tenía su personal motivo para callar, ambos estaban
disgustados por aquella tirante reunión.
Llegaron por fin y Susan detuvo el coche, y tras una
breve despedida, el vehículo salió del recinto.
Alfred cabizbajo
y cansado subió la escalinata y entró en la casa:--- Hola Theodor,¿cómo va
todo?
--- Dentro de las
tristes circunstancias bien señor; solamente que Lauren
debido al disgusto se ha indispuesto y hemos tenido que
llamar al médico.
--- ¿Quién es Lauren?
--- La cocinera, la
nueva cocinera señor.
Alfred deseando
acostarse pregunta con pesadez:--- ¿Y Amelín, que ha
pasado con Amelín?
--- Murió el año
pasado, una neumonía nos la quitó en tres semanas.
Alfred baja la
cabeza con pesadumbre y masculla:---Dios santo que vida más
puerca.
Theodor le pregunta:---
¿Desea cenar señor?
--- No me llames señor,
y no quiero cenar, estoy rendido, despiértame a las siete de
la mañana.
Theodor con mucha cautela
pregunta de nuevo:--- Perdone señor, ¿era la señorita
Susan quién conducía?
Alfred
quedó inmóvil en el tercer escalón de los treinta
que dispone la escalera que
lleva a la planta primera y, con asombro, miró torciendo el
gesto a Theodor. Nunca el patillas blancas
hacía preguntas tan directas y mucho menos si no eran de su
competencia.
--- Efectivamente, era
Susan, ¿porqué lo preguntas?
--- No, no, por nada
señor, solo por curiosidad.
Alfred supo al
instante que su fiel amigo tenía algo dentro que pugnaba por
salir fuera, pero después de intentar averiguar el
motivo de la pregunta un par de veces sin conseguir otra
cosa que un montón de evasivas, siguió subiendo la escalera
lentamente y entró en su habitación, no solamente estaba
cansado, también tan despistado, que ni siquiera recordó que
pudo subir en el
ascensor.
De nuevo la
tristeza recuperó en su ánimo posiciones, agredida de golpe
por tantos recuerdos a la vista. Pero gracias a Dios y
a su quebrado organismo, muy pronto quedó enfundado en su
pijama y rendido como un leño. Aquellos tres días
fueron agotadores y dolientes, claro que a partir de ahora
quién sabe como serían. Lo que más deseaba era
regresar a la casona y seguir con su misteriosa búsqueda,
pero no podía hacerlo, el lunes debía hablar con Waridell
Foster y naturalmente ponerse al corriente de cualquier
asunto importante de las empresas.
El
lunes como todos los lunes amaneció desagradable y puntual.
Alfred con el Rolls Roice y el chofer de su padre, tardó una
hora justa en plantarse en la central y allí, en la planta
baja del edificio y más concretamente en el mostrador de
seguridad, el guarda fue muy eficaz.
--- Disculpe señor,
puede mostrarme su tarjeta de acceso.
Alfred arqueó
una ceja contrariado, pero como en su código de conducta el
respeto al trabajo de los demás era primordial, miró al
empleado con simpatía y dijo:--- Lo lamento, aún no tengo
esa tarjeta, pero no creo que sea necesaria, soy Alfred
Daniels tercero.
El guardia
cosa lógica, no entendió de buenas a primeras la
frase, pero al instante en que lo hizo, miró a su tres
compañeros con guasa y luego dirigiéndose a Alfred socarrón
le dijo:--- ¿Así que es usted?, bueno amigo, entonces
ya debe saber como son los lunes, el buen humor ni se nos
acerca.
Alfred no
consiguió acceder hasta que el jefe de seguridad no se
cabreó con los chicos, naturalmente, que en su
identificación expresaba que se llamaba Alfred Daniels, pero
nada decía de que fuera el tercero y de Alfred Daniels
pelados, había unos cuantos en la plantilla.
En el piso
dieciséis cosa muy rara, no encontró a Waridell Foster, lo
habían trasladado al siete, ¿qué estaba pasando allí?
Por fin en compañía del jefe de seguridad, que le seguía los
pasos para evitarle complicaciones y lógicas
interrogaciones, llegó al despacho de Waridell.
Pero tampoco tuvo suerte, la secretaria del mismo le informó
que había salido de viaje con la señorita Susan, al parecer,
los dos estarían llegando a la planta A.C.T. de Dallas en
aquellos momentos. Así que sin
otro remedio que aburrirse o conocer a empleados de grado
medio que de nada importante podrían informarle, se metió
defraudado en el despacho de su padre en el piso veintidós.
El edificio era enorme, como una gran colmena, pero se
sentía muy solo. No encontró a Sharon, la
agradable y eficaz secretaria de su padre, ni a Betty, la
simpática recepcionista, ni tan siquiera estaba Górdon
Prays, el jefe de planta, era muy raro todo aquello.
Al parecer por lo que observó, su padre no se dedicaba
últimamente a trabajar demasiado, a juzgar, por la ausencia
de papeles que siempre inundaban su mesa, algo que no encajaba
en su conducta,
desde luego.
Como
Alfred ya no sabía que demonios hacer allí, llamó al jefe de
seguridad que era la única persona importante conocida por
el momento y le invitó a comer.
Una
vez instalados en la cafetería de los peces gordos situada
al otro lado de la calle, pidieron dos almuerzos completos
de la exquisita carta y sin prisas, Alfred intentó ponerse
al corriente de todas las cosas de relieve que hubo en su
ausencia y de los cambios en el personal que había
observado. Cosa por cierto que no resultó
sencilla, pues su interlocutor era un auténtico bocacerrada
de ... socorro que me aburro.
Alfred comenzó
con mucho tacto y dijo:--- Bien señor Wisental, le he
pedido que viniera porque creo que usted puede ayudarme a
conocer algunos detalles de los que tengo dudas, pues ya
sabe que estoy en la obligada situación de ser el próximo
presidente del consejo.
Aarón contestó
con marcada seriedad:--- ¿Qué es lo que desea saber señor
Daniels?
--- Pues no sé, cosas
importantes que hayan ocurrido en la compañía y ya de paso,
aquellas de las que usted no esté muy conforme.
Wisental le miró
inexpresivo y preguntó:--- ¿Se refiere usted a los
cambios habidos en la Dirección?
--- ¡ Exacto sí ! Es
usted muy perspicaz.
El jefe de
seguridad se llevó el puño a la boca para carraspear y
dijo:--- Yo no sé de esas
cosas señor Daniels. Todos los empleados de la empresa
son competencia del director de personal, los ejecutivos
intermedios son cosa del director general y el alto Estaff
es cosa del consejo, y éste a su vez, es asunto del
presidente, ¿qué puedo saber yo?
Alfred
insiste:--- Supongo que usted sabrá, el motivo por el que el
señor Waridell Foster ya no es vicepresidente.
--- Tengo entendido que
el pleno del consejo así lo decidió, eso es todo.
Alfred mirándole
fijamente pregunta:--- ¿Y usted no sabe el motivo?
Aarón
incómodo se rasca una ceja y dice:--- Oiga señor Daniels,
los miembros del consejo se dedican a votar, por lo tanto,
se supone que la señorita Susan obtuvo mayor cantidad de
votos, son asuntos del consejo, ¿comprende usted?
Alfred se daba
perfecta cuenta de que tenía ante sí a un experto nadador en
aguas turbulentas y eso, haría muy difícil la consecución de
sus fines. No obstante, para empujarle un poco más
dijo:--- Está bien, olvídelo, no parece que usted me
quiera sacar de dudas, será mejor intentarlo otro día.
Aarón
hosco:--- Si piensa que le he defraudado puedo pagar
yo la cuenta.
Tal
observación no le gustó a nuestro Alfred, pero conociendo la
necesaria independencia que su jefe de seguridad tenía
derecho a disfrutar, debido por supuesto al engorroso
desempeño de su cometido, no le dio importancia al
comentario y dijo:--- ¿Puede decirme por lo menos
hacia que lado vierten sus lealtades? ¿Quién es su
jefe?
--- ¿Se refiere a mi
superior más directo?
--- Justo. Su
cargo requiere mucha independencia y naturalmente, su
comido debe suscitar mucha desconfianza, es de suponer que
tenga usted ciertas tensiones con algunos directivos.
¿Me equivoco?
--- Es algo complicado de
explicar señor Daniels.
--- Inténtelo, se
lo ruego.
Aarón con
paciencia necesaria:--- El director de personal me contrata
por orden del director general y éste a su vez lo hace por
orden expresa del presidente, que como es natural,
es una decisión que emana del consejo. Yo les es debo fidelidad a todos ellos y en particular a
ninguno. Mi trabajo consiste en asegurara el edificio
y sus actividades y también por descontado, a todas las
personas que trabajan en él, incluidos los altos ejecutivos. Eso es todo.
Alfred de nuevo
defraudado:--- ¿Y tiene mucho trabajo en éste momento
Wisental?
Aarón frunce el
ceño y pregunta:--- ¿Debo considerar que la pregunta
la hace el nuevo presidente del consejo?
Alfred terminante:--- Por supuesto, confirmado
Wisental.
--- De acuerdo.
Tengo un cleptómano muy escurridizo en el piso veinte, un
descuidero muy fino en el tres, un camello de cocaína en el
doce y en el catorce, seguramente un topo de la competencia.
Por supuesto también, que en mantenimiento hay algunos
chapuzas, en admisión y seguridad algunos dormilones y en la
limpieza muchos torpes. En pillar a todos ellos ocupo
en éste momento todo mi tiempo.
Alfred por fin sabía
algo y divertido preguntó--- ¿Y que hace con ellos cuando
los pilla?
--- Depende de
la gravedad de la falta cometida o del delito, aunque siempre son
despedidos.
--- ¿Y a cuánta gente
ha despedido éste mes?
--- Eso no es de
mi competencia, yo solamente recomiendo en el informe lo que
según creo debería hacerse, la decisión final es cosa del director
de personal.
--- Comprendo.
Una curiosidad Wisental, ¿cuántos informes graves ha cursado
éste mes?
--- Cuarenta y siete,
no ha sido un mes muy movido.
--- Interesante, muy
interesante. Última curiosidad, ¿Quién ha
fastidiado más a la compañía éste mes?
--- Una ninfómana de la
planta diecinueve, no dejaba trabajar a nadie.
Alfred
sonrió y dijo:--- En fin, no se enfade Wisental, pero le
agradezco su escasa colaboración, quizá más adelante.
--- Lamento no haber
sido de gran ayuda señor Daniels.
--- No se preocupe
Wisental, lo comprendo. ¿Nunca sonríe?
--- No tengo
tiempo señor, y cuando lo tengo, apenas me apetece.
Alfred ya se imaginaba que la conversación no daría para
mucho, pero nunca hubiera pensado que fuera para tan poco.
Antes de entrar de nuevo en el edificio no pudo resistir la
tentación de sonsacarle y le preguntó:--- ¿Qué opinión
le merece la vicepresidenta?
--- La señorita Susan
es una mujer extremadamente atractiva, es un placer
contemplarla.
Definitivamente, aquél era una clase de sujeto al que no se
le moja el bollo ni hundido en leche caliente. Alfred
por tanto, debería esperar a su reunión con Waridell Foster
para adelantar en su encuesta. ¿Y por cierto?,
¿porqué había salido de viaje con Susan?, ella solamente
mencionó al director financiero.
Se
despidió de Wisental y se metió en un taxi que le llevaría a
casa. Cuando estuviera relativamente cómodo en
el sillón de presidente, intentaría conseguir la amistad de
Wisental, le daba en la nariz que valía la pena.
Alfred no pudo conseguir prácticamente ninguna
información de interés, pero estaba seguro de que Waridell
Foster le ayudaría a esclarecer lo que fuese y a ejercer de
presidente con sagacidad.
Durante mucho rato aquella noche, Alfred estuvo pensando en
las empresas que había visitado con su padre y a los
empleados y directivos que
conoció en aquella ocasión y trataba lógicamente de
recordar detalles que le pudiesen ayudar en el
desempeño de sus desconocidas obligaciones.
Naturalmente, que estaba algo preocupado, la cosa era
bastante seria. Aunque de cajón de madera, que
con Waridell Foster y su prima Susan tan cercanos a su
sillón de presidente, no le faltaría en ningún momento comprometido
cualquier empujón que le fuera menester, pero aun con esa
obvia
garantía, no se tranquilizaba del todo.
Claro que, Alfred siempre fue de talante independiente y eso
ya se sabe, hace que los demás sean en cualquier caso
mucho menos imprescindibles.
______________________________________________
La reunión del consejo.
Capítulo II.
El martes amaneció tormentoso, de esos días tan empinados,
que fastidian el talante mejor dispuesto.
Nuestro Alfred nunca fue protestón con la meteorología ni
con casi nada, pero ahora pensaba que con tres días pérfidos
al mes ya era suficiente. De todas maneras,
seguramente que el Señor todopoderoso había puesto a cocer
esos días en la Tierra, para disfrutar de los otros, ya se
sabe que la adversidad, hace mucho más deseable la gloria,
con todo es justo decir, que aquél desastroso día de Mayo,
bien podía haber sido un calamitoso día de Enero.
Hoy
tenía ante sí una patata difícil de mondar.
Susan no tuvo el detalle de llamarle el día anterior aunque
era de suponer que ella no faltaría a su palabra y le
esperaría en la Central. Alfred deseaba
ponerse al corriente de todo cuanto antes, pues por una
parte, le envanecía un poco ser el nuevo presidente del
consejo, claro que por otra parte, preferiría estar en su
casa de la costa y seguir con la dichosa búsqueda de aquello
que tanto anhelaba encontrar, le sacaba de quicio la
corbata.
En ese momento, su reloj de pulsera le comunicaba que eran
las siete treinta de la mañana, la reunión estaba convocada
para las diez, ya se sabe que los madrugones y los consejos
de administración no son habituales. Alfred
Daniels tercero estaba bastante nervioso y deseaba llegar
cuanto antes a la cita, quería
plantar cara y pecho a su nueva obligación. Hoy nuestro hombre
se sentía un poco indeciso y falto de
recursos animosos, no atinaba a imaginar, la forma más
correcta de comportarse, pero como en ocasiones anteriores
de alguna dificultad, confiaba que su afinada intuición le sacaría
de cualquier atolladero, aunque eso no impedía obviamente, que
sus nervios desatados tomaran posiciones de ventaja.
Theodor el bonachón mayordomo, le tenía preparado el
desayuno en el comedor de diario y el chofer diligente, el
impresionante vehículo, por lo tanto Alfred, solo tenía que poner
de su parte la voluntad. La voluntad de Alfred
en ese preciso momento no era en ningún caso exagerada, pero
la curiosidad de todo hombre como sabemos, también mueve músculo.
Alfred a sorbos
con el café:--- ¿Ha llamado alguien Theodor?
Theodor siempre
tieso como un poste:--- Nadie ha llamado señor.
Bien, pues en vista de que nadie se interesaba por su
persona, él se interesaría por los demás. No sabía el
motivo, pero tenía el presentimiento de que algo no le
gustaría de la reunión, ojala se equivocara.
--- ¿Le esperamos para
comer señor?
--- No, no me esperes.
Y deja de llamarme señor, para ti soy solamente Alfred, ¿de
acuerdo?
--- Si, de acuerdo,
Alfred, señor.
El
patillas blancas nunca aceptaría esa forma tan familiar de
lenguaje con su señor, pero había cogido el mensaje y
agradecía la intención. El fiel y veterano sirviente
era un excelente ejemplo para el resto del servicio, pues
empezó en la casa de pinche de cocina a la temprana edad de
dieciséis años y, sólo para ese fin, pues no disponía de
formación de clase alguna, le contrataron en tiempos del
abuelo de Alfred, cabeza de la dinastía, que fue un hombre
tenaz y luchador de los de la época. La vida de
Theodor transcurrió amodorrada y gris, sus mudas interiores
nunca ostentaron marca alguna, sus trajes y camisas mucho
menos, las uñas de sus dedos nunca conocieron manicura; pero
si bien con su humilde menester nunca llegó a palpar las
alturas económicas, tampoco nunca se vio despeñado por los
traicioneros lances que a menudo éstas conllevan.
Fue un gran camarada del padre de Alfred en su juventud,
compartieron en sus años mozos la mayoría de la inquietudes
propias de la edad, los juegos siempre agresivos de los
adolescentes y por supuesto también, las arriesgadas
escapadas nocturnas descolgándose por la fachada y lo mejor
de todo: una doncella deseosa y a ratos complaciente y una
cocinera metida en carnes que era insaciable.
Theodor nunca se
desposó, en tiempo normal de desearlo y necesitarlo nunca lo
hizo, siempre fue su gran defecto la falta total de
aspiraciones en la vida y tampoco influyó por supuesto, la
necesidad de sexo que conlleva el vigor de la juventud y que
el matrimonio se encarga de apaciguar, pues en aquella casa,
las sirvientas colgaban el uniforme y salían por la puerta,
a la pasmosa velocidad de cuatro por trimestre; cosas de la
dueña y madre de Alfred, que en asuntos de celos y del buen comer, era con
creces peculiar.
Alfred
salió al jardín y tras los buenos días, dejó que el oficioso
chofer le abriese la puerta del coche, luego con cierta
timidez, debido sobre todo a su limitada práctica, se
acomodó despacio en el lujoso y exclusivo interior.
El deslumbrante vehículo puso a bandear sus válvulas con la
suavidad habitual de la marca y el elegante chofer, sentado
al volante con su impecable uniforme y gorra, esperó las
ordenes de su nuevo jefe. Pero naturalmente, Alfred no estaba acostumbrado a ese
matutino ritual y también esperaba, así que al cabo el
chofer preguntó:--- ¿A dónde vamos señor?
Alfred
bajando de la nube:--- Es verdad, disculpe.
A la Central por favor. No sé dónde tengo la cabeza.
En aquél
momento, nuestro Alfred se percató que desconocía el nombre
de su conductor, a pesar de que le llevó a la Central el
primer día, era algo más maduro que el anterior que él
conoció, pero éste parecía más experto. Su padre
fue siempre muy quisquilloso con sus chóferes, y como es
lógico le duraban muy poco, pero el anterior cosa rara
aguantó algunos años.
Alfred muy
cortés:--- ¿Cómo se llama usted?
--- Tim Akerman, señor.
--- ¿Hace tiempo
que sirve en la casa?
--- Un año, tres meses
y dos semanas. Pero le ruego que me llame Tim, su
padre así me llamaba.
--- De acuerdo Tim.
Por cierto, le ruego que disculpe mi comportamiento del otro
día, debí preguntar su nombre. La verdad es que no
estoy muy fino últimamente.
--- No se preocupe
señor, es perfectamente comprensible.
Alfred
percibió en su chofer una categoría personal muy destacada.
Nuestro amigo no sabía de muchas cosas, pero en cuestión de
catalogar a la gente a las primeras de cambio y sin muchos
errores, de eso sí que sabía. La sensibilidad
humana no es un atributo del carácter, ni mucho menos un
apéndice de la pedagogía, tampoco cuelga suspendida en los
finos hilos de la educación familiar y no es desde luego un
elemento de formación académica, ni por supuesto tampoco, una
característica común a todos las personas, e implícita en el ser universal.
La sensibilidad humana cree Alfred, es solo y simplemente una parte esencial
del alma y solamente el alma de algunos privilegiados, muy
pocos, la
utiliza y conoce.
El poderoso y plateado Rolls, adelanta su carrocería
imponente en el suelo engravillado del jardín y los
incontables guijarros, estrujados por su formidable peso,
rechinan furiosos unos contra otros al frotar con fuerza sus
ya muy pulidas superficies.
--- Dígame Tim... ¿mi
padre comentaba con usted cosas referentes a sus negocios?,
me sería de mucha utilidad cualquier información.
--- Lo siento señor,
pero solo llevé a su padre en dos ocasiones a la Central.
No he tenido en la práctica el placer de hablar con él.
Lo lamento señor.
Esta
declaración del chofer sorprendió enormemente a nuestro
amigo. Su padre desde siempre había sido una de
esas personas pegadas al trabajo como un sello, las empresas
y su padre eran lo mismo que para un recién nacido la teta o
el biberón, algo completamente imprescindible.
Alfred inquirió:--- ¿Cómo es posible eso, se marchaba
en otro coche quizá?
--- Que yo sepa
no señor. Sus padres viajaban muy a menudo desde hace
largo tiempo y tengo entendido que la señorita Susan se
encargaba de todo.
Otra sorpresa
descomunal para Alfred! Alfred Daniels segundo,
hijo primogénito del primero y progenitor del tercero,
dejando alegremente en manos de su prima sus adoradas
empresas. ¡Eso era de no tragarlo! Una cosa es
nombrar a una vicepresidenta de confianza y otra muy
distinta, confiar toda la suprema gestión a una mujer. Así
pensaba antes su padre.
Desatada la
curiosidad de Alfred inmediatamente pregunta:---
¿Entonces usted que hacía?
Tim contesta muy
sincero:--- Aburrirme como una ostra señor.
--- Comprendo, no es un
mal trabajo aburrirse, ¿verdad?
Tim ojeo el rostro de Alfred por el retrovisor y se tomó
unos segundos antes de contestar, no observó en el tono de
su jefe ninguna atisbo de socarronería o reproche, así que
contestó pausadamente:--- Cuando el carácter es
relajado, el talante perezoso y el temperamento gandul,
puede que no sea solamente un buen trabajo, sino una
equivocada manera de ganarse el sueldo. Pero por el
momento ese no es mi caso, puede creerlo señor Daniels.
Alfred no se
había equivocado en su escrutinio, aquel hombre tenia ya muy
bien ordenada su personalidad. Sin ninguna duda, era
un evadido del mundo empresarial, carnaza segura de las
vicisitudes y cautivo azotado de la mala suerte.
Estaba bien clarito que el uniforme de sirviente le venía
estrecho.
Alfred dijo:---
¿Sabe que pienso Tim?: me parece que usted no ha
sido siempre chofer, más bien creo que conoce muy bien el
mundo empresarial, ¿es así?
Tim modestamente:---
Alguna cosa conozco de eso, no puedo negarlo, además mi
currículum debe estar en algún cajón del despacho de padre.
Pero ya hace muchos años que mi vida cambió de orilla, dejé
al otro lado toda mi experiencia, me mojé bastante y no supe
nadar.
Naturalmente que Alfred no se tragó una palabra, pues Tim
Akerman no era una persona corriente. El chofer de
nuestro amigo tenía muchas horas de vuelo transoceánico,
seguramente habría comido mucho caviar iraní y su claro y
seguro dominio del lenguaje, ponía en evidencia sus modestas
palabras. Alfred necesitó pensarlo solamente un minuto
para sincerarse con él.
--- Verá Tim...
hoy es un día muy complicado para mi, debo ejercer de
presidente del consejo y no tengo ni idea, estoy muy
nervioso.
Tim sorprendido,
miró a su jefe de nuevo por el retrovisor, esta vez más
atentamente que la anterior y pensó enseguida, que le
agradaba su sinceridad y además, Alfred tenía el rostro de
buena persona. Seguro que pronto y naturalmente
salvando la distancia serían amigos. Tim
dijo:--- ¿Puedo preguntar cuál es su participación en
la compañía señor?
--- Mi padre controlaba
el sesenta por ciento y mi tío el diez, el resto se reparte
entre los consejeros y pequeños accionistas.
--- Entonces no
se preocupe señor. Abundar en los propios
problemas sin tener en cuenta los que tienen los demás, no
es una buena táctica. Con el poder que le da su
porcentaje, son los otros los que no tienen ni idea.
--- Sí, eso ya lo
comprendo, pero detesto aprovecharme de esa circunstancia.
Me gustaría estar más preparado, cuando me brindaron la
ocasión de hacerlo no lo hice y ahora sinceramente me
arrepiento.
El coche va
entrando en la gran ciudad, los primeros semáforos le llenan
de miradas envidiosas, todo es ajetreo, son las ocho
treinta. Enfila el automóvil hacia el centro y
vehículos y personas van convergiendo, el trajín se espesa,
la agitación comienza a molestar, el ruido incomoda y la
velocidad se convierte en lentitud.
Alfred de nuevo:--- Dígame Tim... ¿cómo cree
usted que debo comportarme?: debo ser exigente, o quizá
paciente. ¿Que opina?
--- La exigencia nunca
será virtud de ejecutivo, pero si piensa tener paciencia,
que no sea demasiada, pues si los demás sospechan que usted
tiene mucha, enseguida estarán tentados en averiguar cuánta
le queda.
Alfred sonrió y dijo---
¿Usted cree Tim que
será suficiente con una licenciatura en leyes? No
tengo otra cosa que ofrecer.
--- Si usted
fuera simplemente consejero puede que no, pues es bien
sabido que en todas las medianas y grandes empresas una
licenciatura en cualquier disciplina no sirve absolutamente
de nada, si no va acompañada de un master en zancadilleo.
¡Premio! Alfred ya
estaba maravillado con la personalidad de Tim.
La experiencia es un grado, pero si va coronada de sabiduría
mundana es un pozo sin fondo. Desde luego que sería
muy prudente el mantener una muy buena relación con aquel
hombre, cualquier problema difícil de digerir, sería mucho
más fácil masticándolo con su buen criterio.
Alfred bromeando
sincero:--- ¿Le apetecería hoy ocupar mi lugar
Tim? Estoy seguro que usted lo haría mejor que yo,
estoy preocupado y nervioso como un crío.
--- Deje de preocuparse
señor y piense en su ventajosa posición, los demás deben
preocuparse, usted no.
El
Rolls Roice entra en el aparcamiento del edificio, atraviesa
hasta su mitad y aparca en el lugar reservado para el
presidente, un guardia junto al ascensor les mira con
curiosidad, sabe que hoy conocerá al nuevo gran jefazo.
La zona limitada a los vehículos de los consejeros está al
completo, el resto de los seis sótanos del aparcamiento son
de uso gratuito para todo el personal.
Tim desciende y abre la puerta a su jefe, Alfred se
incorpora y sale, mira a su alrededor y mueve la cabeza con
preocupación, luego comenta:--- Ahí están los
vehículos de los consejeros, veremos quién es leal y honesto y quién no.
Tim comprende ahora la preocupación de Alfred dice:---
¿Me permite que haga una comprobación señor?, yo puedo
responder a esa
pregunta.
Alfred no
contesta, pues Tim ya se adelanta hacia los coches de los
consejeros y va colocando su mano encima del capó de cada
uno, luego regresa y dice:--- Todos están fríos,
llevan un buen rato esperándole a usted, algunos serán
serios y puntuales y otros estarán nerviosos o preocupados,
pero el BMW tiene le capó caliente, por lo tanto acaba de
llegar, su dueño es el único no le teme a usted,
desconfíe de él.
El BMW rojo pertenecía a Susan, pero Tim no lo sabía, era un
vehículo que le compró Lionel a su hija hacía unos cuantos
años, seguramente no lo vendía por ser un regalo de papa.
De todas maneras era un razonamiento muy lógico el de Tim,
de no haber sido esta vez, por la circunstancia del
parentesco.
Alfred dijo:---
Agradezco mucho su ayuda, ha sido muy aleccionadora y
posiblemente en el futuro necesite algunas sesiones más.
Hoy ya puede regresar a casa Tim, tómese el día libre, no sé
a que dichosa hora terminará todo esto.
Tim agradece el descanso
y contesta:--- Gracias señor, que pase un buen día.
Alfred se dirige hacía el ascensor y recibe los respetuosos
saludos del guarda de seguridad, luego el citado aprieta el
pulsador del piso veintidós y carraspea y después, en
relación a lo que le había visto hacer a Tim cuando puso la
mano encima de los coches, el hombre tímidamente se atreve a
preguntar:--- ¿Ocurre algo con los vehículos señor?
Alfred le mira
divertido y contesta con severidad:--- Tienen mucho polvo,
hay que ser más limpios.
El guarda
muy tieso y perplejo dice maquinalmente:--- Desde
luego señor.
Bien, el
vigilante ya tenía una buena anécdota para la mañana y era
seguro que muy pronto la compartiría con sus compañeros.
Ya era hora de que a los estirados ejecutivos les dieran un
tirón de orejas.
Alfred llegó a la puerta de la sala de juntas y allí
conversando le esperaba Susan y tres consejeros, el resto
seguramente estaba dentro. Después de las
presentaciones de rigor, todos entraron en la sala y una vez
dentro, la desmesurada mesa se llenó de carpetas y
botellines de agua mineral y los mullidos sillones de culos
gordos. Susan comenzó.
--- ¿Deseas grabar la
sesión para el acta?
Alfred está muy
nervioso y contesta:--- No, hoy no, primero debo
empaparme de todo.
Susan asiente con la cabeza y dice:--- Como
prefieras.
Lo
comentado por Tim era cierto, la única persona con total
aplomo y desparpajo era ella, que por cierto, tenía el guapo
subido, estaba realmente guapa, ¡impresionante!
Susan continúa:--- Mucha atención señores, el motivo
principal de ésta reunión extraordinaria es como no podía
ser de otra manera presentarles a ustedes al nuevo
Presidente del consejo. De acuerdo con sus deseos, el
orden del día de hoy será de libre intervención, algo así
como una relajación en nuestro trabajo, ¿lo he expresado
bien Alfred?
La risas
prudentes menudearon y la tirantez inicial se relajó
bastante. Alfred contestó con una amable sonrisa y a
continuación se levantó despacio diciendo con cierta
ironía:--- Mi prima Susan a dicho bien, nos relajaremos
todos un poco, pero obviamente, eso será después de que se me
informe de los detalles más importantes que yo deba conocer,
después de todo, mi presencia aquí no es decorativa.
El consejo
compuesto por caballeros con la excepción de Susan se alegró
mucho al oír aquellas palabras, así de paso, ellos también
se enterarían de ciertas cosas que la vicepresidenta nunca
les comentaba. Su prima desde hacía un año,
tenía a toda la Central en un puño cerrado, al que disentía
un ápice de la línea marcada por ella estaba listo para el
salto sin paracaídas. Alfred se sentó más seguro de sí
mismo e inmediatamente dirigiéndose a todos y a ninguno en
particular preguntó:--- ¿Puede alguien decirme
dónde está Waridell Foster?
Susan se apresura en
contestar y algo molesta dice:--- Ayer se indispuso en
el viaje y supongo que estará en cama.
--- Espero que no
sea nada serio, le necesito. Bien, y ahora quiero
saber que es ese asunto de Carbel Toys.
Susan de nuevo
interviene:--- Un asunto de importancia que...
Alfred levanta
levemente la mano, con mucha corrección pero con autoridad y
mirando fijamente a su prima la obliga a cerrar la boca ---
Un momento Susan, ya conozco tu opinión, quiero otras.
Usted mismo señor...
--- Soy Frank Douglas señor
Daniels. Pero yo no puedo informarle de nada,
esa operación la lleva exclusivamente la señorita Susan.
Todos miraron a Susan con cierto rencor y Alfred se percató
al instante de las antipatías que la chica despertaba en el
consejo. Nuestro amigo ya completamente calmado y
dominando la situación dice:--- Susan, es tu turno.
Susan sin
inmutarse lo más mínimo dice:--- Caballeros, estoy de
acuerdo con ustedes en que mis reservas en todo el asunto
pueden resultarles exageradas, pero la operación no está
asegurada y de ahí mis precauciones. En un par de días
conocerán el proyecto.
Pero Frank
Douglas no piensa desaprovechar la oportunidad que le ha
brindado Alfred y continúa mucho más incisivo:--- Señorita
Susan, todos comprendemos que la materia es reservada y
también todos, estamos interesados en que lo sea.
Pero solo sabemos por usted, que se trata de un buen negocio para la
compañía, no obstante, desconocemos los riesgos. Además, puede que dentro de dos días ya no sea un proyecto,
¿me equivoco?
Alfred como es
natural estaba muy interesado y no se le escapaba en
absoluto la tirantez de la reunión. Susan ya daba
muestras evidentes de nerviosismo y enfado y los catorce
consejeros de regocijo por lo que adivinó, que alguna cosa
no encajaba allí, así que intervino de nuevo:--- Bien
caballeros, tengo entendido que la señorita Susan tiene
acreditada capacidad suficiente, por lo tanto, si ustedes no
tienen ningún inconveniente, le daremos esos dos días de
plazo, ¿que me dicen?
Al fondo de la mesa, con la puerta de entrada a la sala de
juntas a su espalda, se sentaba un hombre de unos setenta
primaveras y que vestía de forma un tanto antañona. Tras
unas lentes de monturas también denostadas por la moda, unos ojillos
chiquitines de esos vivarachos y tan picarones, que sugieren en
ocasiones una sutil inteligencia, levanta la mano para pedir
la palabra y sin esperar a una respuesta afirmativa, dice con
tono simpático:--- ¿Puedo comentar algo señor Daniels?
Alfred
satisfecho por la intervención de otro miembro contesta:---
Es usted consejero, por tanto no es necesaria mi aprobación,
diga lo que sea.
--- ¿Usted me conoce o
recuerda?
Alfred lo
intentó, pero no pudo recordar detalle alguno del sujeto:---
Lo lamento, discúlpeme.
El hombre sonríe
levemente y dice:--- Me llamo Thimoty Bernius
señor Daniels. Su padre me conocía bien y yo
naturalmente conocía bien a su padre. Hubo un tiempo
en que todos nos conocíamos perfectamente, me estoy
refiriendo y déjeme decirlo, a que nos duchábamos todos
juntos en pelotas tras una sudorosa sesión de tenis.
Pero hoy somos todos desconocidos y es bastante evidente,
que ya no podemos ducharnos juntos, la camaradería y el
deporte nos han abandonado y por descontado, que la señorita
Susan tampoco apoyaría la moción. Por eso y
otras cosas que no comentaré, mi pregunta es la
siguiente:--- ¿Piensa vender sus acciones?
Alfred
encajó con natural extrañeza una pregunta tan directa y
contesto sin pensarlo:--- Lo cierto es que ni se me ha
pasado por la cabeza, ¿puedo saber cuál es su interés señor Bernius?
Thimoty Bernius
se ajusta las gafas y contesta:--- Comprar la parte
que me corresponda, naturalmente. Me gustaría por una
vez decidir algo en ésta empresa, pues según mi criterio, la
cosa no funcionan tan bien como se supone y se nos pretende hacer
creer.
La
intervención de Bernius es un reproche en toda regla y un
dardo envenenado para Susan, así que, Alfred interviene:---
Señores, mi presencia en éste consejo debo reconocer que ha
sido muy precipitada, no tengo datos para rebatir ese
comentario del señor Bernius, pero les prometo que me
aplicaré con dedicación a conseguirlos y daré cumplida
cuenta en éste consejo de lo que sea.
Susan muy
enfadada interviene:--- Señor Bernius, en el consejo
de administración no se plante la compra-venta de acciones y
usted lo sabe, eso que para la junta general de accionistas
y faltan muchos meses para eso.
Bernius muy enojado también dice con acritud--- Pues
de eso es de lo que me quejo, antes se planteaba cualquier
cosa en el consejo y ahora nada de nada. ¿Para qué nos
convoca usted? Hace un año que somos
exclusivamente sus títeres.
---- Eso se puede
arreglar, si así lo prefiere en adelante prescindiremos de su
asistencia.
Alfred
comprendió que era perentorio terminar con la disputa, la
valentía de Bernius al enfrentarse a Susan podía provocar
reciprocidad en otros y efectivamente, algunos consejeros ya
levantaban la mano para intervenir. Algo gordo estaba
ocurriendo y necesariamente había que averiguarlo, Alfred se
levantó y alzando las manos dijo:--- Calma señores,
hagan el favor. Desconozco en absoluto a qué se deben
las diferencias entre ustedes, pero les garantizo que
escucharé a todos. La prudencia hoy me aconseja darnos
un respiro y establecer una ronda de contactos con cada uno
de ustedes por turno, de esa manera, conseguiremos evitar
animosidades, por lo tanto debo levantar la sesión,
agradezco a todos su presencia, les llamaré para una
entrevista en brevísimo plazo, gracias.
Los consejeros
se levantaron sin pronunciar palabra y mientras Alfred
miraba con desaprobación a Susan fueron saliendo de la sala.
Pero Thimoty Bernius lo intentó por última vez:---
¿Podría concederme ahora esa entrevista señor Daniels?, le
prometo que seré muy breve.
Alfred
estuvo a punto de acceder a la petición, pero su prima no le
dejó contestar:--- Lo siento Bernius, pero el señor
Daniels y yo tenemos una reunión ahora mismo que no puede
esperar.
A la
extrañeza de Alfred contestó Susan cogiéndole del brazo y
mirándole fijamente, estaba claro que la chica tenía algo
que contarle y eso debía ser inmediatamente, así que dijo:---
¿Qué tal mañana señor Bernius?
---- ¿A la diez?
--- Venga cuando
quiera, no me moveré de mi despacho.
Cuando
Thimoty salió de la sala, Alfred se encaró con Susan enojado
y le advirtió:--- No me gustan la sorpresas, así que
no improvises reuniones conmigo, ¿de acuerdo?
Susan no es nada
tonta y en vista de que su conducta puede ser algo
sospechosa, opta por la seducción en el tono de voz y dice
mimosamente:--- Vale, de acuerdo, te invito a comer. ¿Vamos?
Alfred la mira con reservas y contesta:--- ¿No es un
poco pronto? Además, me tienes que contar
enseguida que significa esa conducta tuya que tantas antipatías está generando.
El genio de
Susan no es fácilmente controlable y dice sin pensar:---
Vale ya Alfred, ¿a que viene tanta consideración con el
consejo?, nosotros dos tenemos mayoría abrumadora, que se
jodan.
Pero Alfred tampoco es manco en acritud y recordando
los consejos Tim sentencia:--- Soy yo el que tengo esa
mayoría abrumadora y no te olvides bonita, que esos hombres ayudaron
a mi padre a levantar ésta empresa, trabajaron codo
con codo con él durante muchos años y consiguieron con su
esfuerzo y consejo la compañía que es hoy, así que no pienso
ignorarles, ¿te enteras guapa?
Susan
comprendió ahora sin ningún esfuerzo, que para bajar
al burro de su primo de la silla, necesitaría mucha paciencia y tiempo y
por supuesto
también, algunas
zanahorias afectivas y por eso, contestó de nuevo con mimo:---
Vale, perdona,
de acuerdo, como tú quieras, ¿nos vamos a comer ya?, venga hombre, di que
sí.
--- Bien, digo que sí,
pero allí me cuentas el asunto ese de Carbel Toys,
¿enterada?
Susan
sonriendo encantadora asiente:--- Enterada primo
La
chica no quiso acudir hoy al restaurante habitual y sin
ninguna voluntad en contra, pues Alfred no se quejó, cogieron
un taxi y se plantaron en el barrio latino y más
concretamente, en un restaurante italiano que Susan conocía
muy bien, con el fin según ella, de comer buena pasta. Como es norma civilizada y de todos conocida, el estómago y
los negocios siempre comparten buenos momentos, pero no
es aconsejable en ningún caso, olvidar las digestiones.
El
restaurante estaba completamente lleno y la mesa que por
desgracia les tocó, lindaba peligrosamente la senda
acelerada de los camareros. Cuando esto ocurre y las
mesas preparadas para dos, son reducidas y redondas y ese
limitado
espacio necesario para la pareja de comensales, se comparte
con los profesionales de la bandeja, lo más prudente es
utilizar servilletas tan grandes como salvapelos de las
peluquerías, pues si bien los espaguettis no salen
disparados habitualmente, cuando lo hacen se te pegan a la
ropa con saña los muy pringosos.
Susan
arrancaba miradas lascivas e irreprimibles de los hombres.
La chica no parecía dar importancia a ese detalle, pero por
poco que se entienda de estética, es lógico pensar, que si
a una cara bonita y un cuerpo deseable, se la acompaña de la
elegancia y se le añade el saber estar, la impresión y
reiteración visual ajena es instintiva e irremediable.
Quizá por eso decía su padre siempre, que no se contabilizan
primaveras y veranos en los hombres, que no atonten su vista
contemplando a una hermosa mujer, pues si hacerlo en
invierno ya pica la nariz, hacerlo en verano y con huelga de
ropa escuece
bastante.
Alfred
impaciente:--- Ya estamos aquí, empieza.
Susan defraudada:--- Alfred
por favor, no seas plasta. Comemos y te lo cuento. ¿Que te apetece comer?
Para Alfred, la pasta italiana o de cualquier otro lugar no
era un plato que él considerase como comida apropiada para
el momento. Pero que nadie se sienta ofendido por eso,
los gustos de nuestro amigo estaban siempre al compadreo con
sus rarezas y lo cierto es, que los espaguettis eran uno de
sus platos preferidos, pero solamente, si los preparaba él.
--- ¿Hacen hamburguesas
aquí?
--- Desde luego que
eres un caso primo, ¿pero dónde has estado metido todos éstos años?
Alfred mira a su
prima con desconfianza y dice:--- No querida, vas torcida de
conversación, primero me dirás lo que me interesa saber y si
eso me satisface continuaremos con la charla, en caso
contrario, puedes olvidarte del parentesco, por que voy a ser
muy cabrito.
Un
camarero con un tic en el ojo izquierdo y que frenado en su
carrera no se sabe como, pues los tacones y suelas de sus
zapatos de tanto trotar tenían ya el grosor de un palo de
helado y que además, lucía el mandil mas pringoso de todo el
local, les interrumpe diciendo:--- ¿Qué van a comer?
Alfred le
miró desalentado y mirando al hombre con desaprobación pensó
enseguida que no le apetecía comer allí, pero como fue Susan
la del capricho tonto, se resignó y dijo con paciencia:---
¿Nos traerá la carta?
El veloz
camarero, muy contrariado por la pérdida de ese precioso
minuto en su particular marathon, se aleja sin decir más y
blandiendo la lengua a la velocidad de su tic nervioso, le
arrea una bronca laboral italiana al inexperto ayudante que
se ocupa de ese menester, claro que eso no será nada, en
comparación con la gresca que les montará a los dos al
acabar el servicio, el ojitos atentos que les controla desde
la caja registradora, pues el individuo en cuestión y
seguramente patrón, tiene una cara de úlcera duodenal impresionante. La
carta llegó.
Susan se
decidió por una ensalada y unos raviolis y Alfred agobiado,
optó por unas patatas fritas y un bistec. El
restaurante era ruidoso como no hay dos, no parecía el lugar
adecuado para tratar de negocios y desde luego no lo era,
quizá lo fuera para un ligue ocasional de frotarodillas, o
para una grotesca despedida de soltero, pero nada que ver
con la seriedad que requería la conversación con Susan,
aunque eso sí, la carne y las patatas fritas a la paja tenían
un excelente sabor.
Entre bocado y bocado Alfred muy serio intervino:--- Te
prevengo Susan, que si termino el bistec y no has puesto en
mis oídos lo que quiero escuchar, no tendrás otra
oportunidad y que seamos primos, no te salva del cese
automático. ¿Lo pillas?
Susan debió pensar, que las amenazas de Alfred no eran
gratuitas, pues en la familia su carácter como ya sabemos
tenía justa fama de impredecible. Nuestro amigo
no jugaba nunca a desatender sus advertencias, era terco
como una mula y a muy poco que le dieran motivos, cortaba por
lo sano. La chica bajando un poco la voz y acercando
el rostro se apresuró a contestar:--- Escúchame bien,
Carbel Toys es una pieza muy deseable para Jugueteras
Reunidas, pero el dueño de Carbel no quiere venderla a sus
rivales de siempre, por lo tanto, nosotros seremos los
intermediarios.
--- ¿Quieres decir
comprar Carbel y venderla a Jugueteras?
--- Exacto.
Nuestra última oferta de adquisición se sitúa en los
seiscientos cincuenta millones y Jugueteras Reunidas nos
ofrece seiscientos noventa.
--- Eso es absurdo
Susan, ¿pierden aceite en el consejo de administración de
Jugueteras?
--- Bueno, se podría decir que
alguien que yo conozco, decisivo en ese consejo, está
dispuesto a perderlo, si naturalmente a cambio gana un buen
pellizco.
--- Ya, y ese
pellizco por descontado que será sustancioso, pues como lo
descubran, le puede costar muy caro el invento a ese desleal
compadre.
Susan sin
inmutarse:--- Quiere diez millones.
Alfred al contrario que su prima no disimulaba su
preocupación, pero Susan no era al parecer gata inexperta en
aquellas situaciones, su convicción en el éxito de la
operación estaba fuera de duda.
--- La verdad Susan, no
me gusta este embrollo. Además, eso de vender la
planta envasadora para reunir el resto del dinero me gusta
mucho menos.
--- ¿Pero que dices
Alfred? Vendemos la planta hoy y a la mañana
siguiente la recuperamos. ¿Por qué no te gusta?
---- ¿Quién nos compra
la planta de envasados y luego nos la vende otra vez?
---- Una compañía de Austin
que se dedica a éstas operaciones. Nos la compra y
acto seguido nos la vende. Ni tan siquiera se detiene
la producción.
---- Curioso, ¿y ese milagro
cuánto cuesta?
--- Otros diez millones.
---- O
sea, que nos quedan veinte limpios antes de impuestos, ¿es eso?
Susan asintió con un gracioso parpadeo y dos raviolis en los
carrillos. El mozo del tic preguntó por el postre y
después de rechazarlo, Alfred quedó pensativo.
De verdad de la buena que no le gustaba aquello, el mundo de
los negocios estaba completamente podrido, solo acababa de
llegar y ya le metían en decisiones complejas y con la ética
huyendo al galope.
--- Bueno Alfred,
ahora soy yo quién espero respuestas.
--- No sé que decir, ¿pero qué pasa si Jugueteras o esa empresa de Austin
se lo piensan y nos quedamos con los juguetes y sin envases?
--- Eso es
imposible hombre. Tenemos precontratos con
sustanciosas indemnizaciones, sería absurdo pensar eso.
A Jugueteras Reunidas le interesa sobremanera Carbel Toys
para consolidar su posición de dominio en el sector del
juguete y a
Financiera de Adquisiciones, que cuartea y vende por lotes
las empresas que compra, le importa un pimiento nuestra
planta de envasados, es impensable que cambien de idea.
--- ¿Has pensado
en todo verdad?
--- Soy
vicepresidenta, hago mi trabajo.
--- ¿Has pensado
también en la indignación del dueño de Carbel cuando se
entere?
--- Los negocios son
los negocios Alfred. Desde que tu padre me dejó al
frente de la compañía, se han efectuado con éxito cuatro
operaciones similares, en total señor presidente, cuarenta y
tres millones de beneficio neto antes de impuestos, sin los
típicos problemas empresariales, solo comprar y vender.
Rápido, seguro, eficaz y sustancioso.
--- ¿De dónde
sacas tanta información privilegiada?
--- Secreto
profesional. Soy una buena ejecutiva y tengo mis
contactos, eso es todo cuanto puedo decirte.
Alfred seguía sin estar de acuerdo con ese tipo de
actividades, pero si su padre había dado el visto bueno a
ellas, sería por una buena razón. Quizá los
negocios se habían ensuciado un poco más mientras Alfred
estuvo ausente.
--- Bien, ¿y qué me
dices de Thimoty Bernius?
--- Eso no tiene truco,
es un ambicioso, quiere mi puesto.
--- No me ha dado esa
impresión, al parecer solamente desea conocer de buena tinta
como va la compañía, ¿todo va bien Susan?
--- Hemos perdido cuota
de mercado en el oeste y las exportaciones han bajado dos
puntos, pero eso es todo. Según se refleja en los
resultados anteriores es algo cíclico, nos pasa cada cinco
años.
--- ¿Es de suponer que
estamos protegidos legalmente para el cambio de actividades?
--- Todo está
asegurado, puedes comprobarlo cuando quieras.
--- ¿Y que pasó con
Waridell Foster?, era el vicepresidente más leal y
capacitado.
--- Le ocurría lo mismo
que a ti, no le gustaban los métodos que tu padre y yo
poníamos en práctica. Es un cobardón y dimitió.
--- ¿Y dime Susan, son
necesarios esos métodos para la compañía?
--- Cuando estés un
poco más metido llevando esto, tu mismo comprobarás que son
ineludibles. La constante fluctuación del mercado
financiero exige cambios, los accionistas dividendos y la
competencia no se para ante nada. O te pones a su
altura o te pasan la apisonadora por encima. Tu
padre se dio cuenta a tiempo.
El camarero
apareció con los cafés. El restaurante seguía en pleno
apogeo y nuestro Alfred estaba hasta el gorro. Susan
preguntó:--- Bueno, ahora te toca a ti, ¿dónde
has estado?
--- He viajado mucho y ahora
estoy descansando en la costa.
--- ¿En qué costa?
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