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A la mañana siguiente,
los soldados del marqués cargaron de cadenas a los piratas capturados por el
Pinturero, el corregidor dictó una proclama de justicia de folio y cuarto y,
el inflexible bando, se escuchó en toda la isla tras el repique inquietante
de tambor. Aquellos arrepentidos fingidos o verdaderos, quedarían en el
archipiélago como presos de dispensa y por descontado, a trabajar de
amanecer a ocaso durante veinte años y el resto de turba contumaz,
conducidos a galeras a perpetuidad. Muy natural, que desde el primero al último
se confesaron arrepentidos y no es de sorprender, pues no existe trigo más
desperdiciado en un reino, según las tesorerías, que el consumido por sus
penados en perennidad y, a ese endoso, las arcas reales más pronto o más
tarde no se avienen.
La hermosa soberana, todavía sin corona y carente
de ejército para sustentarla, despertó al mediodía y tras tomar una tisana
que no enmendó su malestar, regresó al lecho. El magistrado por su parte y
enmascarando la insufrible resaca, que no por rutinaria es menos enojosa,
daba las postreras instrucciones al burgomaestre y nuestro Pinturero,
nombrado gobernador provisorio la noche anterior, se congregaba con todos
sus oficiales en la cámara de derrota del Brisa Huracanada, para constituir
la regencia.
Como siempre, con una poderosa determinación fruto de su destacada
inteligencia e irrefutables dotes de mando, el nuevo gobernador se dirige a
sus oficiales:
--- Vos Pipermin, permaneceréis en el navío con mando interino de
comandante. Vuestra misión a bordo: vigilar y defender el archipiélago y
alertar a la guarnición de cualquier peligro.
--- Pondré en ello todo mi empeño señor.
--- Laraña, vos fuisteis campesino, por eso os reservo la difícil tarea de
organizar la campiña en explotaciones de sustento.
--- Mucho ha cambiado el procedimiento de cultivos capitán, pero lo haré,
podéis confiar.
--- Señor Bolabarda, a vos os atañe la peor parte: vigilaréis que la tarea
encomendada a los penados sea fructuosa y avance con presteza y también,
atenderéis a sus necesidades.
--- Señor, esa chusma tiene mal gobernar, no seré capaz.
--- Quedad tranquilo, el corregidor deja en la isla a un capitán de
prisiones y un teniente de alcázar, ambos muy bregados en el trato de
convictos.
--- De todas formas señor, necesitaré a muchos marineros del Brisa Huracanada para
vigilar a tantos presos.
--- No será preciso Bolabarda, pues ciento cincuenta soldados del Insigne
Justiciador, pasan a mis órdenes como gobernador en funciones y esa tropa
adiestrada, quedará a vuestro mando.
Terminada la breve
reunión y dispuesto nuestro comandante al abandono del navío, recuerda al
príncipe Solim y pregunta interesado:
--- ¿Se puede saber dónde está el emir? Hace una semana que no le veo por
ninguna parte.
--- En el suelo de su camareta sin cordura, sin turbante, sin babuchas y
con una barrica de ron y un cacillo.
--- ¿Y a qué viene semejante astracanada?
--- Es a causa de los mejillones, ya han escabechado.
El Pinturero se dirige entonces al camarote del mencionado y solamente
asomar, un fuerte olor a putrescencia casi le tira de espaldas. Los moluscos
siguen corrompiendo dentro del cofre y las heces y orines del embriagado
emir, hacen del churripuerco aposento una intolerable zanganada. Nada,
absolutamente nada, puede esclarecer una incidencia parecida y en consonancia,
el capitán determina:
--- Pipermin, orear y limpiar la camareta y a nuestro invitado sin recatos
por la borda. Cuando esté sereno y presentable que se persone a mí en el
gobierno del poblado.
El Pinturero
seguidamente, ordena desembarcar veinte piezas de artillería, los efectos
personales de su cortejada y los suyos. Con gusto trasladaría también el
lecho, pues la costumbre en el yacer no consiente otra cama que la propia,
pero desmantelar y más tarde restaurar de nuevo los ventanillos de popa, que
es por donde entró, se le antoja ahora un afán innecesario y más, cuando los
carpinteros están atareados colocando en su lugar habitual a la reina del
mar, su preciado mascarón.
Cuatro
horas tardó en presentarse Solim ante el Pinturero y a consecuencia del
chapuzón de espaldada, el espasmo del susto, y la diarrea que facilitaron
los cuatro litros de agua salada que tragó, su aspecto ya no podía empeorar.
El interfecto dijo:
--- Aquí me tenéis señor gobernador, gracias por el maltrato.
--- Ya veo que conocéis mi nuevo cargo, pero también conozco yo con disgusto
vuestro tambaleo. ¿Tan importantes eran para vos esos bichos?
Solim asiente con la cabeza humillada y fatigado como estaba
se sentó. El Pinturero le mira con lástima y añadiendo a su voz un tono algo
más conciliador le pregunta:
--- ¿Acaso pensabais seguir de beodo atarantado y enroñado como un
escarbaorejas de covachuela?
El emir no está para discusiones y aunque
reconocía que su conducta en los pasados días no fue la de un regio
heredero, tampoco admitía que el trato recibido fuese muy acorde con su
persona, así que contestó con resentimiento:
--- Disculpad mi comportamiento, pero yo lo he perdido todo y en cambio vos,
mucho más sátrapa, por lo menos conserváis la mitad de la plata.
Nuestro héroe acusó la hiriente respuesta pero superando el impulso
de contestarle como el caso merecía, continuo indulgente y con una pizca de
ironía le preguntó:
--- ¿Esos moluscos lo eran todo para un futuro sultán?
--- Así es, ahora el califa de Alitara destronara a mi padre.
La capacidad de sorpresa en el Pinturero estaba menguando a marchas
forzadas con tanta novedad y es muy lógico, porque en las últimas horas se
apiñaban las primicias y revelaciones. Esperando pues otro testimonio como
el escuchado poco antes en boca del juez, aunque el develamiento que
aguardaba ahora fuese con holgura menos creíble, insistió:
--- Según deduzco de vuestras palabras, el contenido de ese cofre era el
talismán salvador de vuestro sultanato. ¿Es eso posible?
Olerei-muzá no podía con su
alma, necesitaba con urgencia un estímulo corporal en forma de botella, pero
naturalmente, el nuevo comandante gobernador y debido al episodio reciente
no se lo permitiría. De todas formas, a consecuencia de su gran amargura y
quizá en parte a la molienda física que proporciona la toxemia, el
derrengado emir decidió desvelar su secreto y ya de paso, si con ello
obtenía un trago de su ambrosia, mejor que nada.
--- Mi confesión a cambio de un botellón capitán.
--- Mejor diréis, que vuestra confidencia al regateo con vuestra salud, lo
lamento, no interesa el trato. Además, he prohibido el consumo
de ron en toda la isla y el castigo no es meñique.
--- ¿Ni tan siquiera una mínima cata de vinaza aunque fuera de sarmiento
silvestre?
-- Desistid Solim, hoy no beberéis en mi presencia. Y en cuanto a vuestro
gran secreto, igual será para mí el saberlo como el ignorarlo.
La docilidad del emir toca fondo y
dominado completamente por los vigores malhumorados y encabritados que le
promueve la inaguantable abstinencia, se levanta y dice:
--- No eran mejillones capitán ignorante, eran ostrones negros.
--- Ostrones o mejillones, ¿cuál es la diferencia?
--- Perlas negras como balines de mosquete. ¿Os parece escasa la diferencia
señor inteligente?
El Pinturero de momento no contestó y seguramente no lo hizo,
porque le fue imposible proferir una palabra coherente. En un relampagueo,
pasaron por su alterada mente uno a uno los lances relacionados con los
moluscos y comprendió apenas sin esfuerzo, lo avecinado que estuvo de dar
fin a su detestado oficio. Cuando al cabo retornó de sus confusos
pensamientos preguntó:
--- ¿Es mucho curiosear el saber que cantidad pensabais exigir a vuestro
primo por ellos?
--- Quinientos mil benadires, de oro naturalmente.
Al Pinturero se le soltó el pie del travesaño de la banqueta y no
es para menos, pues apenas con mil piezas de ese amarillo metal, cualquiera
podría construir otro navío idéntico al Brisa Huracanada. Natural que lo
sorprendente es que tal cantidad pueda poseerla ningún monarca y por esa
causa, preguntó incrédulo:
--- ¿El maharajá dispone de semejante fortuna?
--- Su majestad Darahí de Marayana la centuplica. Las minas de oro más
grandes y productivas del continente se encuentran en Puntalabar.
--- Entonces no me lo explico, ¿para qué quiere unas perlas?
--- Porque eran negras capitán, ¿recordáis? ¡Negras!
Ciertamente, que todo ser
humano con desmedidos tesoros, más pronto o más tarde se degrada a si mismo
cabrioleando en su petulante extravagancia y desde luego, aunque muy bien no
se acepte y, siendo verdad el antojo por lo negro del chaparrudo rajá,
feriarle a caprichos siempre resultará negocio inmejorable para quien lo
hiciere. No obstante esto, nuestro Pinturero en alguna ocasión había
escuchado la existencia de perlas negras, pero claro, nunca le otorgó a tal
habladuría otra validez que no fuera el disparate y debido a ello, inquirió:
--- Pero, ¿cómo podéis adivinar que esos moluscos darían perlas negras?,
tengo entendido que ni siquiera las blancas son frecuentes.
--- Es una simple habilidad a mí revelada, por la cual de cada diez
ostrones manipulados se obtienen cinco perlas.
Nuestro indagador comandante no alcanza a dar crédito a
las palabras del emir, más, como todo buen observador percibe siempre con
asombro inagotable, la sabia naturaleza está llena de misterios por desvelar
y por esa sencilla razón, persigue más instrucción del asunto para formarse
un acertado juicio. De lo que sabe el capitán Pinturero y mucho
es de interrogar, pues a una pregunta demasiado concreta en cuestión tan
interesante, lo habitual es recibir negación o silencio por respuesta, pero
y, aprovechando la ocasión, pues Solim le ha tildado de ignorante, nuestro
paladín persevera por el eficaz derrotero del despistado despistador y dice:
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